| Caprácnico |
¡CAPRAC!… saltó el chivo por la ventana y cayó en
medio de la sala.
—¡Ay, un chivo! —gritaron los señorones y la gran señora
Dulce Fina, y se pusieron a correr y a gritar por toda la sala.
—¿Ay, ay, un chivo!… ¡Socorro!… ¡Venga
pronto, Sélfido! ¡Auxilio, Sélfido!
En la sala de al lado vivía Sélfido, por eso era vecino de los
señorones y de la gran señora Dulce Fina. Sélfido era un
criador y domador de chivos.
Los señorones eran unos señorones que antes eran ricos y ahora
no entendían nada: no les gustaban los helados Coppelia, ni las playas,
ni las comparsas, ni los muñequitos de la televisión, ni las olimpiadas,
ni los niños, ni el son, ni el malecón.
Y la gran señora Dulce Fina no era ni tan dulce ni tan fina.
Ese día estaban dándose balance en la sala, como siempre, recordando
sus viejos tiempos, cuando se apareció el chivo como caído del
cielo.
Era un animal color cartucho, con unos cuernos muy duros y una cara de maldito,
con su barba de chivato y todo. Ese chivo tenía una mirada que daba miedo:
era una mirada de malo y de payaso al mismo tiempo.
Pues, como les iba diciendo, cayó en medio de la sala, empezó
a comerse un mantel de raso, y los señorones y la gran señora
Dulce Fina se pusieron a gritar llamando a Sélfido, porque sabían
que él era el dueño de todos los chivos.
Entonces, se apareció el domador:
—¿Qué pasa?, ¿qué pasa?… ¡Ah,
pero si mira quién es! ¡Tenía que ser! —exclamó.
—¡Llévese pronto a ese sucio animal! ¡Pronto! ¡Hum,
no faltaba más! —dijeron, enfadados los señorones.
—¡Qué fresco y qué atrevido! —chilló
la gran señora Dulce Fina.
Sélfido se puso un poco bravo, por los insultos que le estaban diciendo
a su pobre chivo, y lo agarró para llevárselo enseguida, diciendo:
—¡Ya, no digan esas cosas, que fue sólo un capricho de Caprácnico!
—¿De quién? —saltó la gran señora.
—De Caprácnico… así se llama este chivo, ¿no?
—dijo Sélfido, llevándose al chivo color cartucho, que ya
se estaba tragando el mantel.
—¡Qué barbaridad! —se quedaron comentando los señorones.
Y así pasó aquel día, que fue la primera vez que Caprácnico
hizo eso. Pero, resultó que tres días después, los señorones
y la gran señora estaban como siempre, abanicándose en sus sillones
y… ¡CAPRAC!… saltó Caprácnico por la ventana.
—¡Otra vez!… ¡Auxilio! ¡Sélfido, venga
pronto! ¡Socorro, Sélfido!
—¡Corra, que se come mis cortinas de tisú!
Y de nuevo Sélfido llegó y dijo que Caprácnico era un chivo
caprichoso, que cuando se le metía una cosa entre cuerno y cuerno no
había quién se la quitara. Y que ahora se había antojado
de estar en sala elegante, entre personas finas…
—¿Cómo?… ¿Un chivo caprichoso? ¿Animal
con caprichos? ¡Lléveselo enseguida y no vuelva más! —gritó
la gran señora Dulce Fina.
—¡Qué barbaridad! —comentaban los señorones.
Y, sí, Sélfido se llevó a Caprácnico, que iba mascando
cortinas de tisú, pero de nada sirvió, porque ese chivo color
cartucho, chivo caprichoso, estaba empeñado en saltar por aquella ventana
y lo siguió haciendo.
Hasta que llegó un momento en que Caprácnico saltaba todos los
días a la misma hora: todas las tardes, a eso de las cinco… ¡CAPRAC!…
Llegaba Caprácnico.
De nada sirvieron los gritos de la gran señora Dulce Fina, ni las barbaridades
de los señorones. Todos los días…¡CAPRAC!…aparecía
Caprácnico, con su cara de malo y de payaso, con su cara de maldito,
y empezaba a mascar cortinas y manteles, pañuelos y abanicos.
Era inútil que Sélfido lo encerrara, porque el chivo color cartucho
se escapaba y… ¡CAPRAC!… saltaba por la ventana a las cinco
en punto de la tarde.
Sélfido había domado a muchos chivos en su vida y a ése
lo había enseñado a sentarse en sillones y a bailar la rumba;
pero, ahora… ahora no podía con aquella costumbre que había
cogido Caprácnico. Por mucho que se esforzó Sélfido en
explicarle a su chivo que por las ventanas ajenas no se saltaba, el chivo a
las cinco de la tarde… ¡CAPRAC!… saltaba sin falta por la
sala de los señorones.
Y he aquí que todos se cansaron.
La gran señora Dulce Fina se cansó de gritar y de pedir auxilio.
Los señorones se cansaron de protestar y de decir barbaridades.
Sélfido se cansó de tratar de domar a Caprácnico y de ir
a buscarlo.
Pero, Caprácnico, ése no se cansó jamás de saltar
por aquellas ventanas y de comer cortinas de tisú.
Hasta que entonces, un día, los señorones buscaron un sillón
chino y lo pusieron en la sala.
—¿Quién se va a asentar ahí? —preguntó
en un revuelo la gran señora Dulce Fina.
—Caprácnico —contestaron tranquilamente los señorones.
Y como la gran señora se llamaba Dulce Fina, pues esta vez se quedó
como una tartaleta de guayaba y no dijo nada.
Así, desde entonces, todas las tardes, a las cinco… ¡CAPRAC!…
llega de un salto el gran chivo color cartucho, como caído del cielo.
Mira a los señorones con su cara de malo, le enseña los cuernos
a la gran señora, agarra algo para mascar y, después, se sienta
en su sillón chino y allí se queda, con su cara de payaso, oyendo
todo lo que hablan los señorones.
Ése es Caprácnico, el chivo caprichoso de Sélfido, el domador
de chivos, que ya no lo va a buscar, porque ya los señorones no protestan,
ni pide auxilio la gran señora Dulce Fina.
¡Así es Caprácnico! ![]()