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Literatura
para niños y escuela |
Fuente:
Mundo docente. La revista virtual de OSPLAD.
Obra Social Para La Actividad Docente - Argentina
Literatura
para niños y escuela
El tema —y la polémica sobre el mismo— tiene ya su larga
historia. Mucho se ha escrito sobre la literatura infantil o para niños:
sobre su estética —a veces paupérrima hasta en su léxico;
otras, brillante como la (mejor) literatura—, sobre su moralidad —una
tensión que va de la moralina subrayada a la inteligente transgresión—,
sobre sus temáticas —¿existe algo así como una temática
infantil?—, etc. Y otro tanto se ha publicado o dicho sobre la conflictiva
relación entre la literatura para pibes y la literatura escolar. De hecho
no son pocos los escritores —Graciela Montes representa el caso—
que se niegan a ceder sus derechos para que se publiquen sus textos en los libros
didácticos no, claro, por mala voluntad sino por decisión “política”
en relación con lo que significa leer un texto fuera de la institución
y lo que significa su lectura dentro de sus redes.
El trabajo que reproducimos a continuación lo encontramos por azar y
con muy pocos datos de edición. Su autor, Joel Franz Rosell, es un escritor
cubano. Ha publicado, entre otros libros para chicos, Vuela, Ertico, vuela
y El Pájaro Libro (Ediciones SM, Madrid), La tremenda
bruja de La Habana Vieja (Edebé, Barcelona), La Nube y
Mi tesoro te espera en Cuba (Sudamericana, Buenos Aires). También
ha publicado artículos y ensayos en revistas de Europa y las Américas,
algunos de los cuales fueron reunidos en La literatura infantil: un oficio
de centauros y sirenas (Lugar Editorial, Buenos Aires). Su obra ha sido
traducida al francés y el portugués. Tras vivir en La Habana,
Río de Janeiro, Copenhague y París, reside actualmente en la Argentina.
En este artículo traza un recorrido sobre la historia de la literatura
para chicos y cierra con una serie de “moralejas” o, más
bien, sugerencias que orientan sobre el uso que se podría hacer de esta
literatura en la escuela.
Literatura infantil y la escuela: una pareja conflictiva
por
Joel Franz Rosell
La literatura infantil no es una pastilla pedagógica envuelta en papel de letras sino literatura, es decir, mundo transformado en lenguaje.
Christine Nöstlinger(1)
El libro infantil ha estado siempre estrechamente vinculado con la educación
de niños y adolescentes. De hecho, los primeros libros infantiles no
fueron libros literarios, sino textos destinados a la enseñanza de los
vástagos de la elite aristocrática. Esos primeros libros adicionaban
a los principios morales, religiosos, sociales, filosóficos o prácticos
de lo que hoy llamaríamos “el programa”, uno que otro recurso
narrativo o imaginativo cuya función única era facilitar la asimilación
de los contenidos por la mente infantil (el principio del prodesse delectare
o enseñar deleitando). Así, los primeros libros que merecen la
denominación de literatura infantil fueron compilaciones de fábulas
(de Esopo, Fedro, La Fontaine) o vidas ejemplares (de santos y de personajes
históricos o mitológicos).
La literatura infantil, sin embargo, es anterior al libro y de difusión
mucho más democrática. Elementos de discurso literario infantil
había dentro de los relatos, mitos, leyendas y épicas que constituyen
la literatura —oral— de los pueblos primitivos y antiguos. En aquellos
tiempos la literatura y el arte, lo mismo que otras actividades intelectuales,
productivas o de servicio como la enseñanza, la medicina, la moda o la
alimentación, raramente diferenciaban a infantes de adultos. La literatura
oral se ponía a disposición de un destinatario heterogéneo
pero indiferenciado, que se amontonaba en torno a una fogata, al pie de un árbol,
en la plaza pública o en el salón de un castillo. Los niños,
por su pequeña estatura, se encontraban en primera fila y bien podemos
imaginar que su generosa entrega estimulara al narrador o poeta a osar mayores
vuelos imaginativos. Fue así que la existencia del receptor infantil
confirió a la literatura general algunos de los rasgos que la caracterizarían
durante siglos... Hasta que la literatura infantil adquirió entidad propia
y la fantasía se mudó a ella, abandonando durante mucho tiempo
esa otra parte de la literatura que, acaso solo por ello, todavía calificamos
de “seria”.
Pero lo que interesa ahora es dejar sentado que la literatura es anterior a
la existencia de los primeros libros escritos en piedra, rollos de papiro o
grandes pliegos de pergamino. Igualmente se impone subrayar (...) que la literatura
es también anterior al surgimiento de la escuela como institución
al servicio de las hegemonías sociales.
Los
primeros libros infantiles
Cuando la invención de la imprenta de tipos móviles, hacia 1450,
permite la paulatina masificación del libro, la literatura infantil ya
está formada —aunque todavía sin conciencia de su especificidad—
dentro de la literatura popular e incluso dentro de la literatura “culta”.
