El saludador del barrio del Hola-Chau

Cuento e ilustraciones de Miguel Ángel Zicca


El Barrio del Hola-Chau, lleva este nombre en recuerdo de un mítico personaje que trajinó sus cuadras hace mucho tiempo. Lo llamaban “el saludador”; de seguro porque su característica principal era saludar a cuanta gente pasara ante su vista. Exageradamente atento, solía saludar hasta tres o cuatro veces a la misma persona en el mismo día.
Entre sus proezas más notables figuran: la recordada ocasión en la que despidió desde la estación del ferrocarril a todos los pasajeros (incluyendo al guarda y al maquinista) de un tren que partía rumbo a Mar del Plata. En otra oportunidad, no le alcanzaban las manos para saludar a una veintena de conductores atascados en un embotellamiento en las calles de su barrio.
Normalmente podía saludar al mismo tiempo, a la abuelita que salía a hacer las compras, a los mellizos bebés y a la mamá que empujaba el cochechito, y además sacudir emocionado su pañuelo hacia arriba si de casualidad pasaba algún avión en ese momento. La única meta del saludador era disfrutar saludando; si alguien no le devolvía el saludo, él no se ofendía. Aunque después de muchas hazañas se hizo tan famoso que los vecinos y también los desconocidos se acercaban hasta el barrio para pedirle autógrafos y aprovechar para estrecharle la mano.
Y no era para menos; las crónicas de la época cuentan que gracias a su atento saludo, el saludador evitó varios accidentes. Una noche, mientras intentaban asaltar a un vecino en plena calle, él le tendió amistosamente la mano al ladrón y éste confundido huyó. Otro día un señor que cruzaba la calle distraído se salvó de ser atropellado por un auto, gracias a que el saludador lo detuvo para darle un abrazo.
Una mañana una chica que caminaba leyendo una revista no advirtió que iba directo hacia una alcantarilla destapada, dicen que cuando estaba justito con un pie sobre el pozo, giró al escuchar el sonoro “¡Buen díaaaa!” del saludador.
Pero el máximo acontecimiento tuvo lugar hace casi veinte años cuando éste personaje destacado de mi barrio sufrió la mala suerte de cruzarse con un saludador de un barrio vecino. Allí se inició el duelo... Uno lanzó desafiante un “¡Hola!”
Y el otro le respondió “¡Hola! ¿Cómo está usted?”
Uno contestó “¡Bien! ¿Y usted? ¿Qué tal?”
El otro siguió “Yo muy bien, hasta luego”.
“¡Hasta pronto!” contestó nuestro saludador, al que el otro le retrucó con un “¡Buenas tardes! ¡Hasta la vista!”
Entonces recibió un solemne “¡Buenas tardes!”
“¡Hasta más ver!” prosiguió el saludador, como ametrallando con los saludos.
A lo que el del barrio vecino exclamó "¡Nos vemos!" y agregó como cantando... “¡Hasta lueguitooooo!”
Y el de nuestro barrio volvió a la carga con un amabilísimo “Gusto en conocerlo”.
“El gusto es mío” le dijo el otro.
El repertorio de cumplidos continuó y como vieron que ya estaba anocheciendo, uno saludó diciendo “¡Buenas noches!”, en consecuencia nuestro mentado héroe, sin rendirse, largó un “¡Venga ese amistoso apretón de manos!”

Y así siguieron incansablemente. Comentan que el del otro barrio se cansó a los quince días y se dio por vencido. A partir de aquel hecho, el saludador se convirtió en un personaje de leyenda.
Sin embargo su verdadera consagración ocurrió desde el día en que colocaron una puerta espejada en el edificio de la esquina de su casa. Los testigos más memoriosos afirman que al verse pasar desprevenido se saludó a sí mismo y él mismo se contestó el saludo, ingresando en una salutación interminable. Así fue como llegó a su máxima expresión, considerándoselo la figura más ilustre de nuestro barrio, que como ya antes les conté, se lo rebautizó con el nombre del Hola-Chau en su honor. ¡Ah!, eso sí, no fue necesario hacerle ningún monumento en ninguna calle , ya que todavía se lo puede ver a él mismo en persona saludándose parado frente al espejo del edificio. ¿No les parece suficiente monumento?