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13
de junio. En la Argentina se celebra el Día del Escritor |
“La
poesía no es del que la escribe sino del que la necesita”, dice
en el filme El
Cartero uno de sus protagonistas. Y en esa frase parece
estar escondida sin más vueltas la función del escritor: llevar
pensamientos, historias, fantasía, sentimientos, narraciones o simplemente
palabras con sentido a sus lectores. Es lo que hacía por ejemplo Leopoldo
Lugones, uno de los más prestigiosos escritores de nuestro país,
a quien hoy recordamos.
El
escritor es una persona con profunda y permanente necesidad de comunicarse,
aunque paradójicamente lo haga en silencio. Y es asombrosa la riqueza
que se produce en esa especie de diálogo sin palabras dado entre quien
escribe y quien lee lo escrito. Esta forma de comunicación posee la virtud
de lo perdurable y la riqueza de lo meditado, porque quien deja algo escrito
lo firma para siempre (no como a las palabras, que “se las lleva el viento”),
y quien lee tiene a su vez la oportunidad de detenerse a pensar, analizar y
digerir lo leído, para luego continuar. Y así puede volver sobre
un texto cuantas veces quiera, seguramente encontrando nuevos significados sucesivamente.
Este era, precisamente, uno de los grandes dones del gran escritor y aviador
francés Antoine de Saint Exupery, autor de El Principito y su
indeleble máxima: “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Esta obra que nunca pasará de moda posee la virtud de generar diversos
sentidos según la óptica del lector, e incluso del mismo lector
en diferentes edades. Así, por ejemplo, la misma persona que ve en El
Principito un simpático cuento infantil al leerlo de niño,
podrá encontrar en él una profunda reflexión sobre el sentido
de la vida si vuelve a leerlo algunas décadas después.
Hay al servicio de los escritores diversos géneros literarios: novelas,
cuentos, poesías (en sus variadas formas), ensayos, artículos
periodísticos, narraciones históricas, aforismos, etc. Cada uno
frecuenta aquellos con los que siente mayor afinidad y mejor se adaptan a su
propio estilo y a lo que quiere transmitir. Así es que Jorge Luis Borges,
por ejemplo, nunca escribió una novela. Volcaba su imaginación
en los cuentos, su pensamiento en ensayos y su creatividad en poesías.
Leopoldo Lugones, en cuya memoria se conmemora el 13 de junio el Día
del Escritor, nos dejó una obra abundante y multifacética, en
la que recorre la mayoría de los géneros. Fue precursor de toda
una generación de escritores argentinos y fundó la Sociedad Argentina
de Escritores.
Lugones
nació precisamente un 13 de junio (1874) en Villa María del Río
Seco (Córdoba) y falleció el 18 de febrero de 1938 en el Delta
del Paraná (Tigre, Buenos Aires). Su familia era tradicionalmente cordobesa
y en la capital provincial cursó sus estudios superiores. Hijo de Santiago
Lugones y Custodia Argüello, era el mayor de cuatro hermanos, y ya a los
diez años se destacaba por su memoria y su gusto por la lectura.
En su etapa universitaria en Córdoba, desarrolló su veta literaria
y de periodista. Se definió tempranamente como anticlerical en el pensamiento
libre y hasta llegó a fundar un centro socialista, aunque su pensamiento,
siempre polémico, fue cambiando con la edad, a tal punto que en 1924
hizo famosa en Ayacucho la frase “ha sonado en América la hora
de la espada”. Es que siempre estuvo volcado de lleno a la discusión
por el destino de un país que él veía a la deriva y desorientado.
En 1896 su vida dio un vuelco decisivo: se casó con Juana González
y se mudó a Buenos Aires, donde se unió a un grupo socialista
de escritores rebeldes contra el orden social y político, que integraban
José Ingenieros, Roberto Payró, Alberto Gerchunoff, Miguel Ugarte,
Ernesto de la Cárcova.
Ganó prestigio como poeta, orador y polemista, y comenzó a publicar
en periódicos como el socialista La Vanguardia (desde allí
canta a la ciencia y a la igualdad, llama a la lucha por las ideas y hasta deja
traslucir sus dolores) y el roquista Tribuna, y también en
La Nación (gracias a su amigo Rubén Darío), donde
llegó a dirigir el suplemento literario.
En 1897 nació su único hijo y publicó su primer libro:
Las montañas del oro (poesía). Fue la primera obra de
su prolífico legado, que lo convertiría en una de las figuras
centrales de la cultura argentina.
Su
obra
Las primeras tres décadas del siglo XX dieron marco a su extensa obra:
Comenzó en 1904 con el ensayo El imperio jesuítico, continuó
con La guerra gaucha (un relato histórico sobre la epopeya de
Güemes, 1905) y se sucedieron Los crepúsculos del jardín
(1905), Las fuerzas extrañas (1906) y Lunario sentimental
(1909). En 1910 publicó Piedras liminares; Prometeo; Didáctica;
Odas seculares y Las limaduras de Hephaestos.
La década siguiente la inició con Historia de Sarmiento
(1911), a la que siguió Elogio de Ameghino; El ejército de
la Ilíada; El payador (conferencias sobre Martín Fierro
dadas en 1916); El libro de los paisajes; Las industrias de Atenas; Mi beligerancia
y La torre de Casandra.
Su último decenio como escritor comienza con El tamaño del
espacio (1921), obra que precedió en los años 20 a Las
horas doradas; El romancero; Filosofícula; Estudios Helénicos;
Cuentos fatales; El imperio jesuítico (donde muestra la activa labor
de los misioneros jesuitas en el país); La reforma educacional; Nuevos
estudios helénicos; Poemas solariegos; La patria fuerte; Política
revolucionaria y La grande Argentina, estos cuatro últimos
de 1930.
En 1930 también publica Acción, donde reúne sus
famosas conferencias en el teatro Coliseo, en las que se refiere a temas patrióticos
y habla sobre la invariable sentencia de los pueblos. Finalmente, su libro póstumo
es Romances del Río Seco, una obra en poesía.
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