|
Padres
y maestros de la generación.com |
Por
Carmen Obregón
Directora del Centro de Lenguas y Culturas Extranjeras/UIA–León
Los que nacimos cerca de los sesenta podemos pensar en claras diferencias entre
nuestra juventud y la de nuestros hijos y alumnos. Pero más allá
de oportunidades y signos evidentes, como el arete en los chicos o el pelo decolorado,
se han operado cambios estructurales menos visibles pero fundamentales en cuestiones
como los modos de conocer.
Padres y maestros no podemos ya pasar por alto estas transformaciones porque,
nos guste o no, afectan la relación de nuestros jóvenes con el
aprendizaje de la vida en general y particularmente en el ámbito escolar
y lo profesional. Se trata de una generación que nació en una
sociedad en interacción cotidiana con la virtualidad tecnificada: teléfonos
celulares, cajeros automáticos, videoclips, nintendos, computadoras,
chats, búsquedas en la Internet, etc. Es decir, permanentemente inmersos
en un nuevo paisaje visual.
Al respecto podemos continuar ingenuamente creyendo que, tanto ellos como nosotros,
únicamente vemos televisión para entretenernos, por poner un ejemplo.
No nos damos cuenta de que al hacerlo todos estamos aprendiendo, porque al igual
que las nuevas tecnologías, la televisión es fuente de muchos
aprendizajes que están eclipsando en su labor informativa a otras instituciones,
como la familia y la escuela. La imagen no sólo ilustra, está
construyendo un discurso; a través de la TV y la Internet vemos el mundo;
se han constituido en el referente de muchos. Y si pudiéramos ver lo
que los niños y jóvenes están aprendiendo vía estos
medios, probablemente no nos gustaría.
Pero no se trata únicamente de un problema moral, es también un
desafío educativo.
La forma de conocer ha cambiado. Han cambiado también las habilidades
y competencias en las que hay que formar al estudiante para su futuro desempeño
profesional. Pero el reto es doble; por una parte hay que entender este nuevo
lenguaje para comunicarnos con hijos y alumnos, para ponerlos en contacto con
las nuevas herramientas de la actualidad. Sin embargo, por otra, necesitamos
competir contra tantos estímulos sensoriales placenteros que distraen,
y encontrar nuevas maneras de formarlos en hábitos y habilidades que
no son obsoletas o anacrónicas, aunque lo parezcan, porque tienen una
razón de ser, una importante función en su formación.
Necesitamos promover la lectura y el desarrollo del manejo de la expresión
escrita por diversas razones. Primeramente, es más fácil tomar
distancia del texto escrito que de la imagen: la imagen otorga verosimilitud
aun a la ficción, trastocando los criterios de veracidad y de análisis.
El manejo virtual y la “creación” de la realidad recortando
escenas, privilegiando enfoques, etc., modifican la imagen que nos formamos
de las cosas. Los medios nos lo dan todo descontextualizado, la imagen de un
mundo en pedacitos... y no se puede construir perspectiva con fragmentos aislados,
con lo cual se anula toda posibilidad de crítica y reflexión.
Aun si es verdad que “la imagen dice más que mil palabras”,
y para verla no parece necesario alfabetizarnos, como para leer y escribir,
es también cierto que ella nos ofrece un saber simplista para que pueda
ser comprendido en una simple mirada, y que su abuso está saturando nuestro
medio, de manera que el exceso de imágenes termina por convertirlas en
mero “ruido óptico”.
Hago referencia a un saber simplista porque la imagen constituye una plasmación
de lo concreto, por lo que sustituir completamente a las palabras, que son la
base del pensamiento abstracto, por imágenes, merma la capacidad de reflexión
de los sujetos. Mientras que la lógica de la imagen digital o electrónicamente
construida es la de la simultaneidad, la lógica secuencial de la escritura,
por ejemplo, es la lógica del argumento, y si no desarrollamos esta competencia
no podemos aprender la de la crítica.
Si estas capacidades de análisis, reflexión y crítica siempre
han sido importantes, se vuelven aún más indispensables en el
contexto de una sociedad de la información donde el sujeto debe ser autónomo
para elegir y tomar decisiones, porque la figura de la razón y los criterios
de legitimidad se han trastocado. Pensemos, por ejemplo, en la Internet, donde
se dan nuevas maneras de construir conocimiento seleccionando, cortando, pegando,
y donde no contamos con el prestigio de un autor, o la seriedad de una casa
editorial, para decirnos si la información que estamos utilizando es
confiable o no. Hay que enseñar criterios de discriminación, de
búsqueda y de selección, porque estas tecnologías por sí
solas generan mucha información pero poco conocimiento.
El reto que enfrentamos no es menor, porque implica comprender los cambios y
a la vez ir contra corriente, en una lucha desigual entre lo denso y lo simple;
lo abstracto y lo concreto; lo atractivo en sí mismo, y lo que requiere
cultivar el gusto. Necesitamos brindarle a nuestros jóvenes la oportunidad
de insertarse en la sociedad del conocimiento haciendo uso de las tecnologías
de la información y la comunicación en forma creativa, crítica
y humanizante.
![]()