| Juanita
del montón |
Cuento de Silvia Schujer
Así la llamaban en el barrio: “Juanita
del montón”. No porque hubiera un montón de Juanitas,
sino por su colección de montones.
Ninguna cosa le gustaba de a una. Ni de a dos ni de a tres.
De “a muchas” para arriba. Por lo menos, de “a montón”.
Ya de chica, a los siete años, se enfurecía porque eran sólo
siete y quería tener más.
Entonces sumaba los años de todos sus amigos (los cinco de Manuela,
más los siete de Ramón, más los ocho de Susana, más
los cuatro de Javier). Y los convertía en un montón.
Y como para juntar un montón de años precisaba un montón
de amigos, Juanita era la chica más amigable del barrio.
Ni ella misma sabía cuántos eran. Pero estaba segura de que
al menos —los amigos— eran un montón.
Tal vez por eso guardaba con tanto celo un montón de ganas de jugar.
—Porque —decía Juanita— sólo teniendo un montón
de ganas de jugar puedo encontrar un montón de amigos.
Y, bien, si para sumar aquel montón de años, necesitaba un montón
de amigos, y para tener un montón de amigos juntaba un montón
de juguetes, lo que a Juanita le hacía falta entonces, era un montón
de espacio donde guardarlos.
Convenció a su mamá y a su papá de que fueran a vivir
a una casa con un montón de habitaciones. Y cada habitación,
con un montón de metros de largo y un montón de metros de ancho.
El problema fue que para limpiar un montón de espacio, se necesitaba
un montón de escobas, un montón de trapos y un montón
de jabón.
Como se imaginarán, para comprar semejante montón, hacía
falta un montón de dinero.
Bien sabía Juanita que juntar tanto dinero le llevaría un montón
de tiempo. Así que guardó una a una las hojitas del montón
de almanaques. Día a día hasta que los días se volvieron
un montón. De tiempo, claro.
Y casi sin darse cuenta, cumplió los dieciséis.
Hizo entonces una fiesta de cumpleaños en la que recibió un
montón de regalos. Había preparado un montón de diversiones
para que se divirtieran un montón de personas.
Allí descubrió a Joaquín entre el montón de invitados.
Y le pareció el más lindo, más bueno y más divertido
que el montón.
Bailó con él toda la tarde. Hasta que la fiesta se acabó.
Al día siguiente, y para no perder su costumbre de amontonar, Juanita
se fue a buscar muchos Joaquines para tenerlos en el montón.
Dio un montón de pasos, atravesando montones de calles durante un montón
de horas y todo fue inútil.
No pudo encontrar uno sólo que fuera como el Joaquín de su fiesta.
Sintió un montón de tristeza. Y derramando un montón
de lágrimas, descubrió que tenía un montón de
amor dentro de un sólo corazón.
Y fue al médico para que le diera algunos corazones más.
—Esto es imposible —dijo el doctor—. Para cada persona existe
un sólo corazón.
—¿Qué voy a hacer? —se dijo Juanita. Y juntando
el montón de palabras que conocía, trató de armar un
montón de pensamientos que la ayudaran a encontrar un montón
de soluciones para su problema.
Pero sólo se le ocurrió una idea: ir a buscar a Joaquín.
El único Joaquín que conoció.
Lo buscó y lo buscó durante largas noches. Hasta el día
en que volvieron a encontrarse... Fue en medio de un montón de alegría
en que Juanita y Joaquín se enamoraron. Y, aunque parezca mentira,
entregándose un montón de amor, fueron felices un montón
de tiempo. ![]()