| El
último truco |
Cuento de Silvia Schujer

En el mundo hay magos y magos.
Magos que se vuelven famosos por lo que son capaces de hacer aparecer: palomas,
conejos, billetes, pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos…
y magos cuya fama se debe a los que son capaces de hacer desaparecer: palomas,
conejos, billetes, pañuelos, cubos, corbatas, nudos o anillos…
Bien cierto es, por otra parte, que más de un mago alcanzó la
fama por lo que fue capaz de achicar: palomas, conejos, billetes, pañuelos,
cubos, corbatas, nudos o anillos… Tan cierto como que innumerables ilusionistas
del mundo lograron su reconocimiento por aquello que fueron capaces de agrandar:
palomas, bill… etcétera.
La historia del mago Aparicio, sin embargo, y de cómo su nombre fue
escrito con letras de gloria a través del tiempo, nada tiene que ver
con las historias de los otros magos y de cómo ellos se volvieron famosos
haciendo achicar, agrandar, aparecer y desaparecer objetos como palomas y
todo lo demás.
No.
Hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de una familia de prestidigitadores. Aparicio
nació, creció, adoleció, se afeitó por primera
vez y se hizo hombre en un ambiente mágico donde lo imposible nunca
lo fue tanto.
Ya en sus primeros meses de vida fue alimentado con mamaderas llenas de leche
que volvían a llenarse a medida que él las bebía hasta
saciar por completo su apetito.
Unos años más tarde, incluso quedó a salvo de convertirse
en la bestia de irremediable gordura que hubiera sido, gracias a la varita
heredada de su bisabuelo materno con la que pudo modelar su cuerpo a gusto,
a excepción de las orejas que —grandes y aladas— se le
resistieron al poder del ilusionismo.
Del mismo modo que los otros magos del mundo y de su familia, Aparicio concretó
su primera presentación en público en el cumpleaños de
quince de una prima lejana y luego en el club social y deportivo del barrio,
ni más ni menos que en el célebre “Sportivo La Cucha”.
Sin lugar a dudas, fue en el “Sportivo” donde Aparicio se reveló
como el mago que luego sería: el grande. El de los grandes errores.
El de los grandes trucos fallidos, el de los grandes fracasos.
En ese sentido su número fuerte resultó ser el de reconstruir
mujeres a las que metía adentro de baúles que luego eran cortados
en cuatro partes por filosas cuchillas y que siempre, absolutamente siempre,
dejaban como saldo alguna joven emparchada.
Muy a pesar de Aparicio, que hubiera deseado con toda su alma que las cosas
le salieran bien —o por lo menos, menos mal—, fueron éste
y otros actos eternamente frustrados los que atrajeron tanto público
a sus funciones y tanta amargura a sus horas.
Porque mientras cada vez más personas iban a divertirse a los teatros
donde actuaba el gran mago, más crecía en Aparicio un cierto
sentimiento de vergüenza y fracaso que la varita de ninguno de sus parientes
lograba hacer desaparecer.
Hasta que llegó el día. El día del Congreso.
Se reunieron en las lejanas tierras de un pueblo los mejores ilusionistas
del mundo. Allí hablaron del éxito que obtenían con cada
uno de sus trucos y de las novedades en materia de palomas.
Sólo cuando creyeron conveniente sacar alguna conclusión, por
votación unánime, decidieron echar al pobre Aparicio de la Sociedad
Internacional de Magos. Por imperfecto. Por pésimo. Por mal ejemplo
para las artes mágicas y, sobre todo —dijeron—, por peligroso.
La “mala nueva” se desparramó rápidamente entre
sus seguidores y, aunque éstos trataron de defenderlo de tan injusto
descrédito, la decisión de eliminar a Aparicio de la Sociedad
Internacional fue irrevocable, indescriptible, inapelable e invisible.
Y el mago que tenía errores entró en profunda depresión.
Se deprimió como se deprimen los magos. Como sólo ellos pueden
hacerlo. Lloró anillos, estrellas y luces de bengala. Se sonó
la nariz y secó las lágrimas con esas interminables tiras de
pañuelos que aprendió a sacar de la galera. Echó a volar
las palomas que había usado para sus trucos y liberó de la jaula
a los conejitos que, alguna vez en escena y cuando nada le falló, jugaron
a brotarle de la manga.
Tuvieron que pasar muchos años para que Aparicio recuperara la fe en
sí mismo y decidiera volver a presentarse ante el público.
Pero cuando lo hizo, la noticia de su actuación fue tan bien recibida
que miles de personas viajaron desde todas partes para estar presentes en
el “Sportivo”. Allí donde Aparicio se dispuso a realizar
la más extraordinaria función de magia de su vida. La que, de
no haber sido por lo que fue, le hubiera permitido volver a ser aceptado en
la Sociedad Internacional de Magos con todas las de la ley.
La actuación fue programada para un lunes de marzo. Ese día
se decretó feriado nacional en el barrio y, a las siete en punto de
la tarde, con el salón principal del “Sportivo” lleno hasta
el tope, el gran mago Aparicio hizo su entrada triunfal: tropezó con
un tablón de la tarima.
Lo recibió una ovación multitudinaria y supo entonces que, con
el truco que había preparado para esa noche, podría demostrarle
al mundo su grandeza.
Entre violas, violonchelos y timbales elevó sus brazos hacia el techo
y dio comienzo la función.
Cuando la música cesó y la sala se cubrió de silencio
y bocas abiertas, Aparicio acomodó la galera sobre la cabeza. Lanzó
la punta derecha de su capa roja hacia el hombro izquierdo y balbuceó
unas palabras incomprensibles.
Al grito de “¡Abracadabra!” movió en círculos
su varita (estuvo a punto de metérsela en un ojo). Se dio tres golpecitos
en la frente y, como por arte de magia, desapareció del mapa.
Entre vivas, bravos y adioses, el público lo vio borrarse del mundo
como devorado por el aire, dándose así por terminado el acto
de ilusionismo más perfecto que jamás se hubiera visto.
Desde entonces la fama de Aparicio no conoció fronteras ni generaciones.
Hasta el día de hoy se sigue hablando de él como del más
notable ilusionista de todos los tiempos.
Por su parte, los de la Sociedad Internacional de Magos le hicieron una estatua
de bronce. Una que, muy a pesar de ellos, les saca la lengua cuando menos
se lo esperan. ![]()