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Historia
del mercader y el efrit |

PRIMERA
NOCHE
HISTORIA DEL MERCADER Y EL EFRIT
Schehrazada dijo:
“He llegado a saber, ¡oh rey, afortunado! que hubo un mercader entre
los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales
en todos los países.
Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a
las cuales le llamaban sus negocios. Como el calor era sofocante, se sentó
debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó
unos dátiles, y cuando los hubo comido tiró a lo lejos los huesos.
Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura que, blandiendo
una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: “Levántate
para que yo te mate como has matado a mi hijo.” El mercader repuso: “Pero
¿cómo he matado yo a tu hijo?” Y contestó el efrit:
“Al arrojar los huesos, dieron en el pecho a mi hijo y lo mataron.”
Entonces dijo el mercader: “Considera ¡oh gran efrit! que no puedo
mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas riquezas, tengo hijos y
esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron.
Permíteme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré a buscar
en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en
seguida a tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras.
Alah es fiador de mis palabras.”
El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.
Y el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a
cada cual lo que le correspondía. Después contó a su mujer
y a sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos a llorar:
los parientes, las mujeres, los hijos. Después el mercader hizo testamento
y estuvo con su familia hasta el fin del año. Al llegar este término
se resolvió a partir, y tomando su sudario bajo el brazo, dijo adiós
a sus parientes y vecinos y se fue muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban,
dando grandes gritos de dolor.
En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín
en cuestión, y el día en que llegó era el primer día
del año nuevo. Y mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí
que un jeique se dirigió hacia él, llevando una gacela encadenada.
Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo:
“¿Por qué razón estás parado y solo en este
lugar tan frecuentado por los efrits?”
Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el
efrit y la causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeique dueño
de la gacela se asombró grandemente, y dijo: “¡Por Alah!
¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que
si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería
motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.”
Después, sentándose a su lado, prosiguió: “¡Por
Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre
con el efrit.” Y allí se quedó, efectivamente, conversando
con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa
de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí
el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeique, que se
dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó
la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado
por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio
hasta el fin. Y apenas se habían sentado, cuando un tercer jeique se
dirigió hacia ellos, llevando una mula de color de estornino. Les deseó
la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio.
Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no
es de ninguna utilidad el repetirla.
A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro
de aquella pradera. Descargó una tormenta, se disipó después
el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y
brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo
al mercader: “Ven para que yo te mate como mataste a aquel hijo mío,
que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.” Entonces
se echó a llorar el mercader, y los tres jeiques empezaron también
a llorar, a. gemir y a suspirar.
Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar
ánimos, y besando la mano del efrit, le dijo: “¡Oh efrit,
jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con
esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con
el tercio de la sangre de este mercader?” Y el efrit dijo: “Verdaderamente
que sí, venerable jeique. Si me cuentas la historia y yo la encuentro
extraordinaria, te concederé el tercio de esa sangre.”
CUENTO DEL PRIMER JEIQUE
El primer jeique
dijo:
“Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío,
carne de mi carne y sangre de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía
muy joven, nos casamos, y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero
Alah no me concedió tener de ella ningún hijo. Por esto tomé
una concubina, qué, gracias a Alah, me dio un hijo varón, más
hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos, sus
cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco a poco;
hasta llegar a los quince años. En aquella época tuve que marchar
a una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio
de comercio.
La hija de mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia
en la brujería y el arte de los encantamientos. Con la ciencia de su
magia transformó a mi hijo en ternerillo, y a su madre, la esclava, en
una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado. Después
de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y
por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: “Tu esclava ha muerto,
y tu hijo se escapó y no sabemos de él.” Entonces, durante
un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón
y el llanto de mis ojos.
Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al
mayoral que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más
gorda de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi
brazo, levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía
al sacrificio, cuchillo en mano, cuando de pronta la vaca prorrumpió
en lamentos y derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la
entregué al mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se
le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos
y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué
servía ya él arrepentimiento? Se la di al mayoral, y le dije:
“Tráeme un becerro bien gordo.” Y me trajo a mi hijo convertido
en ternero.
Cuando el ternero me vio, rompió la cuerda, se me acercó corriendo,
y se revolcó a mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con
qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayoral:
“Tráeme otra vaca, y deja con vida este ternero.”
En este punto de su narración, vio Schehrazada que iba a amanecer, y
se calló discretamente, sin aprovecharse más del permiso. Entonces
su hermana Doniazada le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán
dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!” Schehrazada
contestó: “Pues nada son comparadas con lo que os podría
contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conservarme.”
Y el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré hasta
que haya oído la continuación de su historia.”
Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que
llevaba debajo del brazo un sudario para Schehrazada, a la cual creía
muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justicia,
designando a unos para los empleos, destituyendo a otros, hasta que acabó
el día. Y el visir se fue perplejo, en el colmo del asombro, al saber
que su hija vivía.