En los siglos XVI, XVII y XVIII, cuando eran víctimas de textos de explícita
intención pedagógica, los niños privilegiados también
podían gozar de la riqueza imaginativa de los cuentos populares y la
poesía oral. Las ayas, cocineras y otros empleados domésticos
les narraban, a menudo a espaldas y contra el consejo de los pedagogos, la secular
literatura oral que los niños de las clases bajas disfrutaban en ferias,
mercados y pórticos de iglesia.
Los inicios del libro infantil son imprecisos porque tuvieron lugar en una época
en que los libros podían desaparecer sin dejar ejemplar alguno a la posteridad
ni huellas en la obra de otros escritores. Lo más común es que
se considere como primer libro infantil al que probablemente no fuera más
que el primer libro documental ilustrado: Orbis Pictus, del pedagogo
checo Jan Amos Comenius, publicado en 1658 en Alemania. Sin embargo, la investigadora
española Ana Garralón en su Historia portátil de la
literatura infantil destaca un título muy anterior, que si bien
presenta un texto que no fue expresamente concebido para chicos, sí les
habría estado destinado como producto editorial: una edición ilustrada
de las fábulas de Esopo hecha en Inglaterra en 1484, a sólo tres
décadas de la invención de la imprenta.
Como la mayoría de los títulos que inauguran la bibliografía
de la infancia, los dos citados son empeños donde lo educativo es lo
primero y los recursos imaginativos y estéticos son meros aditivos. Las
fábulas son educación moral modulada por una ficcionalización
que se basa en la técnica de otorgar habla y actitudes humanas a los
animales, así como una estetización que se logra mediante versificación
refinada, diálogos, intensificación dramática y humor.
En el caso de Orbis Pictus, y de sus imitaciones y derivados, lo propiamente
estético-lúdico es el uso de ilustraciones que no se limitan a
representar objetiva y demostrativamente la realidad que el texto denota. En
las ilustraciones de este libro hay una presencia de la subjetividad y del placer
que anticipan lo inherente a los álbumes ilustrados de nuestros días.
Lo
pedagógico y lo literario: relaciones conflictivas
Para encontrar un libro estrictamente literario, donde lo pedagógico
no es hegemónico y cuyo autor no es un educador, habrá que esperar
a 1697. Es en Francia, cuatro décadas después de la publicación
de Orbis Pictus, que Charles Perrault publica sus Cuentos de Mamá
Oca(2), volumen
que reúne “La bella durmiente”, “Caperucita roja”,
“Barba Azul”, “El gato con botas”, “Las hadas”,
“Cenicienta”, “Riquete el del copete” y “Pulgarcito”.
Estos cuentos, hoy clásicos universales, eran solo algunos de los que
contaba la gente de pueblo y que el funcionario y poeta oficial de la corte
de Luis XIV que fue Perrault volcó en una prosa exquisita y en moldes
ético-filosóficos de tipo cortesano.
Aunque hoy su retórica nos parezca densa, aquellos cuentos se destinaban
a los chicos y Perrault intentó incluso hacer creer que los había
redactados su hijo Pierre d’Armancourt cuando tenía 10 años.
El autor (o los autores, porque alguna colaboración parece haber existido)
se amolda a la intención pedagógica y a la retórica que
encadenaban al libro infantil de la época, cerrando cada cuento con una
moraleja. Este recurso, tomado de la fábula, traiciona la fuente literaria
original puesto que los cuentos populares, orales y anónimos, no llevan
moraleja. En ellos la enseñanza está implícita y toca al
receptor entenderla según su situación, valores y necesidades.
Durante el siglo XVIII e incluso buena parte del siglo XIX la literatura infantil
permanece sometida a la misión formativa. Pese a la paulatina extensión
y modernización de la enseñanza que tiene lugar en Francia, Inglaterra
y otros países occidentales, sólo es a fines del siglo XIX y sobre
todo en el siglo XX que el avance de las ideas democráticas, de la psicología
y de las ciencias humanas permiten el descubrimiento del niño y del adolescente,
la renovación pedagógica y el nacimiento teórico de la
literatura infantil.
Los últimos cincuenta años evidencian un enorme desarrollo cuantitativo
y cualitativo en el campo de los libros para niños y adolescentes, pero
la tensión entre lo pedagógico y lo literario sigue vigente en
nuestros días, aunque revista nuevas formas. Si bien desde el punto de
vista autoral y teórico la literatura infantil se ha independizado completamente
de la escuela, desde el punto de vista editorial y comercial sigue existiendo
una relación de dependencia, y esto influye indirectamente al menos en
parte de los autores. La escuela es, incluso en países con gran tradición
de lectura independiente y por placer, el mayor comprador de libros. Las mayores
editoriales de libros literarios y recreativos son también editoras de
manuales escolares y tratan de seducir a su poderoso cliente institucional no
sólo por vía de técnicas comerciales, sino subordinando
el contenido y estilo de las obras a las tareas de la escuela. Los maestros
y bibliotecarios (sean estos últimos escolares o públicos) ejercen
una influencia determinante en los lectores, sobre todo en el período
de la infancia, y mucha de la actividad promocional de las editoriales se dirige
a los primeros, antes que a los padres y a los propios niños y adolescentes.
