El tigre gente

Cuento de Ana María Shua

El jueves a la tarde, el día de salida de Luisa, entré en su pieza para meterle el sapo en algún lugar estratégico. Cuando abrí el cajón de la mesita de luz, encontré mi carpeta de recortes y un montón de plumas de pato. Me resultó tan inesperado que me guardé el sapo y salí casi corriendo. Mi hermanita estaba tomando la leche en la cocina.
—Susana... ¿vos sabías que Luisa tenía plumas en su pieza?
—¡Claro, si me está haciendo un abanico!
Por primera vez tuve una sensación de sospecha. Mientras tanto Miguel Ángel, que seguía muy interesado en el misterio del puma, estaba haciendo algunas averiguaciones sobre el “tigre gente”.
—Las personas que se convierten en tigre llevan siempre encima un pedacito de piel de animal, un cuerito. Cuando quieren, lo ponen en el suelo, se revuelcan encima y ya salen hechos tigre.
Mi hermana era la única que podía tener alguna información al respecto.
—Susita... ¿Vos viste alguna vez lo que lleva Luisa en la bolsita que le cuelga del cuello?
—Es un secreto.
—Si me decís, te regalo cuatro estampillas con mariposas. Y si no me decís... ya sabés.
“Ya sabés” era la frase que yo usaba para referirme al castigo máximo: la tenía amenazada con ensuciarle la cara con lápiz-tinta al Muñeco de Ojos Lindos.
—Cuatro estampillas con mariposas y cuatro con animales de Australia —dijo Susana, que era buena negociante.
Así fue como me enteré qué era lo que Luisa llevaba en la famosa bolsita: un trozo de piel de animal, de color marrón clarito. Ella le había contado a Susana que el cuero era de un gatito rubio que había tenido y que se lo mataron los perros, allá en Santiago. Susana me contó haciéndose la misteriosa que el pedacito de piel parecía un animalito vivo, que cuando Luisa se lo ponía en la palma de la mano y lo acariciaba, se movía de verdad. ¡La muy tarada era capaz de creerse cualquier cosa!
Esa noche quise ir a ver si Luisa estaba durmiendo en su pieza y no sé si me sorprendí o encontré lo que esperaba cuando vi la cama vacía. Lo que sí me sorprendió fue la forma en que mi mamá, que había venido despacito detrás mío, me agarró de la oreja.
—¡¿Qué estás haciendo acá?! —me gritó, mucho más fuerte de lo que hacía falta.
—¡Luisa no está, mamá! ¡Mirá! ¡Se escapa de noche!
—Pero sí, hijo, qué novedad. Pobre chica, encerrada toda la semana como un pájaro en una jaula. Se escapa para encontrarse con el novio. Lo mismo me podría pedir permiso. Mientras se levante temprano, a mí qué me importa.
Empecé a mirar a Luisa con más respeto. Por las dudas, guardé bien escondido mi sapo embalsamado. Un día junté coraje y le dije, como hablando en broma, que estaba buscando quién me enseñara a convertirme en tigre gente.
—Si no necesitás magia para eso —me dijo riéndose, mostrando esos dientes marrones, arruinados por el agua mala, con arsénico, de Santiago—. Vas a ser buen mozo y con plata: ya con eso alcanza para ser tigre.
Me gustó que me dijera buen mozo, aunque fuera hablando en futuro. Y me sentí un chiquilín por haber pensado en esas tonterías. Desde entonces ya no me parecía tan fea Luisa, me gustaba su pelo tan liso, tan espeso; hasta me olvidé de sus ojos saltones.
Sin embargo, esa semana hubo una noche en que hubiera querido volver a ser un bebé para no enterarme de lo que estaba pasando entre mis padres. Esta vez la que se fue dando un portazo fue mamá. Papá caminaba por el living a grandes pasos y parecía de verdad un tigre en el zoológico, un tigre un poco pelado y gordo pero de muy mal humor. A las 11 de la noche mamá no había vuelto. Papá había hecho varias llamadas por teléfono, no sabíamos bien a quién porque no nos atrevíamos a dirigirle la palabra. Finalmente se puso un impermeable, aunque no llovía y salió de golpe. Enseguida volvió a entrar y nos miró por primera vez, como si acabara de recordarnos. Por la forma en que nos acarició la cabeza, debíamos tener cara de asustados.
—No se preocupen —nos dijo—. Vuelvo con mamá y les prometo que voy a hacer todo lo que haga falta para que no se nos escape nunca más. A dormir que mañana hay clase.
A dormir. Es fácil decirlo. Pero quién iba a poder dormir esa noche. A las doce se escucharon ruidos de llaves en la puerta y Susi corrió a abrir gritando “mamá”.
Los hombres eran tres. No puedo decir qué tenían puesto, ni siquiera se lo pude decir una hora después a la policía. Estaban bien vestidos, eso sí lo recuerdo bien porque me llamó la atención. No se parecían nada a los ladrones de las historietas, que usan ropa de ladrones. El que estaba armado era uno solo. La empujaron a Susi para adentro, se metieron y cerraron la puerta.
