| Alguna
vez |
Cuento de Eduardo Gudiño Kieffer
Los árboles
mayores, que se erguían casi hasta tocar el cielo con sus copas agudas,
hablaban con el árbol pequeño que crecía entre ellos.
—Alguna vez –decían—; alguna vez serás alto
como nosotros y como nosotros podrás ver el lago allá abajo, engarzado
como una joya verde o azul entre las montañas verdes o azules. Alguna
vez, alguna vez...
El viento, cuando descendía hasta la altura del árbol pequeño,
también hablaba con él.
—Vengo de todas partes y lo sé todo... Conozco los bosques, las
montañas, los campos, las ciudades de los hombres... Alguna vez, cuando
te eleves tanto como los otros árboles, te contaré cosas... Alguna
vez, alguna vez...
Al llegar la primavera, cuando los pájaros venían en busca de
calor y de alimento, el árbol pequeño tenía más
noticias del mundo que aún no alcanzaba a ver. Los pájaros piaban:
—Hay sitios donde todo es arena, hay sitios donde todo es nieve, hay sitios
donde todo es agua... Alguna vez, cuando seas más alto y más sólido,
haremos nuestros nidos en tus ramas y te contaremos todo lo que sabemos... Alguna
vez, alguna vez...
Y el pequeño árbol seguía inmóvil, repitiendo con
todas sus hojas tiernas esas palabras excitantes y promisorias. “Alguna
vez, alguna vez...” Pero ese “alguna vez” era lento, lentísimo.
Porque los árboles no crecen tan rápidamente como los seres humanos.
Lo que para nosotros es un año, para ellos es un siglo. Lo que para nosotros
es una vida para ellos es apenas un suspiro. El pequeño árbol
se impacientaba. Y preguntaba cosas a la lluvia, al granizo, a la nieve; preguntaba
cosas a las bandadas de aves que pasaban volando por el cielo; preguntaba cosas
a las nubes, a los rayos del sol, a los insectos que trepaban por su corteza...
Todos sabían cosas y cosas, todos conocían el mundo, todos parecían
sabios y aventureros, todos terminaban diciéndole: “Alguna vez,
alguna vez...”
Una tarde, por fin, sucedió algo. Pasó junto al pequeño
árbol un hombre de barba oscura y ojos tristes conduciendo de la brida
a un asno gris. Montada en el asno iba una mujer muy hermosa, muy pálida,
muy dulce.
Se detuvieron y el hombre dijo:
—Esto es lo que necesito. Perdóname, pequeño árbol,
pero debo cortarte. –Y un hacha hizo la primera herida en la madera joven.
El árbol suspiró y sangró un poco de savia. El dolor era
intenso, el hacha penetraba cada vez más en su carne vegetal; se sentía
débil, indefenso, solo. Y no lamentaba tanto su sufrimiento físico,
como ese “alguna vez” que perdía para siempre. Después
el hombre cortó el árbol en trozos de escaso tamaño, y
los acomodó en el morral. En cada trozo el árbol seguía
viviendo. Llegaron a un lugar donde había un buey y otros animales. Allí
el hombre tomó los trozos, los cepilló, los pulió, los
ensambló. Y el árbol quedó trasformado en una cunita rústica.
Una cunita que al mecerse parecía gemir “alguna vez, alguna vez...”.
Todavía no había comprendido su destino. Pero esa noche, justamente
a las doce, sintió un débil vagido. Una extraña música
y una extraña luz envolvieron inmediatamente el lugar; se escuchaba un
sedoso revoloteo de ángeles y el llanto del niño que acababa de
nacer parecía más bien un canto. El árbol hecho cuna sintió
que depositaban entre sus maderas cubiertas de heno tibio, el cuerpecillo de
la criatura. Y la sintió moverse suavemente en su interior. Y de pronto
supo que “alguna vez” había llegado. Que ni los árboles
altísimos, ni el viento, ni los pájaros, ni las nubes, habían
experimentado nunca la gloria de ese momento que él gozaba cuando ya
no era árbol sino cuna, cuando al fin de su vida vegetal marcaba el principio
de una vida humana. ![]()