El show de los muertos vivos

Cuento de Ana María Shua
Ilustración de Lix (España)


El sobre decía: “Sr. Gonzalo Ramos”. Y la carta decía que Gonzalo había ganado el Primer Premio del Concurso Nestlé: ¡Un viaje a Disneyworld para dos personas! El grito de alegría de Gonzalo hizo temblar los edificios de Santiago, con construcción antisísmica y todo.
Pero después resultó que dos pasajes eran mucho y eran poco. ¿Quién de la familia viajaba y quién se quedaba? Marisabel, su hermana mayor, alegaba llorando que ella lo había ayudado a completar el puzzle. Y eso era bien cierto.
Finalmente el papá decidió usar para el viaje el dinero que ahorraban para las vacaciones. Y la abuela Clara los sorprendió con un regalo inesperado. Y los Agosin, que se habían ido de Chile a la fuerza, en los malos tiempos, les ofrecieron pasar unos días en su apartamento de Miami.
Y en Miami estaba ahora la familia Ramos completa: mamá, papá, Gonzalo, Marisabel. Habían vuelto de Disneyworld y faltaban dos días para volver a Santiago.
¡Hacía tanto calor! Gonzalo estaba feliz y maravillado con Disneyworld, especialmente con Epcott, la ciudad del futuro. Pero para entrar a cada atracción habían tenido que esperar mucho, parados en una larga fila de gente, agotados por el calor y mirando cada uno la espalda transpirada de la persona que tenían delante. Los Ramos se sentían un poco cansados, con ganas de llegar a casa y empezar a contar sus aventuras.
En los alrededores de Miami también había hartas diversiones para toda la familia. Fueron a ver los delfines y las orcas del Seaquarium y fueron a la Jungla de los Monos, donde la gente se pasea encerrada por un pasillo enrejado mientras los monos les hacen muecas desde afuera. Y fueron a la Jungla de los Pájaros, donde vieron papagayos que parecían pintados. Ya habían pasado por el Parque Nacional de Everglades, ya habían visto el Museo de Cera y parecía que no habría más diversiones antes de tomar el avión cuando Gonzalo descubrió un anuncio que decía así (pero en inglés):

EL SHOW DE LOS MUERTOS VIVOS
Un espectáculo vudú para toda la familia
¡Con auténticos zombis antillanos!
Entrada: 20 U$S
Niños menores de 14 años: 10 U$S
Cafetería del Barón Samedí