Una paradoja de nuestro tiempo es la convivencia de obras literarias de alto
nivel de exigencia estética y autonomía autoral con obras encargadas
para llenar, sin ambigüedad alguna, una de las casillas de los llamados
“valores transversales”.
De
la lectura como técnica a la lectura como arte
No debemos olvidar que si bien la escuela tiene como primer objetivo la instrucción,
que desarrolla esencialmente dentro de sus muros, también tiene la misión
de colaborar con la familia, los medios masivos de comunicación y otras
instituciones sociales en la formación de valores y en la construcción
de sensibilidad y cultura estéticas.
Después del lenguaje, probablemente el mecanismo de aprendizaje más
importante que debe adquirir todo individuo es la lectura. Desde el primer día,
la escuela se da la tarea de alfabetizar y consolidar la técnica de la
lectura en cada individuo. Sin embargo de la misma manera que en el jardín
de infantes se le enseñan canciones a todos los niños sin aspirar
a una formación artística profesional, el aprendizaje de la lectura
instrumental no debe ser confundido con el dominio de la lectura literaria.
La diferencia con el ejemplo anterior es que, si bien no es imprescindible que
todos los niños sean cantantes, sí tendríamos que lograr
que todos los niños —y por ende los adultos— sean lectores
(y un lector no es un individuo que sabe deletrear, sino alguien que comprende
plenamente y disfruta lo que lee). La importancia de la lectura radica no solo
la capacidad de informarse y comunicarse por medio de lo escrito —impreso
o en pantalla—, sino el dominio del proceso de abstracción a base
de palabras imprescindible para el desarrollo intelectual, la riqueza de sentimientos,
conocimientos y experiencias (las estéticas incluidas, por supuesto)
que caracterizan al ser humano pleno. La complejidad del mundo no nos permite
adquirir todas nuestras competencias en la vida cotidiana (incluida la escuela);
recordemos a Borges cuando dijo que la lectura nos permite tener recuerdos que
no hemos vivido. Reciclando el viejo precepto popular de que “nadie escarmienta
en cabeza ajena”, obtendremos que, si se trata de un buen personaje literario,
el escarmiento ajeno sí nos será de provecho y nos hará
crecer y madurar.
Si bien la lectura se adquiere en la escuela, sólo alcanzará su
plenitud si se ejerce fuera de ella, convirtiéndose en un hábito
ubicuo, en una necesidad permanente del individuo, que dispondrá así
de puertos de acceso a universos cada vez más anchos y tendrá
la capacidad de comprender y actuar en situaciones nuevas y diferentes. La lectura
es una de las llaves de la libertad.
Por otra parte es esencial no confundir libros y literatura; no todos los libros
infantiles son literatura infantil y, por supuesto, los textos escolares no
son literatura, aunque en algunos casos puedan contener fragmentos de ella.
La literatura infantil es un género artístico y su lectura procura
una experiencia estética, emocional y lúdica que puede complementar
los contenidos escolares, pero que constituye, sobre todo, una alternativa y
una forma de “descansar” de dichos contenidos. La literatura infantil
no debe ser vista como instrumento, sino, y esto sólo en algunos casos,
como un aliado del trabajo escolar.
En realidad, a los docentes les conviene que no se asocie la literatura a la
escuela, puesto que los libros no escolares han de continuar fuera de los espacios
y horarios lectivos la gran misión formadora que corresponde a la institución.
El solo hecho de que, durante el fin de semana o las vacaciones, los niños
continúen ejercitando su cerebro, dándole alimento a su imaginación,
enriqueciendo su lenguaje y poniendo en práctica la, nada evidente, capacidad
de convertir los significados en significantes intelectuales y emocionales es
suficiente contribución del libro literario al potenciamiento del trabajo
docente, con lo que se le puede dispensar cualquier otra misión en el
marco escolar.
La
literatura infantil no es un dialecto de la literatura
Según Alfredo Bryce Echenique: “Desde que se le pone al lado un
adjetivo a la palabra literatura, ésta deja de serlo”. No estoy
de acuerdo, como no suelo estar de acuerdo con la formulación simple
de problemas complejos; pero creo entender lo que preocupa al destacado escritor
peruano. Los adjetivos que se le ponen a la literatura suelen ser limitaciones
de su alcance o redundancias que sólo pretenden poner de relieve uno
de sus ingredientes. Cuando se dice literatura política, literatura de
entretenimiento o literatura popular se obvia que toda literatura comporta un
cierto posicionamiento político, que toda literatura supone placer y
por tanto entretenimiento, y que los libros que gozan en determinado momento
de masiva aprobación suelen caer en el olvido unos años después;
de la misma manera que textos considerados elitistas se convierten fácilmente
en populares, o a la inversa, con el paso del tiempo.
