| La
abuela electrónica |
Cuento de Silvia Schujer
Mi
abuela funciona a pilas. O con electricidad, depende. Depende de la energía
que necesite para lo que haya que hacer.
Si
la tarea es cuidarme cuando mis padres salen de noche, la dejan enchufada.
La sientan sobre la mecedora que está al lado de mi cama y le empalman
un cable que llega hasta el teléfono por cualquier emergencia.
Si en cambio va a prepararme una torta o hacerme la leche cuando vuelvo del
colegio, le colocamos las pilas para que se mueva con toda libertad.
Mi abuela es igual a las otras. En serio. Sólo que está hecha
con alta tecnología. Sin ir más lejos, tiene doble casetera
y eso es bárbaro porque se le pueden pedir dos cosas al mismo tiempo.
Y ella responde.
Mi abuela es mía.
Me la trajeron a casa apenas salió a la venta. Mis padres la pagaron
con tarjeta de crédito a la mañana, y a la tarde ya estaba con
nosotros.
Es que mi familia es muy moderna. Modernísima. A tal punto mi mamá
y mi papá están preocupados por andar a la moda que no guardan
ni el más mínimo recuerdo. De un día para otro tiran
lo que pasó a la basura.
A lo mejor es por eso, ahora que lo pienso, que tengo tan mala memoria y no
puedo acordarme entera ni siquiera la tabla del dos.
Desde que la abuela está en casa, sin embargo, las cosas en la escuela
no me van tan mal.
Para empezar, ella tiene un dispositivo automático que todas las tardes
se pone en marcha a la hora de hacer los deberes. Es así: se le prende
una luz y se acciona una palanca. Abandona automáticamente lo que está
haciendo y sus radares apuntan hacia donde estoy. Entonces me levanta por
la cintura y me sienta junto a ella frente al escritorio. Ahí empezamos
a resolver las cuentas y los problemas de regla de tres. O a calcar un mapa
con tinta china negra.
Aunque nadie se lo pida, mi abuela lleva un registro exacto de mis útiles
escolares. Por otro lado, le aprieto un botón de la espalda y el agujero
de su nariz se convierte en sacapuntas. Le muevo un poco la oreja y las yemas
de los dedos se vuelven gomas de tinta y lápiz.
Tener una abuela como la mía me encanta. Sobre todo cuando está
enchufada, porque así puede gastar toda la energía que se le
dé la gana y no cuesta demasiado mantenerla, como dice mi papá,
que además de moderno es un tacaño y sufre como un perro cada
vez que a mi abuela hay que cambiarle las pilas.
Casi todas las noches yo la enchufo un rato antes de irme a dormir. Así
me cuenta un cuento. O lo hace aparecer en su pantalla para que yo lea mientras
ella me acaricia la cabeza. Sabe millones. Basta colocarle el disquete correspondiente
(porque también viene con disquetera) y en cuestión de segundos
empieza con alguna historia. Como completamente automática, se apaga
sola cuando me duermo.
Cuando mi abuela me cuenta un cuento o me canta algunas canciones, yo me olvido
de que es electrónica.
Más que nunca parece una persona común y silvestre. Y es que
además tiene una tecla de memoria que le permite escucharme. Yo puedo
contarle cosas y, oprimiendo esa tecla, ella archiva toda la información:
al final sabe de mí más que ninguno.
Me gusta tener a mi abuela. Aunque salir a pasear con ella me traiga algunos
inconvenientes: los que no son tan modernos como mi familia nos miran mucho
en la calle. Y se ríen.
O quieren tocarla para ver de qué material es.
Ven algo raro en sus movimientos... o en su cara, no sé. Creo que las
luces que tiene en los ojos no son cosa fácil de disimular.
A mí me encanta tener esta abuela.
Hace unos días, sin embargo, mi mamá dijo que quería
cambiarla por un modelo más nuevo. Dice que salieron unas más
chicas, menos aparatosas, con más funciones y a control remoto.
La idea no me gusta para nada. Porque, aunque es cierto que estoy bastante
acostumbrado a los cambios, con esta abuela me siento muy bien.
Las
habrá mejor equipadas, ya sé. Pero yo quiero a la abuela que
tengo. Y es que, aparte, cada vez me convenzo más de que ella también
está acostumbrada a mí.
A decir verdad, desde que en casa están pensando en cambiar a la abuela,
yo estoy tramando un plan para retenerla.
Sí. De a poquito la estoy entrenando para que pueda vivir por sus propios
medios. Para que no deje que la compren y la vendan como si fuera una cosa,
un mueble usado.
Los otros días le desconecté la luz de los ojos y ahora le estoy
enseñando a ver. Vamos bien.
También le estoy enseñando a ser cariñosa sin el disquete.
Ésa es la parte que me resulta más fácil; a lo mejor
porque me quiere, aunque ella todavía no lo sepa. Pienso seguir trabajando.
Mi objetivo es que aprenda a llorar. A llorar como loca. Y lo más pronto
posible, así el día que se la quieran llevar como parte de pago
para traer una nueva, el escándalo lo armamos juntos. ![]()