Cuando hubo terminado el diván, el rey Schahriar volvió a su palacio.
Y CUANDO LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE
Doniazada dijo
a su hermana Schehrazada: —“¡Oh hermana mía! Te ruego
que acabes la historia del mercader y el efrit.” Y Schehrazada respondió:
“De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me
lo permita.” Y el rey ordenó: “Puedes hablar.”
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas!
que cuando el mercader vio llorar al ternero, se enterneció su corazón,
y dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el ganado.”
Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa.
Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:
“¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció.
La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando,
y decía: “Debemos sacrificar ese ternero tan gordo.” Pero
yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral
que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.
El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor
y me dijo: “¡Oh amo mío! Voy a enterarte de algo que te alegrará.
Esta buena nueva bien merece una gratificación.” Y yo le contesté:
“Cuenta con ella.” Y me dijo: “¡Oh mercader ilustre!
Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía
con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en
la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vio, cubrióse con
el velo la cara, echándose a llorar, y después a reír.
Luego me dijo: “Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar
hombres en mi aposento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están
esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?”
Y ella me dijo: “El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el
mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado,
y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro.
Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por
el padre.” Estas palabras de mi hija, me sorprendieron mucho, y aguardé
con impaciencia que volviese la mañana para venir a enterarte de todo.”
Cuando oí, ¡oh poderoso efrit! prosiguió el jeique lo que
me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber
bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la
gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo. Cuando llegué
a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano,
y luego se me acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté
entonces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo que afirmas de este
ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la
llama de tu corazón.” Y le supliqué: “¡Oh gentil
y caritativa joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados
y fincas tengo al cuidado de tu padre.” Sonrió al oír estas
palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones:
la primera„ que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás
encantar y aprisionar a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia
contra las perfidias de tu mujer.
Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral,
le dije: “Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que
tu padre me administra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que
dispongas de su sangre.”
Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre,
llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después
roció con el líquido al ternero, y le dijo: “Si Alah te
creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás
encantado recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.”
E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a adquirir
la forma humana. Entonces, arrojándome en sus brazos, le besé.
Y luego le dije: “¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la
hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.” Y me contó
cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah, hijo
mío! Alah, dueño de los destinos; reservaba a alguien para salvarte
y salvar tus derechos.”
Después de esto, ¡oh buen efrit! casé a mi hijo con la hija
del mayoral. Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó
a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú
ves. Al pasar por aquí encontréme con estas buenas gentes, les
pregunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido a este
mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi
historia.”
Entonces exclamó el efrit: “Historia realmente muy asombrosa. Por
eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.”
En este momento se acercó el segundo jeique, el de los lebreles negros,
y dijo:
CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE
“Sabe, ¡oh
señor de los reyes de los efrits! que éstos dos perros son mis
hermanos. mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre nos dejó
en herencia tres mil dinares. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me
puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se
dedicó a viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando
regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh
hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?”
Y echándose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah, que es
grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus
palabras, puesto que nada tengo ahora.” Le lleve conmigo a la tienda,
lo acompañé luego al hammam y le regalé un magnífico
traje de la mejor clase.
Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer
la cuenta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital,
y nos partiremos las ganancias.” Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé
un beneficio anual de mil dinares: Entonces di gracias a Alah, que es poderoso
y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así
vivimos juntos días y días.
Poco tiempo después quiso viajar también mi segundo hermano. Hicimos
cuanto nos fue posible para que desistiese de su proyecto, pero todo fue inútil,
y al cabo de un año volvió en la misma situación que el
hermano mayor.
Le di otros mil dinares que tuve de ganancia durante el periodo de su ausencia,
abrió una tienda nueva continuó el ejercicio de su profesión.
Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, de nuevo
mis hermanos desearon marcharse y pretendían que yo les acompañase.
No acepté, y les dije: “¿Qué habéis ganado
con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?” Entonces
empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto, pues no
les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra
vez volvieron a proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y,
así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme,
y les dije: “Hermanos, contemos el dinero que tenemos.” Contamos,
y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: “Enterremos
la mitad para poderla utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil
dinares cada uno para comerciar al por menor.” Y contestaron: “¡Alah,
favorezca la idea!” Cogí el dinero y lo dividí en dos partes
iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí
juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercaderías,
fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros efectos, y partimos.
Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendimos
las mercancías con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos
la plaza.
Al llegar a orillas del mar encontramos a una mujer pobremente vestida, con
ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y
me dijo: “Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme?
Yo, en cambio, sabré agradecer tus bondades.” Y le dije: “Te
socorreré, mas no te creas obligada a la gratitud.” Y ella me respondió:
“Señor, entonces cásate conmigo, llévame a tu país
y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben
el valor de un beneficio. No te avergüences de mi humilde condición.”