—Quién más hay en la casa —dijo uno. Y no terminé de entenderle porque otro me estaba hablando al mismo tiempo.
—Hacé callar a tu hermana o te la callo de un golpe.
Abracé a Susi y le puse la mano en la boca. Parecía que nunca iba a poder dejar de gritar, pero sin embargo se quedó callada enseguida. En eso apareció Luisa. Otro de los tipos la había ido a buscar a su pieza y la traía de un brazo. Parecía muy tranquila.
Los hombres, en cambio, estaban nerviosos y apurados. Tenían las caras tapadas con bufandas. Dos se fueron para el dormitorio de mis padres. Por el ruido parecía que estuvieran destruyendo todo. Tiraban al suelo los cajones, los frasquitos del tocador de mamá, los veladores. El que tenía el arma me arrebató a Susi y la alzó con un brazo. Amenazando a la chiquita, que ya no se atrevía a gritar, nos preguntó dónde estaban la plata y las joyas. Las de oro.
—A la nena, le va a convenir soltarla —dijo Luisa.
—¿Porque me lo decís vos, cara de sapo? —contestó el tipo.
—Porque se le está haciendo encima de la ropa: del susto nomás —le explicó Luisa.
El hombre nos sacó la vista de encima para tantearse la ropa. De verdad que ya tenía un manchón húmedo en el traje. La soltó a Susi tan de repente que la pobrecita dio contra el suelo.
Entonces, dando un salto que nunca hubiera esperado en ella, siempre tan lenta, Luisa se nos puso delante, entre el Susi y el tipo, protegiéndola con su cuerpo.
—¡A la pieza! ¡Con llave! —gritó.
Corrimos a mi pieza por el pasillo. Yo la arrastraba a la chiquita y aunque el trayecto no tenía más que unos pasos me pareció que corríamos y corríamos infinitamente. Al entrar choqué contra el marco de la puerta, pero de eso me iba a dar cuenta mucho después, por el chichón en la frente. En ese momento no sentí nada. Con llave, había dicho Luisa, pero se olvidó que mamá no me dejaba tener llave en el dormitorio. Cerré la puerta y empujé la cama contra ella, puse sobre la cama la mesita de luz y arrimé mi escritorio.
Mientras yo armaba la trinchera y Susi lloraba sin parar, desde el living venían sonidos asombrosos, terribles. Primero, cuando todavía corríamos por el pasillo, sonó un tiro. Pero después escuchamos una especie de gruñido sordo, que duró unos segundos y se convirtió en el bramido de un animal.
Lo que siguió fue una confusión de gritos y rugidos. Los gritos de los hombres eran desesperados. Estábamos aterrorizados. Curiosamente, con el primer rugido, Susi se tranquilizó y cuando me abracé a ella fue la chiquita la que me alivió el terror con sus caricias. Les aseguro que yo no sabía bien quién quería que ganara. Busqué mi sapo embalsamado y lo tuve apretado fuerte en la mano, como si pudiera protegerme de algo desconocido.
Al rato todo quedó en silencio, pero ya no nos animábamos a salir. Cuando quise correr otra vez el escritorio y la cama, me di cuenta de que no podía. Yo mismo no sé cómo hice para ponerlos allí. El miedo me había dado fuerzas que normalmente no tenía. Pronto escuchamos las voces asustadas de mamá y papá llamándonos. Contesté que estábamos bien. Con papá empujando la puerta mientras yo tiraba de los muebles del otro lado, logramos abrir un huequito para salir. Mamá estaba llamando a la ambulancia. Luisa estaba desmayada en el suelo en un charco de sangre.
Sin embargo, como supimos después, la bala apenas le había rozado el hombro. En el hospital la tuvieron un día en observación y después la dejaron volver a casa.
Los ladrones no llegaron muy lejos. La policía los detuvo en un allanamiento un par de días después, en un departamentito donde encontraron también buena parte de los objetos que había robado la banda. Los tres estaban en muy malas condiciones y contaron una historia ridícula acerca de un tigre que nadie les creyó.
—Imagínese, tres tipos grandotes con un arma. Les da vergüenza que la flaquita esa que tienen en su casa haya podido con ellos. Mándele mis felicitaciones —le dijo el comisario a papá.
Luisa los tuvo que ir a reconocer. Yo me salvé por ser menor. Dice papá que los tipos estaban todos arañados y lastimados, sobre todo el que Luisa reconoció como el que tenía el revólver.
—Ese es el que me dijo cara de ya-sabe-qué —comentó Luisa, que nunca pronunciaba la palabra sapo.
En cuanto se curó la herida del hombro, habló con mamá y le dijo que no podía seguir con nosotros. Al novio le había salido un trabajo en un pueblo de la provincia y se quería ir con él.
Mamá y papá se separaron y se volvieron a juntar dos veces. Hoy son una de esas parejas de viejitos que parecen haber nacido para pelearse y quererse al mismo tiempo. Pero en alguno de tantos problemas económicos que hubo en el país, mi padre tuvo que liquidar la fábrica.
Y fue por eso que, a pesar de los buenos deseos de Luisa, nunca llegué a tener tanta plata como para convertirme en tigre.