El problema con los adjetivos que denuncia Bryce Echenique es que suelen encaramarse
sobre el sustantivo, ahogando lo esencial, y no sirviendo en muchos casos sino
para catalogar la obra literaria como producto de consumo en un mercado pletórico
siempre necesitado de etiquetas sencillas e impactantes.
Es cierto que cuando se habla de literatura fantástica o de literatura
policíaca se apunta a especializaciones temáticas o estilísticas
que dan pertinencia a géneros que muchas veces descuidan la calidad de
la expresión y la intensidad de la reflexión, y en esos casos
la desconfianza de Bryce parece plenamente justificada. Pero ¿qué
decir sobre la literatura infantil?
La literatura infantil (o infanto-juvenil, que sería una denominación
más precisa) no es aquella que habla de los niños y adolescentes,
y mucho menos aquello que escriben los chicos. Parece una perogrullada decir
que literatura infantil es aquella que se destina a niños y adolescentes,
pero en realidad esta última definición es insuficiente porque
la buena literatura infantil no se restringe al único uso de los chicos
e incluso la mejor literatura infantil es la que menos debe reservarse al exclusivo
consumo de los menores de edad ya que aporta rasgos formales, perspectiva humana
e historias que la hacen indispensable a la buena formación de los adultos
y a su mejor relación con la parte más joven de la sociedad.
Díganme, sinceramente, qué sería de la civilización
occidental si escritores que sólo se encuentran hoy en colecciones para
niños como Lewis Carroll, Hans Christian Andersen, Julio Verne, Robert
Louis Stevenson y un larguísimo etcétera, no hubieran inventado
mitos tales como Alicia, su conejo y su espejo, la Sirenita y el Emperador vestido
de nada, el misterioso Capitán Nemo; Jim Hawkins, el cojo Silver y cierta
Isla del Tesoro. Eso sin mencionar invenciones sin las cuales los psicoanalistas
andarían en taparrabos como La Bella Durmiente y su beso, Blancanieves
y sus enanos, Scherezada y su cuento interminable o Cenicienta y su zapato de
cristal.
No temo me argumenten que Perrault, hermanos Grimm y compañía
sacaron algunas de estas maravillas simbólicas del acervo popular, porque
me bastaría replicar que con su «plagio» le salvaron estos
escritores la vida al tal Acervo...(3),
dándole la forma literaria que lo ha hecho universal
e impactante.
Por supuesto que todo adulto fue niño y que en principio habría
leído durante su infancia literatura infantil. Pero, aun en el caso —en
realidad poco frecuente— de que hubiésemos tenido la oportunidad
de acceder cuando niños a lo mejor de la literatura infantil universal,
cada día aparecen obras nuevas, de elevadísimo mérito.
Además, como dijo no sé quién, ningún libro que
no merezca ser leído dos veces merecía la pena de haber sido leído
la primera vez. Es imprescindible subrayar que los chicos tienen capacidades,
necesidades y competencias muy diferentes de las del adulto, de manera que hay
muchas cosas que no captan al leer un libro a los siete, diez o catorce años;
no tanto porque carezcan de capacidad para entenderlas, sino porque están
“en otra cosa”, porque tienen que cumplir otras tareas en su formación
como individuos y en la aventura de vivir, y también porque su apropiación
de la invención estética les hace ver y entender cosas diferentes
—no necesariamente inferiores— de las que verá y entenderá
cuando tenga 20, 40 o 70 años.
La mayoría de los niños no se da cuenta o no le concede importancia
a la crítica social, económica y política presente en Los
viajes de Gulliver, ni a las bases lógicas, matemáticas y
filosóficas de Alicia en el País de las Maravillas, ni
a la parábola de la decadencia del mundo moderno que encierra El
señor de los anillos, ni percibirá plenamente las diversas
intertextualidades que establece Historias a Fernández. Todo
eso queda en segundo plano, opacado por el disfrute de la fascinante historia,
el lenguaje liberador, los escenarios deslumbrantes, los personajes seductores
y los sentimientos desatados. Pero lo que inadvertidamente se infiltró
en el alma del chico, alimentando su curiosidad y cultura, se queda ahí,
esperando ese reencuentro durante la edad adulta que, lamentablemente, pocas
veces se da, para explicar algunas cosas que la primera lectura no hizo conscientes,
pero sobre todo para explicarle al lector ya maduro algunas cosas sobre ese
individuo que él fue (¡cuánto trabajo le ahorraríamos
a los psicoanalistas con sólo contarles lo que leímos... o no
leímos... durante la infancia!).
Los niños no son adultos en miniatura ni esbozos de adultos; son seres
distintos, con otra perspectiva de las cosas, con un carácter inevitablemente
dialéctico debido a que están aprendiendo el lenguaje, construyendo
su personalidad y estructurando su noción del universo según las
leyes de la física, del devenir temporal y de la cultura de su grupo.
