El cuadro

Cuento de Graciela Cabal


La primera vez había llegado de la mano de su abuelo. ¡Qué manera de aburrirse! Si hasta se quedó dormido... Claro que en esa época sólo tenía 5 años...
—También, qué ocurrencia! —escuchó al otro día que protestaba su mamá—. ¡Llevar a la pobre criatura a un museo de arte!
Sin embargo, y casi a escondidas, el abuelo volvió a traerlo, una y otra vez. Ahora Juan estaba ahí parado frente a ese cuadro. Ya no era un nene de 5 años: era un muchacho de 11 que no dejaba pasar una semana sin ir al museo.
Juan se sonrió y se puso triste —todo a la vez, como le pasaba desde hacía un tiempo— al pensar en su abuelo:
—Yo sabía, que tarde o temprano, te iban a atrapar...
—¿Atrapar?¿Quiénes, abuelo?
Ahora Juan estaba ahí, en la sala 23, parado frente a ese cuadro. Y, como acostumbraba hacer desde el día que lo haía descubierto, empezó a recorrerlo con minuciosidad. Esta vez empezó por la firma: C. López, 1891 —“La 'C' de Cándido”, le había dicho su abuelo— y siguió por las carpas, todas bien alineadas, como si fueran de juguete. Después subió a las copas de los árboles y vio ondear las banderas en los mástiles de los barcos. Claro que lo que a él le llamaba más la atención eran los hombrecitos, tan preocupados dentro de sus uniformes azules, siempre yendo y viniendo con cargas diminutas. Algunos pocos descansaban alrededor del fuego. Sentado a una mesa, alguien escribía. Con cuidado, Juan se le acercó y, por detrás de su hombro, trató de leer. Fue justo entonces que uno de rojo le ofreció un mate.
“Gracias”, dijo él, muy sorprendido: era la primera vez que los hombrecitos parecían darse cuenta de su existencia. Quiso decir algo y, por ser amable, preguntó la hora. ¡La hora! ¡Ya debería haber desaparecido! Sin embargo, tenía muchas ganas de quedarse allí. Y meterse en el agua con esos hombrecitos que se reían, que le hacían señas, llamándolo... Y él, que sentía las piernas tan pesadas, y una especie de sopor...
Llegó cuando estaban cerrando la puerta.
—¡Casi te me quedás adentro, pibe! —se rió el portero.
Sí, esta vez le había costado demasiado salir. La próxima vez tendría más cuidado.