| La
dulce historia de Uguetto y Adalgisa |
Cuento
de Prof. Graciela Pacheco de Balbastro
Fuente: leemeuncuento.com.ar
Corría
el siglo XVII y la ciudad de Milán, siempre bella y aristocrática,
comenzaba a prepararse para la Natividad del Señor en ese frío
diciembre.
A pesar de la intensa nevada, los parroquianos hacían ya las primeras
compras y los negocios del ramo ofrecían las confituras tradicionales.
Pero en la panadería del viejo Tone, al contrario de años anteriores,
ese ambiente de fiesta allí no se vivía. Las ventas habían
declinado, los clientes frecuentaban ahora otras confiterías y la familia
estaba realmente preocupada.
Hasta para Uguetto, el más pobre de los empleados, y que sólo
tenía ojos para Adalgisa, la hija del patrón, eso no pasó
inadvertido. Contagiósele la preocupación que vio en los ojos
de su amada y saliendo del ensoñamiento que le producía el sólo
mirarla, pensó y repensó en la manera de ayudarla.
Uguetto era de muy humilde condición. Huérfano de padre y madre,
había entrado al servicio de los Tone cuando sólo tenía
diez años. Era tres años mayor que Adalgisa, así que
la había visto crecer y transformarse en una joven bellísima
a la que asediaban buenos pretendientes. De la boca de Uguetto jamás
había escapado una palabra de amor. Sólo de sus ojos, que tenían
por brújula la silueta de la joven.
Así las cosas, mientras limpiaba los moldes, acarreaba harina y apilaba
la leña, pensó una vez más que él tendría
que ayudar a su patrón y que si de atraer clientes se trataba, él
encontraría la solución.
Esa noche, cuando quedó solo en la cuadra, entró en acción.
Buscó harina, a la que agitó suavemente, como si los trigales
de los que provenía se meciesen. Preparó levadura y mientras
canturreaba canciones inventadas, endulzó la preparación.
Pensando en la tentadora boca de su amada incorporó fruta a la preparación.
Recordó sus cabellos y agregó avellanas... soñó
con su boda con Adalgisa y escanció agua de azahar. Y soñando
y canturreando amasó y amasó.

El frío y la oscuridad quedaron afuera. Adentro, el horno y el corazón
de Uguetto chisporroteaban calentitos.
Rendido por el sueño, pero más para soñar que para dormir,
dejó bollitos de masa reposando. Y mientras su cabeza adormilada se
llenaba de ensueños, los bollitos crecían y crecían.
Dentro de ellos jugaban las burbujas.
Cuando Uguetto despertó, una fragancia nueva invadía la cuadra.
Sin dilación horneó los pancitos livianos, dulces, frutados.
El perfume de azahares, de brindis, de amor, inundó el barrio. Tan
apetitoso era, que la gente comenzó a llegar.
Todos pedían ese “pane de Tone”. Día tras día,
con la misma fórmula (su amor por levadura), Uguetto, ascendido a socio,
preparaba ese pan de Navidad.
En poco tiempo más se casó con Adalgisa, vivieron muy felices
y todos los años, cuando llega la Navidad, ponemos sobre nuestra mesa
una esperanza renacida, un retorno del gran milagro del amor y un “panettone”.

Esta historia se la escuché a mi abuela piamontesa y por aquello que
dijo Todorov de que “la literatura es una palabra que no necesita demostración”,
me atrevo a contarla. De todas maneras “se non è vero, e ben
trovato”. ![]()