Al decir estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no
se haga mediante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé,
la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en
el barco para ella y le dispensé una hospitalaria acogida llena de cordialidad.
Después zarpamos.
Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné
ni de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único
que podía gozarla, estos hermanos míos, sintieron celos, además
de envidiarme por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían
ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme
y repartirse mi dinero, porque el Cheitán sin duda les hizo ver su mala
acción con los más bellos colores.
Un día, cuándo estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta
nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó
en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose
en efrita. Me tomó sobre sus hombros y me depositó sobre una isla.
Después desapareció durante toda la noche, regresando al amanecer,
y me dijo: “¿No reconoces. a tu esposa?” Te he salvado de
la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que yo soy una
efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente
porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente de Alah y en su Profeta, al
cual Alah bendiga y persevere. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición
en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a casarte conmigo. Y
yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. “En cuanto a
tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.”
Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije:
“No puedo consentir la pérdida de mis hermanos.” Luego le
conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y
me dijo entonces: “Esta noche volaré hacia la nave que los conduce,
y la haré zozobrar para que sucumban.” Yo repliqué: “¡Por
Alah no hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: ‘¡Oh
tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el criminal es bastante
castigo su mismo crimen’, y además, considera que son mis hermanos.”
Pero ella insistió: “Tengo que matarlos sin remedio.” Y en
vano imploré su indulgencia, Después se echó a volar llevándome
en sus hombros, y me dejó en la azotea de mi casa.
Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo.
Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias
y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.
Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré
estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron,
rompieron a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acudió mi mujer,
y me dijo: “Son tus hermanos.” Y yo le dije: “¿Quién
los ha puesto en esta forma?” Y ella contestó: “Yo misma.
He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento,
que los pusiera en ese estado. Diez años permanecerán así.”
Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de
mi cuñada, a la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcurridos
los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando
supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre
tú y él. Y este es mi cuento.”
El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo
otro tercio de la sangre destinada a rescatar el crimen.”
Entonces se adelantó el tercer jeique, dueño de la mula, y dijo
al efrit: “Te contaré una historia más maravillosa que las
de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.”
El efrit contestó: “Que así sea.”
Y el tercer jeique dijo:
CUENTO DEL TERCER JEIQUE
“¡Oh
sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa.
Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados
mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la
encontré con un esclavo negro, estaban conversando, y se besaban, haciéndose
zalamerías. Al verme, ella se levantó, súbitamente y se
abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró
algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: “¡Sal
de tu propia forma y reviste la de un perro!” Inmediatamente me convertí
en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando, hasta llegar a
una carnicería, donde me puse a roer huesos. Al verme el carnicero, me
cogió y me llevó con él.
Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con
el velo y recriminó a su padre: “¿Te parece bien lo que
has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habitación.” Y repuso
el padre: “¿Pero dónde está ese hombre?” Ella
contestó: “Ese perro es un hombre, Lo ha encantado una mujer; pero
yo soy capaz de desencantarlo.” Y su padre le dijo: “¡Por
Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía.” Ella cogió
una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó
unas gotas y dijo: “.¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!”
Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y
le dije: “Quisiera que encantases a mi mujer como ella me encantó.”
Me dio entonces un frasco con agua, y me dijo: “Si encuentras dormida
a tu mujer, rocíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.”
Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: “¡Sal
de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se transformó
en una mula, es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los
efrits.”
El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es
verdad todo eso?” Y la mula movió la cabeza como afirmando: “Sí,
sí; todo es verdad.”
Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción
y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.
En aquel momento Schehrazada vio aparecer la mañana, y discretamente
dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su
hermana Doniazada dijo: “¡Ah, hermana mía! ¡Cuán
dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus
palabras!” Y Schehrazada contestó: “Nada es eso comparado
con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el
rey quiere conservarme.” Y el rey se dijo: “¡Por Alah! no
la mataré hasta que le haya oído la continuación de su
relato, que es asombroso.”
Entonces el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los
oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey juzgó,
nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes
hasta el fin del día. Luego se levantó el diván y el rey
volvió a palacio.
Y CUANDO LLEGÓ LA TERCERA NOCHE
Doniazada dijo:
“Hermana mía, te suplico que termines tu relato.” Y Schehrazada
contestó: “Con toda la generosidad y simpatía de mi corazón.”
Y prosiguió después:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que, cuando el tercer jeique contó
al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló
mucho, y emocionado y placentero, dijo: “Concedo el resto de la sangre
porque había de redimirse el crimen, y dejo en libertad al mercader.”
Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los
jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le felicitaron por el indulto.
Y cada cual regresó a su país.
“Pero —añadió Schehrazada— es más asombrosa
la historia del pescador.”
Y el rey dijo a Schehrazada: “¿Qué historia del pescador
es esa?”
Y Schehrazada dijo:
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