| El
duende de la fogata |
Cuento de Graciela Falbo
Estoy aburrida —protestó Elisa.
Hacía tres días que ella, Santi y Lautaro, sus dos hermanos,
estaban en la casa de la abuela, que quedaba en las afueras de la ciudad.
Elisa extrañaba sus programas de televisión. Nicanor, el jardinero,
la escuchó y dijo:
—En este lugar hay cosas más misteriosas que un televisor.
Los chicos lo miraron extrañados. ¿De qué estaba hablando?
—Del duende de la fogata —dijo Nicanor.
—¡Bah! ¡No creo en duendes! —se burló Elisa.
Nicanor no contestó. Fue hacia el fondo de la casa y se puso a juntar
ramitas. Los chicos lo siguieron entre los árboles. No juntaba cualquier
ramita seca, recorría el terreno eligiendo cuidadosamente cada cosa
que iba a poner a quemar: un nido abandonado, unas pepitas de eucalipto, unas
ramas de pino, unas hojas verdes del limón.
—Para que aparezca hay que hacer un fuego especial —dijo. Por
fin lo encendió. Las llamas crepitaron y las hojas verdes empezaron
a estallar como cohetes de Navidad. Una gran fogata.
—¿Y el duende? —preguntó Santi.
—¿Y el duende? —repitió una voz.
—¿Quién fue? —preguntó Lautaro.
Había escuchado claramente la voz a su espalda, pero al darse vuelta
no vio a nadie.
—¡Fuiste vos! —repitió la voz que ahora parecía
salir de detrás de la fogata.
—Y ahora... ¿quién dijo “Fuiste vos”? —preguntó
Lautaro mirando a Santi de reojo.
—¡Yo, no fui! —se defendió Santi sorprendido.
—Yo. —dijo la voz, que ahora venía desde el limonero. La
voz cambiaba de lugar. Parecía volar de aquí para allá.
Burlona, se había puesto a imitar el cantar de los pájaros,
el crujir de las hojas, el silbido del viento.
—¡Ahí lo tienen, el duende de la fogata! —dijo Nicanor.
—Los duendes no existen —replicó una voz que parecía
la voz de Elisa. Pero Elisa estaba muda, miraba hacia las cañas de
donde había salido esa voz igual a la suya. De pronto vio algo verde
moviéndose entre las hojas de las cañas.
—¡Miren eso! —exclamó Elisa.
Pero cuando miraron no vieron nada.
—¡Miren! —chilló burlona la voz, que ahora venia
de entre unas matas a espaldas de la chica. Y ahora sí, todos vieron
un cuerpito verde asomando entre las ramas. En ese momento alguien gritó:
—¡Perico! ¡Sirvergüenza! ¡Por fin te encuentro!
Era la abuela, que venía de la casa.
—¡Cada vez que olvido la puerta abierta, este loro se me escapa!
—protestaba.
—¡Perico! ¡Sirvergüenza! —repitió la voz.
Y el loro fue volando hasta la mano tendida de la abuela.
—¡Este era el famoso duende de la fogata! —se burló
Elisa. Los chicos se rieron aliviados. Después se fueron todos.
Nicanor se quedó mirando el fuego que se empezaba a apagar despacio.
Al rato apenas había unas brasas. Entonces Nicanor escuchó una
carcajada.
—Los duendes no existen —dijo en la fogata una voz que parecía
el crepitar de las hojas en el fuego. Lo raro era que las hojas verdes ya
se habían quemado y ahora había nada más que cenizas.
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