| La
batalla de Nepentes |
Cuento de Irene Klein
Cuando su esposa Anita cumplió los sesenta, don Oscar decidió
regalarle algo especial. Esta vez no le compraría el ramo de rosas
en lo de Mario, que desde hacía más de veinte años vendía
flores en la esquina del supermercado (cuando el supermercado todavía
era un almacén y Mario no tenía pelada), sino en la florería.
Allí, donde se compraban las flores con papeles de seda y moños
de colores.
—Yo tengo algo especial, señor —le dijo la florista que
tenía aros rojos en forma de mariposa y un vestido con estampado de
hormigas—. Una legítima nepentes originaria de Indonesia.
—No sé —dudó don Oscar—, con ese nombre.
—Por favor, señor, es el nombre científico —dijo,
ofendida, la florista, moviendo las mariposas de un lado a otro—. Si
quiere, puede llamarla “la botellita”, pero es mucho menos elegante.
Don Oscar, no muy convencido, siguió a la florista hacia donde estaban
las plantas de exterior. Cuando caminaba, su pollera revoloteaba a cada paso
y parecía que las hormigas el estampado se movían realmente.
“Una planta de Indonesia. Hasta las plantas importan ahora”, pensó
don Oscar cuando vio la planta en forma de botella cerrada que ella le señaló.
—También tenemos droseras, sarracenias, punguículas y
dioneas —le explicó. A don Oscar, la cantidad de nombres raros
y de hormigas en la pollera ya lo habían mareado—. Pero la nepentes
es la mejor —agregó la florista inclinándose sobre la
flor para aspirar su perfume. En ese momento, cuando su aro de mariposa rozó
la parte superior de la flor, se abrió una especie de tapita y a don
Oscar le pareció que la flor quería tragarse el aro.
—No tonta, es sólo un aro —se rió la florista y
la flor volvió a cerrarse.
Don Oscar la miró asombrado y más aún cuando le explicó
que era una planta carnívora. Eso terminó por decidirlo. Se
acabarían los problemas de las moscas y mosquitos en verano; quizás,
hasta las pulgas del gato Román y los piojos que dejaban los nietos
cada vez que iban a visitarlos.
Se la regaló a Anita envuelta en papel celofán y con un moño
rojo. Pero cuando le explicó que era una planta carnívora, su
esposa no pareció demasiado convencida. Hubiera preferido una azalea
común y corriente y hasta un pothus. Pero no dijo nada. Al poco tiempo
se acostumbró a ella. Más aún cuando dejaron de tener
insectos en la casa.
Al cabo de una semana, todo el edificio se enteró de que tenían
una planta carnívora. La noticia se desparramó también
entre los insectos, que huyeron de la nepentes del 6º B emigrando hacia
los otros departamentos del edificio. Los vecinos, que debieron luchar contra
las moscas que no los dejaban dormir, ejércitos devastadores de hormigas
y mordeduras de mosquitos, comenzaron a llamar despectivamente a Anita, “Arañita”,
y a don Oscar, “Moscar Don”.
—Qué horror —opinaban—, una planta que come carne.
—Dicen que tiene una boca enorme.
—Algún día nos va a comer a nosotros...
A todo esto, la planta crecía y Anita cortaba gajos y hacía
plantitas. Cuando tuvo varias, las colocó en un cajón de manzanas
pintado de blanco y escribió un cartel.
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Y
se las llevó a Mario que las puso bien a la vista, delante de las rosas.
A la semana, todas las pequeñas nepentes se habían vendido.
Había una en todos los departamentos del edificio. Nadie volvió
a hablar mal de las plantas carnívoras. La batalla de los insectos
y las habladurías habían terminado.
Anita, a quien dejaron de llamar “Arañita”, festejó
el triunfo saliendo de compras. Eligió un par de aros rojos en forma
de mariposa y un vestido estampado con hormigas. ![]()