Los niños tienen una maleabilidad y un nivel de absorción de conocimientos
y habilidades que ningún adulto consigue conservar. Piensen, sin ir muy
lejos, lo que significa aprender a dominar los miles de músculos del
cuerpo, mantener el equilibro, comprender las proporciones y la perspectiva,
ajustar los ritmos biológicos a los ritmos sociales o asimilar toda la
arbitrariedad de las relaciones entre las palabras y los conceptos que implica
la conquista del lenguaje. Todo eso lo hace un niño antes de los cuatro
años y nada de eso puede aprenderlo, simultáneamente, un adulto.
Porque puede y está aprendiendo todo eso, el niño es capaz —y
está necesitado— de una determinada forma de ficcionalización
y representación por medio de las palabras del mundo en que vive, de
los seres que lo rodean y de los procesos de su mente.
Por eso la literatura infantil no está «limitada» por la
capacidad del niño, sino abierta gracias al hecho de tenerlo precisamente
a él como destinatario.
Tampoco olvidemos que el público infantil está abierto horizontalmente,
pues no existen dos niños idénticos, y verticalmente, porque los
niños crecen y cuando los libros que les damos son realmente buenos van
a acompañarlos toda la vida, incorporados, de manera más o menos
inconsciente, a su experiencia estética, a su estructura de valores y
a su reserva afectiva. Muy pocas personas consiguen recordar dónde, cuándo
y cómo aprendieron la mayoría de sus convicciones más profundas
e inamovibles. Algunos principios les fueron inculcados por la familia —con
las palabras y con los actos— o por la escuela, pero muchas veces una
y otra instituciones se apoyaron en un libro o en imágenes literarias
para realizar esa transmisión de códigos.
La
literatura infantil es literatura para todos
Lo específico de la literatura infantil no es alimentar al niño
con una versión del mundo a su nivel. Lo que la caracteriza es haber
convertido en rasgo estilístico la forma singularmente creativa que tienen
los chicos de mirar, relacionarse con el mundo y expresarlo. Todo esto es interpretado,
contado y organizado por un adulto especializado en estéticos trajines
con el lenguaje. Un adulto que, si es un auténtico creador, no vacilará
en singularizar su discurso volcando en él toda su vida —de sus
ilusiones a sus terrores— para configurar una obra única y personal,
para nada inferior a la de quienes escriben para adultos, pero que, estilísticamente,
será reconocible como parte del universo estético infantil.(4)
Si la literatura infanto-juvenil no es una zona de la literatura exclusivamente
destinada a niños y adolescentes, eso significa que también puede
ser leída por los adultos. Los buenos libros para chicos tienen elevada
calidad estética, buenas historias, personajes seductores y aportan elementos
para comprender mejor a los niños y adolescentes, por lo que pueden ser
una excelente lectura para cualquier miembro adulto del núcleo familiar.
Y si son adultos que han perdido o nunca tuvieron un contacto frecuente con
la lectura literaria, les ayudará y estimulará el hecho de que
los libros para niños y adolescentes sean generalmente breves y de lengua
clara.
Las especialistas españolas Anna Gasol y Mercè Arànega
nos recuerdan que:
“Diversos fenómenos iniciados por la sociedad industrial —progresivo
despoblamiento de las zonas rurales, incorporación de la mujer a la vida
laboral, ritmo de vida acelerado, predominio de familias nucleares, etc.—
han propiciado que los adultos pasen muchas horas fuera del hogar y, por consiguiente,
que niños y niñas estén ocupados en múltiples actividades
extra escolares disminuyendo así las interrelaciones de este tipo en
el ámbito familiar”. (5)
Si bien en la Argentina —en sus diversas clases sociales y en la enorme
diversidad de su realidad federal— la situación no es idéntica
a la de España, también aquí hay ese problema de disminución
del tiempo que comparten adultos y chicos. En el caso de la población
desempleada o sub empleada, que probablemente dispone de más tiempo que
pasar junto con los menores, el acceso al libro —por razones económicas,
prácticas o de formación cultural— es una dificultad que,
sin embargo, podemos desviar en nuestro interés. Chicos y adultos comparten
ya la televisión, la música, el fútbol... ¿Tan difícil
nos resultará hacerlos compartir también los libros?
Los adultos suelen privarse de lo necesario para ofrecer a sus hijos los bienes
y servicios indispensables, y aun para satisfacer necesidades de segundo orden.
Muchos adultos que no compran libros para sí mismos, tratan de ofrecer
libros a sus chicos. Más de una vez he observado que algunos padres se
resisten a pagar un libro que no tenga suficiente texto, como si consideraran
que la cantidad de palabras es lo que determina el valor de la obra. Si esos
adultos supieran que ellos también pueden leer los libros que adquieren
para sus hijos, estarían menos preocupados por la “rentabilidad
de la inversión”.
