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El
deleite de leer |
Por Anna Quindlen
Cuando los niños
se portan mal, mi voz se torna áspera y dura. Así me salió
la otra noche, cuando vi aparecer en la cocina al mayor de mis hijos, una hora
después de haberse ido a acostar.
—¿Qué estás haciendo aquí...? —comencé
a decirle, pero me interrumpió con un grito de alborozo:
—¡Ya lo terminé!
Mi tono severo se desvaneció como por encanto, y entonces nos pusimos
a charlar sobre los pormenores del maravilloso cuento que acababa de leer: la
historia de un niño aburrido y berrinchudo llamado Milo y del viaje que
hace un día en su coche de juguete con una runfla de personajes fantásticos
que transforman su vida.
Leí ese cuento por primera vez cuando tenía diez años,
y aún conservo el resumen que escribí como tarea de la escuela
y que comienza así: “No existe un libro mejor que éste”.
Todos deseamos cosas muy parecidas para nuestros hijos: salud, felicidad, un
trabajo ameno y satisfactorio, y estabilidad económica. Pero así
como una casa modelo se distingue de las demás según quién
elija los armarios y los cerrojos, los detalles varían mucho. Algunos
padres se vuelven locos cuando sus hijos aprenden a caminar, a lanzar una pelota
de béisbol o al tocar al piano la sonata Claro de luna. Yo no
fui la excepción: el día que descubrí que mi hijo sabía
leer fue uno de los más felices de mi vida.
La novelista inglesa Anita Brookner escribió que cuando “uno crece,
se vuelve civilizado y aprende buenos modales; así pues... los intentos
por recuperar... la espontaneidad están condenados al fracaso”.
Es verdad. Sin embargo, constantemente recobramos la espontaneidad a través
de los pequeños. Al ver a un niño tocar las teclas de un piano
por primera vez, o al contemplar a un cuerpecito zambullirse con gracia en el
agua, experimentamos la emoción de revivir lo cotidiano como si fuera
algo único y maravilloso.
La lectura siempre me ha parecido un despliegue de vida, una forma de entender
el mundo y de entenderme a mí misma a través de lo desconocido
y lo cotidiano. Si ser padre consiste en legar partes de nuestro ser a unos
herederos que no lo esperan —y que a menudo ni lo desean—, los libros
son, para mí, uno de los medios más sencillos y seguros de hacerlo.
Yo sería feliz si mis hijos al crecer se convirtieran en esa clase de
personas para quienes decorar la casa consiste principalmente en atestarla con
estantes de libros. Eso les proporcionaría una gama infinita de territorios
que explorar y conocer y, al mismo tiempo, una entrada al mundo real.
No hacía falta más que ver la cara que puso mi hijo cuando anunció
“¡Ya lo terminé!” para comprender que algo le había
dejado una marca imborrable. Subí con él a su habitación
con otro libro: una historia también inolvidable sobre unos niños
que viajan en el tiempo y el espacio para salvar a su padre de las fuerzas del
mal.
Cuando salí del cuarto, mi pequeño de nuevo estaba leyendo bajo
la luz de una lamparilla mientras el barco de su imaginación navegaba
en alta mar con ayuda de mi brújula. Justo antes de cerrar la puerta
evoqué la formación de mi ser y vislumbré la suya, y recordé
el refrán: “De tal palo, tal astilla”. En ese instante me
sentí plenamente feliz.
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