El show de los muertos vivos

También decía el horario y la dirección: era un lugar en las afueras de Miami. Los padres de Gonzalo se rieron un poco y comentaron cómo habían cambiado los tiempos, lo que antes asustaba a los grandes, ahora servía para divertir a los chicos.
El espectáculo empezaba a las siete de la tarde. Iban en un Ford alquilado. Mamá miraba el mapa, papá se perdía en las salidas de las autopistas y los dos se peleaban bastante. Pero alcanzaron a llegar justo a la hora del primer show.
La cafetería estaba adornada con Signos Mágicos. Para llegar a la puerta había que atravesar un círculo de piedras y pasar junto a un chivo ahorcado y dos pollos negros atados por las patas y colgados cabeza abajo. Por supuesto, los animales eran de plástico.
En la cafetería del Barón Samedí faltaba la alfombra en el piso porque las mozas servían deslizándose sobre patines. Al fondo había un pequeño escenario con los amplificadores del equipo de sonido a los costados. Un olor raro, difícil de reconocer, flotaba por encima de esa mezcla de aromas (básicamente plástico y desodorantes) que los Ramos llamaban “olor a USA”. Igual que en Disneyworld, había turistas de todas partes del mundo, sobre todo familias con chicos.
Apenas tuvieron tiempo de sentarse cuando se descorrió el telón y un hombre negro, alto, vestido con un traje negro y anteojos oscuros se adelantó hacia el micrófono. Tenía un aspecto peligroso y antipático. Empezó a recitar en un inglés muy raro, tan distinto del que Miss Atwell les enseñaba a los niños en el colegio.
—Soy el Barón Samedí,
el Barón La Muerte, el Barón La Cruz
El Amo de las Tumbas soy,
soy un servidor de Ogún.
El papá les explicó que el acento raro le venía de lo que seguramente debía ser su lengua natal, el créole, esa mezcla de francés con idiomas africanos que también se habla en Haití y en las islas francesas del Caribe. También les dijo que el animador estaba haciendo una mescolanza con muchos elementos de la religión vudú.
—El Fin es el principio
el principio es el fin.
Yo soy el servidor de la Serpiente.
Yo soy el servidor de Damballah.
Era raro escuchar esas palabras en boca de un señor vestido de una manera tan común. Gonzalo se extrañó de que el Barón Samedí no se disfrazara mejor para el espectáculo. Después se fue dando cuenta de que así asustaba más que disfrazado.
—Yo soy un Servidor de los Invisibles,
pero otros me sirven a mí.
Mis esclavos, mis zombis, los convoco:
con sus tambores, vengan aquí.
Dos hombres y una mujer aparecieron en el escenario trayendo dos tambores chicos y uno tan grande que había que empujarlo. Los hombres se movían lentamente y había algo muy extraño en sus miradas negras y vacías. Los párpados estaban pintados de blanco y las pupilas eran enormes. Empezaron a tocar los tambores de una manera difícil de entender, como si golpearan porque sí, sin ningún ritmo, como hacen los niños pequeños. El ruido era francamente molesto y los amplificadores lo hacían resonar por toda la cafetería.
Una camarera en patines les alcanzó cuatro vasos de agua con hielo.
—Si sabía no venía —dijo la mamá de Gonzalo tapándose los oídos—. Esto es peor que una discoteca. Ya estoy vieja para aguantar ruidos tan fuertes.
—No me gustan los ojos de esos hombres —dijo el señor Ramos—. Parecen drogados.
—Papá, pueden ser lentes de contacto —dijo Marisabel.
Por encima del ruido se escuchaba la voz del animador:
—Doy la bienvenida a los amigos brasileños
hermanos en Ogún y en Orixá,
hermanos en macumba y candomblé.
Una luz repentina iluminó una mesa donde, en efecto, se sentaba un grupo de brasileños que agradecieron en portugués.
Mientras tanto la familia Ramos le encargó a la camarera una pizza Margarita con doble queso y Seven Up. Trataban de hablar en voz bajita para no molestar a los que actuaban.
—Doy la bienvenida a los amigos chilenos,
hermanos de la Brujería y el Invunche,
el Guardián de la Cueva en Chiloé.
Los chilenos se sobresaltaron un poco cuando el foco los señaló porque el Barón Samedí no tenía cómo saber de dónde eran ellos. El papá prometió hablarles después del folklore de la isla de Chiloé.
El Barón Samedí siguió saludando a los amigos suecos y a los amigos japoneses. Marisabel le preguntó a su papá si Duvalier, el dictador de Haití durante tantos años, había sido como Pinochet. El papá pensó un poco y le dijo que no, que se parecían más que nada en los anteojos negros.
Entonces, obedeciendo una orden del Barón Samedí, los zombis se adelantaron y empezaron a hacer ciertas pruebas destinadas a demostrar que eran totalmente esclavos del Amo de los Cementerios y que estaban realmente muertos.
Algunos trucos los niños ya los habían visto en el circo o por la tele. Los zombis caminaron descalzos sobre carbones encendidos, se pincharon con agujas y se clavaron cuchillos sin que saliera sangre. Se aplicaron contra la lengua la brasa de un cigarrillo. Y comieron cosas asquerosas, como pedazos de vidrio y un limón con cáscara.
La mamá de Gonzalo estaba molesta, el espectáculo le parecía desagradable y se quería ir. Pero justo entonces (Gonzalo y Marisabel se pusieron contentos) trajeron la pizza, bien dorada, perfumada y deliciosa.
A continuación el Barón Samedí empezó a tocar un ritmo violento y extraño (pero por lo menos esto sí era música) en el tambor grande, el de patas rojas y cara humana, al que llamó tambor Mamá.
Una mujer muy joven apareció en el escenario, bailando una danza que fue aumentando de velocidad, empujada por el ritmo del tambor, hasta hacerse frenética. La jovencita, que al principio cantaba una frase repetida muchas veces, de golpe echó la cabeza hacia atrás. La expresión de su cara cambió, empezó a correrle saliva por el costado de la boca torcida, y sus gestos se volvieron salvajes.
El Barón Samedí explicó que estaba poseída por Ogún de los Hierros, el Espíritu de la Guerra y los Metales, el General Sangrante. La poseída empezó a hacer demostraciones de su fuerza anormal y realmente era muy raro ver a una muchachita tan delgada levantando con una sola mano una mesa de la cafetería, y después alzando a uno de los japoneses (que se reía como loco, de pura vergüenza) con silla y todo.
—¿Cómo será el truco? —quiso saber Gonzalo.
—Debe estar todo preparado —dijo la mamá—. La silla esa estará atada al techo con hilos invisibles o algo así.

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