Entre las muchas razones por las cuales vale la pena que los adultos lean libros
para niños y adolescentes, está el hecho de que éstos dicen
cosas que los adultos no saben o no entienden de los chicos a su cargo y que
sería muy bueno que descubrieran o recordaran: ser de pequeña
estatura y cansarse más rápidamente, descubrir cosas nuevas todo
el tiempo, verse obligado a obedecer a personas que ni siquiera son capaces
de responder satisfactoriamente a los más elementales "porqués",
no saber definir los lapsos de tiempo, confundir realidad y fantasía,
encontrarles otros significados a las palabras, desmoronarse ante el menor contratiempo
sentimental y recuperar la fe un instante después, dar más importancia
a la pandilla de amigos a la que uno ha elegido pertenecer que a la tribu a
la cual fatalmente uno pertenece por razones de sangre...
Además de lo beneficioso que es para el adulto que nada lee, leer al
menos los libros de sus chicos, esta lectura compartida incrementa la cohesión
y la comunicación dentro de la familia al aportarle referencias y placeres
comunes. Y, además, está el siempre evocado asunto del ejemplo.
Está probado que un niño que crece en una familia donde nadie
lee, en una casa donde no hay libros, no tiene las mejores posibilidades de
crecer como un buen lector, de ser un buen estudiante y incluso de formarse
como un buen profesional.
La escritora brasileña Ana María Machado, con esa capacidad tan
suya para hablar sencilla y gráficamente de problemas complejos ha dicho:
“imaginar que alguien que no lee pueda hacer leer a otros es tan absurdo
como pensar que alguien que no sabe nadar pueda convertirse en instructor de
natación. Sin embargo es eso lo que estamos haciendo”.(6)
Aclaro que Ana María Machado no hablaba solamente del ejemplo en casa,
sino del problema de tanto maestro, e incluso bibliotecario, que no ama la lectura,
que no tiene el hábito, la necesidad, de leer. Nadie que no esté
convencido, que no esté enamorado de la lectura puede trasmitir esa pasión
a los chicos. Las bibliotecas escolares deberían poseer no sólo
libros para niños y adolescentes de la mayor calidad y variedad, sino
también buenos libros para adultos; libros que los maestros y bibliotecarios
puedan y deban leer, además dar en calidad de préstamo para que
los padres puedan leerlos en casa.
Moraleja
Aunque, como ya dije antes, desconfío de toda formulación simplificada
de problemas complejos y sé que no hay decálogos, recetas ni fórmulas
que puedan orientar la práctica de la literatura en el ámbito
escolar y para escolar, voy a aprovechar el poco tiempo que me resta a exponer
de manera sucinta algunos principios sobre cómo conseguir que la lectura
literaria sea patrimonio de la humanidad... en fin: de ese pedacito de humanidad
que tenemos a nuestro alcance.
• Los libros literarios no son para enseñar, para eso están
los textos escolares y los informativos. La literatura no enseña (lo
que no significa que en ella no se aprenda muchísimo).
El niño aprende siempre, y no aprende menos y peor fuera de las instituciones
creadas para enseñarle cosas. El niño aprende permanentemente;
de la misma manera que crece día a día, con cada nutriente que
ingresa en su cuerpo, aprende con cada palabra bien hilvanada que accede a su
mente. Por eso lo de literatura educativa es una aberración, o por lo
menos una redundancia. La literatura no debe preocuparse de enseñarle
nada, porque el niño, por sí solo, va a aprender algo en la literatura
(“conmover es moralizar”, escribió el pensador cubano José
Martí). El niño aprende jugando y la lectura es, perdónenme
otra cita: un juego serio como un trabajo y un trabajo divertido como un juego,
según una definición tan brillante que he olvidado el nombre de
su autor, un poeta ruso. La buena literatura infantil es aquella que hace al
niño jugar a la vida (todo lo que ocurre y aquellos a quienes ocurre
es ficción, simulación, rol, máscara que el niño
protagoniza al leer). La buena literatura hace jugar nada menos que al lenguaje:
los versos, las metáforas, las adivinanzas, el humor, los calambures...
todo eso enseña al niño a servirse del lenguaje y comprender que
el lenguaje no es algo muy serio, sino algo muy divertido y, por consiguiente,
esencial... porque nada es tan importante en la vida de un niño que jugar.
• La literatura no se interpreta, se disfruta.
Nadie sabe lo que intenta trasmitir el autor. No lo sabe el autor literario
mismo (el autor no literario, sí que lo sabe y lo hace explícitamente,
olvidando que la literatura es un discurso connotativo, es decir, una forma
polisémica, “estereofónica”, de escribir). El texto
literario es, entre otras cosas, un mensaje; pero no para el escritor, para
quien su obra es un canto y está lleno de placer, de pulsión incontrolable,
de resonancias íntimas y compartidas, de trabajo creador. El lector entrará
en sintonía con los diversos elementos de la obra, su posición
no es la del destinatario que recibe un mensaje dirigido, sino más bien
la del receptor accidental que tropieza con un inesperado, no deseado e imprevisto
mensaje que, además, carece de código pre-determinado. La obra
literaria es un instrumento... musical, lleno de posibilidades que cada cual
hará sonar según sus competencias, capacidad, experiencia, sentimientos
y necesidades.
