El tigre gente

Cuento de Ana María Shua

Lo que les voy a contar sucedió realmente, y no me importa si me creen o no.
¿Ven? Ya empecé con una mentira. Cómo no me va a importar. Quiero que me crean. Para eso cuento. Aunque cuando termine se rían un poco y piensen que traté de engañarlos desde el principio, quiero que me crean por lo menos mientras están acá, en mi historia: mientras estoy contando.
Ahora pienso que era un chico cuando esto sucedió. Pero eso lo pienso ahora, desde la distancia, viendo a mis hijos de esa edad. En ese momento me sentía grande y me parecía ridículo que me obligaran a llevar pantalones cortos, como se usaba entonces.
Las discusiones entre mis padres me hacían sentir más grande todavía. Papá se iba dando un portazo. Mamá se quedaba muy pálida, sin llorar, y prendía un cigarrillo. No me molestaba que fumara en casa. En cambio me daba vergüenza que prendiera un cigarrillo en la calle, o en un restorán, sobre todo cuando papá no estaba presente. Me parecía que todos nos miraban.
La que sí lloraba era mi hermanita. Yo la consolaba tratando de convencerla de que nuestros padres no habían tenido una pelea sino un “intercambio de opiniones”, como decían ellos. Nos daba mucho miedo la idea de que se separaran. Cuando yo era chico los divorcios eran raros. En la escuela había una sola nena que tenía padres separados y todos hablaban del tema en susurros, como si fuera huérfana o algo peor todavía, porque nadie se muere a propósito y en cambio sus padres se habían separado porque querían.
Vivíamos en una casa de Caballito, frente al Parque Rivadavia (los mayores le decían Plaza Lezica). Papá me había enseñado a molestar a la gente que caminaba por la plaza haciendo reflejos de sol con un espejo desde la terraza.
Por esa época entró Luisa a trabajar a casa. Era una chica santiagueña unos años mayor que yo, morochita, muy flaquita, con el pelo largo, negro, lacio, los dientes marrones y unos ojos salidos como de pescado o de lechuza. Usaba una bolsita de cuero siempre colgando del cuello. Mamá decía que adentro debía tener alcanfor (aunque no se olía): mucha gente creía que el alcanfor protegía de las enfermedades.
Pronto descubrimos que Luisa les tenía miedo a los sapos. Pronto descubrimos que no era solamente miedo: era terror pánico y una irremediable sensación de asco.
Cuando papá no venía a la hora de la comida (últimamente venía poco), Luisa se sentaba a la mesa con nosotros. No sabíamos qué le hubiera pasado si se le acercaba un sapo vivo de verdad, pero bastaba que se mencionara en la mesa la palabra “sapo” para que ella tuviera que encerrarse en el baño a vomitar.
—Es una fobia —decía una amiga de mamá, que estudiaba psicología, una carrera rara y nueva que habían empezado a enseñar en la universidad.
Con ponerle nombre no adelantábamos mucho. El que sí adelantaba era yo, que iba descubriendo cada día nuevas y más sutiles formas de atormentar a Luisa. Me daba mucha risa que una santiagueña le tuviera miedo a los sapos. Hacía distintos experimentos mostrándole de repente una foto de un sapo en el Tesoro de la Juventud, un dibujo de un sapo en la revista Billiken. Hasta llegué a comprar un sapo de goma en una casa de chascos y lo dejaba a propósito en el bolsillo cuando dejaba la camisa para lavar.
Luisa me odiaba. Se vengaba haciendo zapallitos rellenos dos veces por semana, escondiéndome el álbum de estampillas y la carpeta de recortes, cambiando las cosas de lugar cuando arreglaba mi pieza, corriéndome apenas el botón de arriba de la camisa para que me apretara el cuello y, en fin, de todas las maneras posibles, que eran muchas, porque mamá trabajaba afuera (tenía una boutique en la galería) y ella se ocupaba de todo en la casa.
Nunca me quejé a mis padres. Tampoco ella me denunció por la historia de los sapos. Esta era una guerra estrictamente privada en la que nadie más tenía que intervenir. En cambio mi hermanita Susi adoraba a Luisa, que la cuidaba y la mimaba con auténtico cariño. La chiquita se enojaba mucho conmigo por molestarla a su amiga y eso me divertía todavía más.
Uno de mis entretenimientos era recortar noticias raras del diario y pegarlas en una carpeta. Me acuerdo de la primera noticia que recorté en el diario sobre el puma suelto en Caballito. Era una de esas típicas notitas de la segunda página de La Razón que venían con un signo de admiración y uno de interrogación como título y que nadie se creía del todo. Se hablaba de que una anciana había denunciado la presencia de un puma suelto en el Parque Chacabuco. Como ningún puma se había escapado del zoológico, el diario se preguntaba si era posible que un puma se hubiera adentrado de tal modo en la ciudad sin que nadie se diera cuenta hasta entonces.
