| Cuento
de la luz |
Cuento de Liliana
Cristina Cinetto
Ilustración de Miguel Ángel Zicca
Inspirada en la leyenda del isondú de origen guaraní
Cuentan
que hace muchísimos años, Tupá, el dios del bien, creó
la tierra, las aguas y los cielos. Añá, el dios del mal, estaba
tan celoso de él que no hacía más que pensar cómo
podía arruinarle su hermoso trabajo. Así fue como le aplastó
un par de montañas y desvió los cauces de los ríos.
Fue entonces cuando Tupá decidió crear a los seres con vida
que iban a habitar este mundo. Comenzó por las plantas. Primero alfombró
la tierra con hierbas y musgo. Luego perfumó las flores y las pintó
con los colores del arco iris. Por último decoró los árboles
con hojas y frutos.
Casi se desmaya Añá al ver tanta belleza. Se quedó encerrado
en su cueva días y días refunfuñando y pataleando.
Mientras tanto, Tupá, el dios del bien, continuó trabajando
en su obra y creó a los animales. Trenzó rayos de sol para darle
vida al pez dorado; cosió un vestido para el yacaré con retazos
de líquenes; afiló una por una las garras del yaguareté;
hilvanó hilos de lluvia para que la ñandutí tejiera su
tela de araña; les enseñó a cantar a los pájaros,
a nadar a los peces, a saltar a los monos... Con un amor y una paciencia inagotables
fue poblando la tierra, los cielos y las aguas de seres únicos y magníficos.
Y un día creó al hombre. Se afanó más que nunca
en la tarea porque lo hizo semejante a él y al verlo palpitar de vida,
dicen que Tupá lloró emocionado como un padre que abraza por
primera vez a su hijo.
Para esa época, Añá volvió a las andadas. ¡Cómo
se enojó cuando vio las maravillas que Tupá había creado!
Pero lo peor de todo fue cuando se topó con el hombre. De la rabia
se le torció la boca, se le enredó la cola y se le pusieron
los pelos de punta. Juró y rejuró que iba a arruinar a ese ser
del que Tupá estaba tan orgulloso. Y fue así que desató
tempestades, desbordó los ríos, resecó los frutos jugosos
de los árboles... Sin embargo, Tupá protegió al hombre
de las maldades de Añá, empleando todo su talento para revertir
los daños que intentaba causarle.
Una vez, Añá trajo un viento helado del sur pensando que el
hombre con su piel fina y delicada no podría resistirlo. Tupá
lo vigilaba de cerca.
Cuando comprendió que el manto de frío podía matar a
su criatura, le entregó su obsequio más preciado: el fuego.
Junto a la primera hoguera, el hombre se reconfortó con el calor. Añá
se retorcía de rabia y sopló con todas sus fuerzas para extinguir
las llamas. Pero en lugar de apagarlas, las reavivó y miles de chispas
saltaron del fuego y se desparramaron por todos lados. Ciego de furia las
persiguió alocadamente de aquí para allá.
Tupá, muerto de risa, decidió jugarle una broma y para confundirlo,
transformó las chispas en isondúes, pequeños y mágicos
bichitos de luz que Añá intentó alcanzar inútilmente.
Desde entonces, los isondúes vuelan nerviosamente encendiendo y apagando
su luz como si Añá todavía los persiguiera. ![]()