| Grillo
Gómez |
Cuento
de Carlos Marianidis
Premio Casa de las Américas Literatura Infantil y Juvenil, Cuba, 2002

Hacía
tiempo que Grillo Gómez estaba sólo, en medio de su pequeña
zanja tocando y tocando ¡crí-crí... crí-crí!
Sus canciones, sentado en el mismo junco de siempre.
Vivía muy triste porque era maestro de música y en ese lugar
no había a quién enseñarle y, por tanto, se aburría
todos los días.
De noche miraba el cielo, buscaba una estrella y jugaba a que ella le cantaba
¡chis-chis... chis-chis! Cada vez que titilaba; entonces él la
acompañaba ¡crí-crí... crí-crí! Y
así, hasta quedarse dormido.
Hasta que una madrugada, mientras todo era silencio, una lluvia suave, suave,
comenzó a caer. Y cayó tanta, tanta agua durante horas, que
la zanja creció como un río.
Grillo Gómez se despertó por el frío y descubrió
que estaba completamente mojado.
Asustado, se abrazó a su junco, que se agitaba sin cesar. De pronto,
sobre el agua, vio encenderse y apagarse un faro amarillo... Trepó
hasta la hoja más alta y miró con atención.
—¿Quién anda ahí? —gritó.
Nadando a toda velocidad, dos renacuajos empujaban —uno de cada—
lado una hoja seca sobre la cual iba sentada una luciérnaga que cada
vez que movía las alas parecía un relámpago.
—¡No se asuste, maestro! —dijo una voz ronca—. Somos
los hermanos Rena; más rápidos que un delfín, más
fuertes que una ballena.
—¿Y qué llevan ahí? ¿Una lámpara?
—¡Nooooo...! —contestó el otro renacuajo, atando
ya el cabo de la hoja al junco—. Es nuestra amiga Lucía; nos
conocimos en el viaje; a ella la trajo el viento y a nosotros, el oleaje.
Lucía batió las alas y de su vientre diminuto salió una
luz brillante que significaba “Buenas noches”.
—Nosotros, atentamente, lo escuchamos día a día desde
la zanja de enfrente —agregó el renacuajo.
—¡Gracias! —exclamó Gómez entusiasmado—.
¿Por qué no se quedan hasta que aclare? ¡Es muy peligroso
que sigan adelante!
Contentos con la invitación, los visitantes se quedaron.
A la mañana siguiente, el sol asomó su cabezota colorada sobre
el horizonte y el agua empezó a bajar. La corriente había dejado
sobre la orilla un montón de palillos, una botella gigante de plástico,
media nuez vacía y un periódico desteñido.
Los primeros en abrir los ojos fueron los hermanos Rena, que golpearon apenas
la hoja para que Lucía se despertara.
Luego, Grillo Gómez bajó de su refugio, a darles los buenos
días.
—¡Hola, amigos! ¿Durmieron bien?
—¡Sí, maestro! —contestó, desperezándose,
un renacuajo—. Su almohada de junco es muy cómoda.
—Y su zanja es más tranquila que una linterna sin pila —bostezó
el otro.
También Lucía dijo algo con su luz, pero como ya era de día,
ninguno la pudo ver.
—Bueno, Gómez... Todo está muy lindo, el peligro pasó,
pero tenemos que irnos —agradecieron amablemente los renacuajos.
Grillo Gómez, con la mirada triste (porque nuevamente se quedaría
sólo), les ayudó a desatar la hoja de su junco y antes que partieran
les tocó sus más hermosas melodías.
Al terminar, los hermanos Rena palmearon a rabiar el agua con sus colas, manitas
y patitas y Lucía abrió las alas como diez veces.
De repente, uno de los renacuajos se llevó la mano al mentón
y se quedó pensando un rato. Después le dijo algo al oído
a su hermano y éste a Lucía.
—¿Estarían todos de acuerdo? —preguntó, en
tanto que Grillo Gómez, intrigado, enfundaba su instrumento.
—Maestro: ¿Qué tiene que hacer aquí?
Gómez, sin levantar la vista, habló melancólicamente.
—Éste es mi lugar... es aquí donde tengo que estar...
—¡Pero si aquí nadie le escucha! —replicó
el renacuajo, confundido.
—¿No le gustaría tocar en otras zanjas, conocer otro sendero,
que lo aplauda mucha gente y, además, ganar dinero...?
—Y... sí, pero no me puedo ir de aquí... Aparte, no sé
si a los demás les gustará lo que toco... si no me dará
vergüenza... sí...
Entonces, antes que Grillo Gómez siguiera lamentándose los hermanos
se sumergieron y al rato aparecieron con una nuez partida al medio que habían
visto cerca de allí.
—Maestro —se acercó a hablarle casi al oído un renacuajo—
use la imaginación. Lo más bello que hay es poder darles a los
demás lo que uno sabe hacer. Estoy seguro que con la idea que tengo,
usted va a ser más feliz que ahora y podrá vivir haciendo su
música a toda hora...
¿Y saben como termina esta historia?
Todas las noches, los hermanos Rena pasean —uno de cada lado—
su cascarón de nuez, como si fuera una góndola. Y dentro de
ella, iluminado por el farolillo de Lucía, Grillo Gómez da conciertos
y serenatas a los enamorados que quieren salir a navegar.
Y algunas veces, cuando hay luna llena —si uno se fija bien, pero bien—
se puede ver a las parejas de hormigas o de escarabajos, haciendo fila para
comprar sus boletos y dar una vuelta en góndola, al romántico
compás del ¡crí-crí... crí-crí! de
Grillo Gómez.
Y como dirían los hermanos Rena:
Si
quieres cumplir tu sueño,
Toca y toca tu canción:
Sólo hay que poner empeño
¡y seguir al corazón!