| El
extraño caso del amigo invisible |
Cuento de Adela Basch
Una vez, en un mes de noviembre, cuando faltaba
poco para que terminaran las clases, se vio salir de cierta escuela a un chico
y una chica tomados de la mano.
Cualquiera diría que eso no tiene nada de particular. Y lo más
probable es que realmente no lo tenga.
Sin embargo, en este caso la situación mencionada se mezcla con confusos
y enigmáticos sucesos, que hasta el día de hoy no han podido
aclararse por completo.
Pero, antes de seguir adelante, repasemos un poco los acontecimientos.
Pocos días antes de que el chico y la chica de que hablábamos
salieran de la escuela tomados de la mano, una silueta misteriosa, de manos
invisibles y uñas un tanto mordisqueadas, había dejado caer
una carta sobre el pupitre de Viviana.
La carta, una vez fuera del sobre y desplegada ante los ojos sedientos de
Viviana, decía así:
Viviana:
Mirá, realmente no puedo entender que
después de tanto tiempo no hayas logrado develar mi identidad. Bueno,
esta vez las pistas que te doy tienen que resultar infalibles. Acordate de
que dos son falsas y sólo una es verdadera. Aquí están:
Vivo en una casa que tiene el sótano en la terraza y la planta baja
en el tercer piso.
Nací el 35 de febrero del año 2582.
Estoy enamorado de vos.
Chau,
T.A.I.
Viviana
leyó la carta y la volvió a poner dentro del sobre. Por un momento
se preguntó si ahí, guardado dentro del sobre blanco, la carta
seguiría diciendo lo mismo.
La miró al trasluz.
Sí. Seguía diciendo lo mismo.
Pero el caso se complica. Porque ese mismo día, una figura sigilosa,
también de manos invisibles, aunque pequeñas, había aprovechado
un descuido de Carlos para deslizar una carta entre las hojas de su cuaderno.
La carta, que la mirada de Carlos devoró en un instante, decía
así:
Carlos:
Sí, soy yo, una vez más, insisto.
No puedo creer que tardes tanto en descubrir mi identidad. Esta vez te voy
a dar pistas muy fáciles. Si las estudiás bien, son pan comido.
No te olvides de que hay una sola verdadera, las demás son falsas.
Son éstas:
Una pista de aterrizaje.
Una autopista.
Quiero a un chico que se llama Carlos.
Hasta pronto,
T.A.I.
Carlos
volvió a leer la carta una y otra vez. Después, la releyó
una y otra vez. Y durante un largo rato la siguió leyendo una y otra
vez. En fin, podríamos decir, sin faltar a la verdad de los hechos,
que la leyó un montón de veces.
Pero la historia no termina acá. De ninguna manera. Porque un tiempo
antes, para ser más precisos un día de octubre, de estos en
que hasta el más despistado se da cuenta de que es primavera, alguien
de manos invisibles había colocado silenciosamente esta carta dentro
de la mochila de Viviana:
Viviana:
A ver si de una vez por todas conseguís
averiguar quién soy. Para eso, te doy tres pistas. Cuidado. Como siempre
dos son falsas y sólo una, verdadera. Aquí van:
No sé leer y por eso no te escribo cartas. Ni soñarlo.
Soy marciano. Nací en Marte y nunca salí de ahí. En Marte
viví toda mi vida y en Marte moriré toda mi muerte.
Cuando te veo soy inmensamente feliz.
Chau,
T.A.I.
Y por extraño que sea, por esos mismos días, otras manos, también invisibles, habían aprovechado el barullo de un recreo para colocar esta carta entre los libros de Carlos:
Carlos:
Te doy una nueva oportunidad para que de una
buena vez descubras quién soy. No entiendo cómo te cuesta tanto.
Bueno, acá tenés tres pistas.
Mucho ojo, dos son verdaderas y una es falsa:
Un helado de pistacho.
Un tapiz visto al revés, mejor dicho, al vesre y con una letra cambiada.
Me encanta la forma en que te reís.
Hasta pronto,
T.A.I.
Todo lo presentado hasta aquí bastaría
para configurar un caso verdaderamente digno de atención. Pero hay
que agregar que en los meses anteriores sombras de manos invisibles habían
dejado un sinfín de misteriosas cartas al alcance de Carlos y Viviana.
Examinemos atentamente una parte de la correspondencia previa a las vacaciones
de invierno. Entre muchas otras cartas, hubo una como ésta:
Viviana:
Te escribo con una identidad secreta, pero te
voy a ayudar a que descubras quién soy. Para eso, te doy tres pistas,
y además te aviso que dos son falsas. Buscá bien la verdadera.
Aquí están:
Mi familia está compuesta así: mi madre, mi padre, yo, que soy
hijo único, y mis dos hermanos mellizos, uno de quince y otro de seis
años.
Mido 17 metros de altura.
Me gustás mucho.
Chau,
T.A.I.
Y también una carta como ésta:
Carlos:
Mirá, te lo escribo sin vueltas. No te
puedo decir quién soy. Sólo puedo darte algunas pistas para
que vos mismo trates de descubrirlo. De las tres pistas que te doy, sólo
una es verdadera y dos son falsas. Además, una es para armar y otra
es medio invisible. Aquí están:
Un poco de al-pis-te mezclado con un poco de ta-lla-ri-nes.
Un fanático de las papas, ya sean fritas, hervidas o al horno, un verdadero
pa...
Cada día me gustás más.
Hasta pronto,
T.A.I.
Hay
muchísimas cartas más, pero incluirlas a todas en este libro
daría por resultado un volumen de tamaño sumamente excesivo.
Nos limitaremos, al menos por ahora, a los ejemplos citados.
Quizá valga la pena mencionar un dato que puede aportar cierta luz
a esta cuestión. Se sabe que ese mismo año, a poco de comenzar
las clases, algunos chicos comentaron en sus casas: “Me parece que este
año la escuela me va a gustar. La maestra nos enseña jugar al
amigo invisible.”
También
se tiene conocimiento de unos cuantos pormenores más sobre ese chico
y esa chica que, según dije al principio, se vio un día salir
de la escuela tomados de la mano.
Para no abundar en detalles innecesarios, sólo diré que ya hace
como veinte años que se casaron y que vinieron a vivir justo al lado
de mi casa. Ahora están de vacaciones, y yo me encargo de regarles
las plantas y les recibo la correspondencia.
Ayer
mismo recibieron dos cartas. Al cartero no lo vi. Es muy raro, porque apenas
sonó el timbre salí a la puerta, y sin embargo, no vi a nadie.
Pero dejó dos cartas. En una dice:
Carlos
Y en la otra:
Viviana
Los dos llevan el mismo remitente:
T.A.I.
![]()