| El
señor escondido |
Cuento de Luis María Pescetti

Había un señor que vivía
metido en una bolsa que estaba dentro de una caja que habían puesto
debajo de una mesa.
Eso estaba en otra habitación que tenía la puerta cerrada con
ocho llaves y veintiún candados.
Esa era la habitación más escondida de una casa muy grande,
pues además estaba en el patio y jamás se hubiera esperado encontrar
un cuarto ahí (además habían dejado crecer muchas plantas
encima, para que no se pudiera ver).
Ese jardín estaba rodeado por muros tan altos que nadie ni siquiera
pensaba en saltarlos sino, tan sólo, en lo alto que estaban.
De manera que la única forma de llegar al jardín era entrar
por la casa, (y la puerta que daba a la calle era de una madera muy gruesa
y firme y tenía cuatro cerraduras).
Una vez que uno cruzaba esa puerta, había tantos pasillos y habitaciones
que cualquiera se hubiera perdido por un buen rato antes de encontrar el jardín.
Metido en esa bolsa que estaba dentro de la caja había un señor
muerto de miedo.
Era un señor que había viajado mucho, por todo el mundo, tan
ancho y tan largo como es; había vivido grandes aventuras, y en todas
había sido muy valiente.
Sin embargo, un día regresó de quién sabe dónde
y pidió una bolsa y una caja y cerraduras y candados y ordenó
que construyeran la habitación del patio y que dejaran crecer las plantas
sobre ella.
Pidió que una señora le llevara comida para no tener que salir
nunca.
Y allí se escondió para siempre...
o para casi siempre.
Aun cuando soy el que escribe este cuento (uno tiene ciertos poderes cuando
es quien escribe el cuento) no se me ocurre qué fue lo que pasó,
por qué volvió tan asustado. No lo sé y temo que tardaría
demasiado en descubrirlo. En cambio, hay un par de posibilidades sobre cómo
salió:
1) A pesar de estar tan escondido oía los ruidos de la lluvia y el
canto de los pájaros y el ladrido de su perro y se preguntó:
¿quién les dará agua?, ¿quién les dará
de comer y quién cuidará a las plantas...? Volver a ver todo
eso fue más fuerte y por eso salió.
2) Pensé que la casa se podía incendiar y él tenía
que salir corriendo para salvarse. Pero eso no me gustó porque lo haría
vivir con más miedo y porque era una hermosa casa.
3) Alguien que sabía quién era y conocía sus aventuras
consiguió entrar para pedirle ayuda (no una gran ayuda porque nunca
se hubiera atrevido, sino una pequeña ayuda que él podía
dar).
4) Un escritor (otro, no yo) se entera de su historia y quiere escribir un
libro. Él siente vergüenza de atenderlo metido en su bolsa y lo
recibe todas las tardes, tomando té en la sala. Así se acostumbra
de nuevo a estar fuera (el escritor, por supuesto es una persona muy suave
y respetuosa, si no, él no hubiera aguantado más allá
de los primeros días).
5) La mujer que le lleva la comida no es una señora grande o vieja.
Es una mujer joven y buena. A él le llama la atención que su
voz sea tan suave y que jamás le haya pedido que salga de su bolsa
(que jamás lo haya querido convencer). También le llama la atención
que nunca sintió ni un reproche, ni una burla en la voz de esa mujer.
Un día quiere verle la cara y asoma su cabeza, y ella era tan tímida
cómo él y pasa mucho tiempo hasta que se hablan más allá
de los saludos. Pasa otro tiempo más hasta que se hacen grandes amigos;
y él empieza a sentirse un poco incómodo de recibirla metido
en una bolsa. Y pasa más tiempo y pasan otras cosas.
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