| El
show de los muertos vivos |
Cuento
de Ana María Shua
Ilustración de Lix (España)
El número siguiente fue inesperado y horrible. Mientras los tambores,
tocados por los zombis, rompían todas las leyes de la música
y los tímpanos de los espectadores, el Barón Samedí volvió
al escenario trayendo un cerdo negro con las patas atadas y lo degolló
en público.
El animal se retorcía y gritaba mientras la sangre se juntaba en un
recipiente de metal. Los suecos se levantaron y se fueron.
El Barón Samedí pidió un voluntario para iniciarlo según
el rito vudú. Una de las mujeres brasileñas pasó al frente
y le mojó los labios con la sangre del cerdo.
Los padres de Gonzalo y Marisabel también querían irse pero
Marisabel los convenció: ¿acaso no se mataban cerdos a montones,
todos los días, para comerlos hechos costillitas?
Como postre papá Ramos pidió una leche malteada y la mamá
un pastel de manzana a la moda, o sea con helado de vainilla encima. Los niños
compartían una banana split.
Una mujer zombi entró al escenario con movimientos torpes, trayendo
a un bebé. Lo mantenía alzado por encima de su cabeza, con los
brazos estirados, mientras el bebé lloraba a gritos.
—Si eso es una guagua de verdad no me quedo ni un segundo más
—dijo la mamá.
Pero resultó ser un muñeco y el llanto era una grabación.
Bañaron a la guagua en sangre de cerdo negro y la brasileña
empezó a bailar alrededor moviéndose con mucha gracia. No se
sabía si ella también estaba poseída o se hacía
la poseída nomás.
Los ayudantes retiraron el cadáver del cerdo del escenario. Los zombis
volvieron a adelantarse. A un costado, pegado al micrófono, con un
susurro que gracias al buen equipo de sonido sonaba como un grito, el Barón
Samedí seguía hablando.
—Estos hombres ya no son hombres, pero tampoco son verdaderos zombis.
—Parecía un mago que se decide a explicar uno de sus trucos,
mostrando cómo lo que parece magia no es más que rapidez con
los dedos—. Estos hombres fueron castigados por la Sociedad de la Noche.
Porque la Noche es de los Invisibles y no de los Hombres. Estos hombres recibieron
los Polvos Mágicos y parecían muertos y como muertos fueron
enterrados. Y como zombis fueron desenterrados y se los obligó a comer
la Pasta del Olvido y ahora son mis esclavos. ¡Nadie teme a los zombis!
¡Todos temen ser convertidos!
Mientras hablaba, los falsos muertos bailaban un número de tap dance,
con los brazos colgando, las caras sin expresión y muy desacompasados.
Después el Barón Samedí anunció que ahora sí
les haría conocer a un verdadero Muerto-Vivo. Preguntó a los
espectadores cómo se puede comprobar que una persona esté muerta
de verdad. Gonzalo dijo que por los latidos del corazón. De otras mesas
hablaron de la respiración y de la actividad cerebral.
Pero el Barón dijo que había una sola manera de probar con seguridad
algo que ni siquiera la raya lisa y brillante del electroencefalograma podía
garantizar: lo que está muerto, se pudre.
Entonces se hizo más fuerte ese olor raro que habían sentido
al principio, al entrar a la cafetería. Y un auténtico Muerto-Vivo
apareció en escena. Usaba un slip de baño para mostrar las partes
de su cuerpo que parecían verdaderamente podridas. Le faltaban mechones
de pelo y en ciertas zonas del cuero cabelludo le crecía una especie
de moho verdoso.
El animador invitó a los espectadores a subir al escenario para inspeccionar
bien de cerca al Muerto-Vivo, y muchos lo hicieron. Se acercaban con espejos,
para ver si la respiración del Cuerpo Cadáver los empañaba
y hasta apareció un médico con un estetoscopio. Volvían
a sus lugares con risitas nerviosas.
A la mamá el helado de vainilla se le derretía en el plato.
En cambio los niños se devoraban su banana split con muy buen apetito.
La función terminaba con un juicio, un auténtico juicio de la
Sociedad de la Noche, la Sociedad de los Animales, la Bizango.
EL Barón Samedí, transpirando mucho, con el traje negro arrugado
y la corbata torcida, empezó el nuevo conjuro.
—Todos serán juzgados.
Sólo el Culpable
será castigado.
El Niño Inocente
no será condenado.