• El lector lee. El escritor escribe.
No todo el mundo es escritor, no todos los textos son literarios, la calidad
existe.
Una mala interpretación de la democracia y una forma demagógica
de la igualdad han hecho que en la enseñanza contemporánea se
exagere el papel activo del estudiante, del lector. La democracia no consiste
en que todo el mundo deba tomar la palabra, sino en que todo el mundo sea escuchado.
La literatura es un oficio duro y riguroso, que exige experiencia y talento.
No todo el mundo es escritor, no todo texto es literario, no todo tiene la misma
calidad. El mediador tiene el deber de escoger lo mejor, el lector renunciaría
a su mayor derecho que es leer obras de calidad si aceptara cualquier cosa que
se le ponga al alcance de la mano.
• Leer es una actividad. El lector pasivo no existe cuando se lee buena
literatura.
La buena literatura exige atención, reactividad, cultura. Pero hipertrofiar
el papel activo del lector es contraproducente pues en ese caso, el texto desaparece
y el autor se esfuma, siendo suplantado por el lector. Todo individuo que lee
busca la experiencia del otro, del escritor, de los personajes, busca conocer
otros mundos —reales o imaginarios—, en una forma indirecta, pero
profunda, de comprenderse mejor y comprender mejor su propio mundo. Un espejo
no es una lupa, para conocer la realidad hay que aceptar el (los) discurso(s)
del (los) otro(s).
La actividad primera del lector es convertir en imágenes las palabras
leídas. Este proceso de transformación moviliza su experiencia,
su cultura, sus gustos; pero las palabras no son suyas, no deben serlo. Desconfiemos
del exceso egocéntrico, egocinético y en el fondo demagógico
de la teoría del lector activo llevada a su extremo.
• Las lecturas deben ser variadas por su género, su estilo, su
época, su procedencia geográfico-cultural.
Muchos seleccionadores de lecturas infanto-juveniles tienden a desconfiar de
la diferencia y a marginar —cuando no rechazar de plano— los libros
infantiles de otras regiones del mundo, llegando a veces al extremo etnocentrista
de poner en duda su calidad. Si los libros que proponemos a la lectura de los
chicos tienen asuntos, escenarios y marcos históricos similares a los
de las materias escolares, no conseguiremos que éstos tengan el atractivo
que implica el cambio de actividad. Volver una y otra vez, aunque sea en otra
forma sobre el mismo universo implica saturación y conduce inevitablemente
al aburrimiento. El fulminante éxito de las novelas de Harry Potter
en el mundo anglosajón, y en otros países, no solo occidentales,
viene del hecho de que recrean un universo autónomo muy diferente del
cotidiano (lo que no excluye puntos de contacto con la realidad —sobre
todo en lo que concierne al mundo de la escuela— asegurando así
la identificación entre lectores y personajes).
Si en ciertas regiones de la Argentina que han sido escasamente reflejadas en
la literatura, sería conveniente disponer de libros que conviertan en
ficción estetizada el marco geográfico y humano en que viven los
lectores, lo cierto es que los maestros y bibliotecarios argentinos harían
bien en recomendar a los chicos a su cargo la lectura de novelas no argentinas,
no urbanas, no realistas. Libros así pueden exigir una cierta preparación
previa por parte del animador de la lectura, que deberá preparar a los
inexpertos lectores a un tipo de relaciones sociales, de referencias culturales
e históricas, de componentes del paisaje o de léxico que les resultan
extraños. Pero este tipo de preparación a la lectura, si se hace
de manera inteligente, puede incluso redoblar el interés de los chicos
y será un aporte cultural indudable tanto para ellos como para los adultos
que colaboren en la lectura.
No olvidemos que hace una semana el diario La Nación publicó
los resultados de una encuesta internacional sobre la calidad de la lectura
en los niños. Entre los 35 países de todos los continentes que
participaron en el estudio, la Argentina se vio relegada al lugar número
31, con un puntaje muy inferior al promedio. La directora de Información
y Evaluación de la Calidad Educativa del Ministerio de Educación,
Liria Toranzos concluyó en la necesidad de “desarrollar en las
aulas mejores prácticas de comprensión lectora, como también
emplear una mayor diversidad de textos”.(7)
Por su parte, la destacada psicóloga y especialista en educación
Emilia Ferreiro aconseja dejar de lado “la educación homogénea
y uniforme del siglo XIX para dar espacio a una educación plurilingüe
y pluricultural que aproveche las diferencias”, y añade: “Ya
no basta con saber firmar, leer o escribir textos simples. Es necesario saber
utilizar Internet, poder navegar y realizar procesos de búsqueda de información
confiables y satisfactorios. Es preciso poder circular por distintos tipos de
texto con facilidad”.(8)
La escuela y la biblioteca deben proponer textos diversos, tanto por género
(narrativa, poesía, teatro, divulgación, periodismo) como por
su estilo (realista o fantástico, barroco o romántico, irónico
o humorístico, coloquial o grandilocuente) como por su época y
procedencia (contemporáneos, del pasado reciente o remoto, de la cultura
“federal” o de las minorías étnicas y regionales,
del extranjero próximo o de las culturas que no tienen relaciones con
la cultura nacional), del mundo de los niños y adolescentes y del mundo
adulto o de la tercera edad.