En los días que siguieron descubrí que la historia del puma seguía adelante. Eran siempre notitas muy cortas, a las que evidentemente no se les daba importancia más que como curiosidad. Un hombre decía que mientras paseaba de noche con su perro, un puma se les había cruzado y los animales habían entablado feroz combate. Un carnicero aseguraba que era un puma el animal que le había robado media res de ternera. Nunca había suficientes testigos. En el diario que papá leía a la mañana, que era más serio, las noticias del puma ni siquiera se mencionaban.
Empecé a interesarme por las costumbres de los pumas. Un día le pregunté a Luisa si había pumas en Santiago y puso cara de no entender.
—Pero sí tiene que haber —le dije—. Mirá aquí el mapa con la distribución de la fauna —y le mostré un mapa de mi manual de geografía donde se veía el dibujito de un puma que se repetía en casi todas las provincias.
—¡Qué me decís puma!, ¿si no ves que es tigre? —dijo Luisa, reconociendo el dibujo—. Tigre sí que hay por allí, en el estero hay.
—¿Y tigres sin cola? —le pregunté, acordándome de que eso me había llamado la atención en una de las noticias: el dueño del perro decía que su animal se había peleado contra un puma sin cola.
—Tigre sin cola no es tigre de verdad: es tigre gente —dijo Luisa. Y ya no quiso hablar más del tema.
Esa noche mis padres se fueron al cine. Como era viernes a la noche, se quedó a dormir en casa Miguel Ángel, un compañero del colegio. Le mostré mi carpeta de recortes y se interesó mucho en el puma. Pensamos que quizás se le había escapado a su dueño, alguien que podría haberlo traído del campo para tenerlo en la casa como mascota, o algo así. Mientras hablábamos me di cuenta de que Luisa estaba escuchando a escondidas. No era la primera vez. Me dio mucha rabia. Abrí de golpe: como estaba apoyada en la puerta, estuvo a punto de caerse.
—Lechuzona, espiona, cara de sapo —le grité. Y como me di cuenta de que nada era más efectivo, seguí insistiendo—. Cara de sapo, cara de sapo, ojos saltones, cara de sapo sapo sapo sapo sapo sapo...
Luisa se fue corriendo y llorando a encerrase en su pieza. Pronto se escucharon los pasitos de mi hermana yendo para ese lado. Susi siempre se asustaba de noche, las sombras le parecían monstruos, los bultos de ropa podían ser animales feroces, tenía miedo de los ladrones y de los vampiros al mismo tiempo. Por eso, cuando salían mis padres, se metía en la pieza de Luisa para tener compañía. Escuchaban juntas la radio, sobre todo a un cantante santiagueño que me parecía espantoso (a mí solamente me interesaban los Beatles) y que se llamaba Leo Dan.
El sábado a la mañana lo invité a Miguel Ángel, que era de otro barrio, a recorrer el Parque Rivadavia. Quería mostrarle todo: el colchón de hojas de otoño que se formaba cerca del monumento a Bolívar, el anfiteatro verde donde tocaba los domingos la banda municipal y desde donde se podían espiar y molestar, por los agujeros entre las tablas, a las parejas que se besaban en los bancos de atrás. También las distintas clases de trompitos de eucaliptos. Los más finitos, del árbol de adelante, sobre la calle Rosario, y los gordos, los mejores de todos, que eran los más difíciles de conseguir porque había que meterse en el patio de la casilla del guardián.
Pero el parque, que era como mi casa, estaba raro esa mañana. Lo llevé a Miguel Ángel al estanque para divertirnos tirándoles piedras a los patos. Y los patos no estaban más. Había un montón de plumas tiradas por todos lados y algunas manchas de sangre sobre las piedras. En la casilla del guardián vimos gente amontonada. Nos acercamos abriéndonos paso. El guardián gordo estaba tirado en el suelo, rígido y temblando al mismo tiempo, con la cara azulada. Una baba espumosa le salía de los labios. Un compañero trataba de meterle algo en la boca. El caído tenía unos raros arañazos en la cara. No nos gustaba lo que estábamos viendo, pero tampoco podíamos sacarle los ojos de encima.
—Es un ataque de epilepsia —nos dijo alguien.
—¿Y los arañazos? —pregunté.
—Siempre se lastiman cuando se ponen así —me contestaron.
También pregunté, a nadie en especial, si se sabía lo que había pasado con los patos del estanque. Una de esas señoras que parece estar enterada de todo me explicó que un grupo de vagabundos les habían retorcido el cuello para comérselos al asador. Eso era lo que se suponía, porque en realidad nadie los había visto.
En los días que siguieron hubo varios robos en la zona, incluso un asalto a mano armada. El portero de casa comentó que a los patos no le habían retorcido el cuello sino que los habían matado los ladrones a balazos para practicar puntería.
—¡Qué vergüenza! —decía mi papá—. ¡Teniendo la Escuela de Policía a dos cuadras!
Yo seguía, como siempre, planeando maldades contra Luisa. Conseguir un sapo vivo verdadero en plena ciudad no era fácil. Pero cuando el colegio nos llevó en excursión al Museo de Ciencias Naturales, aproveché para comprar a la salida un hermoso sapo embalsamado.

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