Con ayuda de la muchachita poseída, que ahora parecía muy tranquila,
empezó a mezclar unos polvos y líquidos en vasos transparentes.
—Ahora —dijo el Barón—. Que pase el Niño Inocente.
Y antes de que sus padres alcanzaran a protestar, había arrastrado
a Gonzalo al escenario. En medio de fórmulas mágicas y golpear
de tambores, invitó a Gonzalo a probar de una copa con un líquido
verde y espeso y después otra con un líquido rojo.
Gonzalo estaba muy tranquilo y divertido. Lo único que no le gustaba
era que lo llamaran “Niño Inocente” y ya se imaginaba las
burlas de Marisabel. Ojalá no se lo contase a nadie.
Probó primero del líquido verde y frunció la cara. Era
feísimo, muy amargo. Después tomó del líquido
rojo, que estaba muy bien. Y anunció al público, en un inglés
bastante aceptable, que hizo sentir orgullosos a sus padres:
—Este verde es horrible y este rojo está bien dulce, parece coca
sin gas.
El Barón Samedí intervino.
—La Sociedad puede ser Dulce como la miel o Amarga como el dolor. Pero
sólo castiga al Culpable. El Niño Inocente que vuelva a su mesa.
Ahora, que pase el Culpable.
Un hombre gordo, evidentemente norteamericano, fue empujado hacia el escenario
entre las risas histéricas de las mujeres que compartían su
mesa.
Probó el líquido verde y el rojo de las mismísimas copas
que Gonzalo había dejado sobre la mesita y que nadie había tocado.
Pero no alcanzó a decir qué gusto tenían. Inmediatamente
comenzó la transformación.
Todo sucedía al mismo tiempo, de manera que era imposible darse cuenta
de qué había sido lo primero, si los pelos creciéndole
por todo el cuerpo, reemplazando a la ropa o la forma en que se le alargó
y estiró la cara, formando un hocico mientras los ojos se separaban.
El rabo largo iba asomando desde atrás, el pelo crecía y se
hacía más espeso y los cuernos se alargaban en la frente, y
el que había sido un hombre se ponía en cuatro patas (ya no
tenía ni manos ni pies, sino pezuñas hendidas) y balaba como
un chivo, como el chivo gordo en el que se había convertido.
Gonzalo había visto transformaciones como esa en muchas películas;
con el maquillaje y los efectos especiales ahora se podía hacer cualquier
cosa. Pero era algo muy distinto ver a un hombre convertirse en chivo ahí
mismo, delante de uno. Un silencio grande y asombrado rodeó a los balidos
desesperados del animal.
De golpe un hombre del público se puso de pie. También era negro
y parecía brotar de su cuerpo un inmenso poder.
—Barón Samedí, Bokor, Sacerdote del Mal, te desafío
—gritó—. Este hombre no era tuyo, no tenías derecho
sobre él. Yo, Hungan, Sacerdote del Bien, te desafío.
—El Mal es el Bien, el Principio es el Fin —aulló el Barón
Samedí, torturando los oídos del público gracias a los
amplificadores.
—Si no sueltas a ese hombre, voy a encerrar tu Buen Alma en un frasco
para toda la eternidad. ¡Te voy a convertir en un Cuerpo Cadáver!
Y nadie pudo entender bien lo que siguió porque ahora los rivales ya
no hablaban inglés sino créole o francés, o algún
idioma del África, y junto con las invocaciones a los dioses y las
palabras mágicas, humos y nieblas de colores llenaron el local. Como
todos lo esperaban, el chivo se transformó otra vez en hombre y volvió
a la mesa, tambaleándose.
El telón cayó de golpe y el espectáculo se dio por terminado.
Por supuesto, nadie estaba desilusionado; aunque por los comentarios que se
escuchaban en la playa de estacionamiento, muchos pensaban que el show había
sido demasiado violento para los niños.
De vuelta en Santiago, Gonzalo habló más de Disneyworld que
del espectáculo vudú, al que, sin embargo, recordaba siempre
en sus pesadillas. Él y Marisabel comentaban a veces entre ellos algunas
de las cosas que habían visto y que no se atrevían a contarles
a los demás porque parecían de veras increíbles.
Además (y esto sí que era un secreto) desde que había
tomado el líquido verde y el líquido rojo, cada vez que se ponía
de muy mal humor, el pie derecho de Gonzalo se transformaba en pezuña
y le crecían muchos pelos largos y negros.
Porque ni siquiera un niño es del todo Inocente. ![]()