• Leer literatura es leer una lengua. Una lengua es una cultura. Toda
cultura es universal.
La lengua castellana es una de las raras ventajas que tienen los países
hispanoamericanos en la era de la globalización: poseemos una lengua
internacional con más de 300 millones de hablantes y en permanente expansión.
Ese castellano tiene que ser diverso y esa diversidad hay que dominarla. Algunos
maestros y promotores de la lectura pretenden que los niños y adolescentes
argentinos rechazan los libros escritos o traducidos a variantes del castellano
de otros países de nuestro ámbito lingüístico (por
cierto, que lo mismo hacen muchos docentes españoles con libros argentinos,
o mexicanos frente a libros colombianos, etcétera, porque si algo no
tiene frontera son los prejuicios). Estoy convencido de que son los propios
docentes quienes recelan de textos que no confirman la norma lingüística
que ellos deben enseñar. Y si los usos lingüísticos diferentes
generan cierto extrañamiento, lo que hay que hacer es explicar la riqueza
que los mismos aportan. Por otra parte, en el cine, en la televisión
en la música, los mismos chicos argentinos consumen inmoderadamente productos
mexicanos, españoles, colombianos. Mal puede defenderse el respeto al
otro, difícilmente puede argumentarse la necesidad de aprender lenguas
extranjeras (que no son solo el inglés, sino el francés, el hindi
o el guaraní) si uno no es capaz, para empezar, de admitir y disfrutar
de la otredad en el interior de su propia lengua materna.
• La lectura no es ni mejor ni peor que otras actividades intelectuales
o recreativas. Es otra cosa.
No tiene sentido alguno oponer la lectura a mirar televisión, el libro
a la computadora. Son actividades diferentes, complementarias y que pueden coexistir
pacíficamente. De la misma manera que la lectura no puede sustituir a
la práctica de deportes en sus benéficos efectos sobre el cuerpo
y a la relación con los amigos en su saludable contribución a
la sociabilidad. Leer bien ayuda, sin dudas a mirar críticamente la televisión,
a comprender mejor los mecanismos de funcionamiento y a seleccionar los contenidos
que aporta la computadora, como puede ayudar a conocer deportes nuevos, a mejorar
la salud y a enriquecer la relación con los amigos. No hay que leer todo
el tiempo ni en todas partes, pero nunca hay un tiempo impropio para la lectura
y en ningún lugar se encuentra un cartel que advierta “Prohibido
leer”. ![]()
Bibliografía
GARRALON, Ana: Historia portátil de la literatura infantil.
Madrid. Anaya, 2001.
GASOL TRULLOS, Anna y Mercè ARNÀNEGA: Descubrir el placer
de la lectura. Lectura y motivación lectora. Barcelona. Edebé,
2000.
MACHADO, Ana Maria y Graciela MONTES: Literatura infantil. Creación,
censura y resistencia. Buenos Aires. Sudamericana, 2003.
MANGUEL, Alberto: Una historia de la lectura. Bogotá. Norma,
1999.
ROSELL, Joel Franz: Un oficio de centauros y sirenas. Buenos Aires.
Lugar Editorial, 2001.
Notas:
(1) Christine Nöstlinger, In Luisa Mora: “Una
entrevista a Christine Nöstlinger”. Urogallo, sept-oct 1993, págs.
10-15. (Volver al texto)
(2) Originalmente titulado Histoires ou contes du temps
passé y, en el reverso de la tapa Contes de ma mère l’Oye,
lo que se puede traducir como: “Narraciones y cuentos de hadas del pasado.
Cuentos de mama Oca”. Perrault escribió en total una treintena
de cuentos en verso y en prosa, y fábulas, algunas todavía inéditas
en castellano. (Volver al texto)
(3) Joel Franz Rosell: Un oficio de centauros y sirenas,
págs. 11-12. (Volver al texto)
(4) Ídem, p. 13. (Volver
al texto)
(5) Anna Gasol Trullos y Mercè Arnànega: Descubrir
el placer de la lectura, págs. 31. (Volver
al texto)
(6) Ana María Machado y Graciela Montes: Literatura
infantil. Creación, censura y resistencia, p. 17. (Volver
al texto)
(7) “Alumnos argentinos entre los últimos”.
La Nación, 9 de abril de 2003. (Volver
al texto)
(8) “La escuela no forma buenos lectores” (Emilia
Ferreiro entrevistada por Agustina Lanusse). La Nación, 14 de abril de
2003. (Volver al texto)