Fisonomías y paisajes

Descarga "Fisonomias y paisajes"Autor: Manuel Pérez Villanueva
Género:
Poesía
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Entre las diversas funciones que un poeta ejerce a través de su poesía una es, sin duda, la de testigo.
Y esto es lo que quiere ser este libro. Un testimonio de la vida que cada mañana se nos presenta ante la ventana, de las personas que ante nosotros pasan, de los sucesos que ocurren a nuestro lado.
Pero todo testimonio, indudablemente, se tiñe con la coloración del ojo que mira.
Y así, en estos versos, toda cosa, árboles y paisajes, un simple autobús, una barca, un naufragio, un río, una estatua, un amanecer, las labores campesinas, las calles de la ciudad o los ámbitos campestres, en suma, las cotidianas sorpresas con que el mundo nos regala a cada instante, quedan como transfigurados bajo un prisma de ternura y reverencia que va decantando la plasmación ante el lector de un universo casi mágico, pleno de belleza y de misterio.
Es como un canto al que se le toma el ritmo y nos atrapa, canto establecido en originales versos que, sin abandonar el repentino aldabonazo de la consonancia, se centran sobre todo en la cadencia, la cual, por ella misma, va desgranando poco a poco el gozo de la visión serena y acompasada, cual si de una danza se tratase.
Tal es el don de la poesía. Testimonio de lo que muchas veces no se percibe y que, sin embargo, está ahí, llamándonos de continuo a una fiesta de asombros y de belleza.
Una fiesta que el ojo descubre cuando mira simplemente con amor, la fiesta que el poeta trata de sacar a la luz y que el lector completa al llenar con su sensibilidad lo que queda simplemente sugerido, permitiéndole así adentrarse en su propio poema personal, el suyo, único e irrepetible, fruto de una fusión empática y de una labor íntima y co-creadora.


FRAGMENTO

BARCO VARADO

Ancha era la playa tras la galerna.
Arrasada había sido la mínima cosa,
y en la vasta superficie de la arena
de repente el barco aquel, depositado
por las manos invisibles del ventalle.

Vientre al aire sobre todo el casco era
que la muerte ya tenía sentenciado:
una curva de madera muy hinchada
que en jirones de agua verde así lloraba
la vergüenza de encontrarse tan desnuda,
tan visible allí inmóvil y tan muda.

Las olas voceaban a los vientos
y a la luz, que era mansa en la mañana,
aquel bulto de ballena suicida,
un gran pez que del mar se sintió hastiado
y se vino a dormir sobre la playa
en azules de arenal insulagado.
Y la gente se paraba ante tal cosa
y veía el cordelaje, el aparejo,
los obenques, el timón, las escotillas;
pero solo les sorprende aquella curva
de atrevida y perfecta envergadura,
una onda de pinar y calafate,
una cola de sirena artificial,
una airosa y elipsoide nervadura
que hasta entonces se encontraba protegida
y de pronto así se muestra tal cual era:
una viva carnación de la madera,
que latía como laten los humanos
y moría como mueren los delfines.