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La
lectura y los valores |
Por
María Teresa Compeán de Carrera
En: Espacios para la Lectura. Órgano de la Red de Animación a
la lectura del Fondo de Cultura Económica. México. Año
II, núms. 3 y 4, 1996. Pág. 19
Una
raya de luz bajo la puerta de la biblioteca me decía que mi papá
“seguía leyendo”. Yo llegaba de una fiesta y tenía
18 años. Eran las 11:30 de la noche. Toqué y como siempre desde
que tengo memoria, oí “¡adelante!”, el ruido de las
hojas del libro que colocaba boca abajo sobre su mesa y el rechinido del sillón
cuando se levantaba. Abrió la puerta y su sonrisa me invitó, como
siempre, a platicar con él de la fiesta. Me senté en su sillón,
él aprovechó para estirar las piernas. Caminaba mientras escuchaba
con interés y divertido mi crónica de baile: muchachos guapos,
los sándwiches y ensalada que cenamos, el disco de 78 revoluciones que
se rompió, mi descripción de un señor de 22 años
que me había sacado e invitado al cine... eran los años cincuenta...
Una vez tomé distraída y curiosa el libro Higiene del alma
que había dejado sobre su mesa; empecé a hojearlo, como siempre
lo hacía. “¡A propósito! —la voz de mi papá
me sacó de la página que sin querer yo leía—, déjame
contarte sobre este otro señor, Ignace Lepp, te invito a leer su libro
que parece te interesa.”
Así me presentó a muchos amigos suyos: en las noches blancas de
las estepas rusas seguí a Gogol, quien por cierto, como mi papá,
no cursó más que el tercer grado de primaria; a Theilard de Chardin,
que tejió para mis dudas existenciales su camino de ciencia y de fe cósmica.
Caminé La montaña mágica, nadé 20,
000 leguas de viaje submarino, volé sobre el ganso de Selma Laggerlof
y desde los seis años empecé a viajar por el mundo con los Cuentos
de hadas para niños, mi primera colección de libros con letras
de oro y pasta dura. Mi abuela materna vivía con nosotros y nos leía
esos cuentos a la hora de merendar, la hora mágica del “chiquillero”.
No se impacientaba demasiado cuando le preguntaba : “¿dónde
queda eso?” Así llegué a Samarkanda en tapete volador por
primera vez a los ocho años... Cuarenta más pasaron y llegué
con mis dos hijas, ya de veintitantos, por segunda vez. Me escucharon por horas
y, como mi abuela, no se impacientaron demasiado: hasta alguna lagrimita compartimos
a las dos de la mañana ahí, en esa maravillosa plaza de Rajastán,
en la que yo solía mercadear y correr mil aventuras en mi niñez.
Yo intentaba descifrar los escritos en árabe de la columnata y mis hijas
se reían de mis afanes con razón... recordé a mi mamá
cuando me regaló los cuentos de Las mil y una noches, traducidos
al inglés por un señor Richard Burton... ¡Claro! Recordé
cuando ella me esperaba a la una de la tarde, con una sopa de fideo, plátano
y algo más que me obligaba a comer, como carne y verduras, con música,
mucha música y su voz: “Repasa la tarea antes de que venga el camión
por ti. Hazlo en voz alta. Me gusta escucharte cuando lees a Chaucer, Los
cuentos de Canterbury”... Yo tenía ya 16 años.
Mi recámara de niña tuvo libreros formales para El Tesoro
de la Juventud, las revistas del National Geographic se apilaban.
Los libros seguían llegando, eran los regalos de tías, tíos,
de abuelos y de algún vecino que me llamaba Tere Tompiates, porque precisamente
en un tompiate finísimo seguía guardando los poemas de Nezahualcóyotl
y los de Yeats.
Como siempre, mi mamá se alternaba con mi papá; ella de día,
él de tarde y de noche en su espléndida y sencilla labor de ser
Papá y Mamá, los primeros y los mejores Educadores... de quienes
sin sentir, casi sin querer... me formé en sencillos profundos “valores”
que me hacen ¡feliz! ![]()