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La
formación de lectores y el llanto del cocodrilo |
Por
Graciela Montes
En: Espacios para la lectura. Órgano de la Red de Animación a
la Lectura
del Fondo de Cultura Económica. México. Año II, núms.
3 y 4, 1996. Pág. 22
La
angustia estalló en algún momento del siglo y borboteó
largamente en estudios teóricos, métodos infalibles, recursos
didácticos, grupos de estudio, planes de investigación, mesas
redondas, artículos periodísticos y demás gestos en los
que sobresalía el tono escandalizado, la alarma. No cabe duda: la pintoresca
especie de los lectores se estaba extinguiendo inexorablemente. “Se lee
poco”. “No se lee”. “La gente ya no lee como antes”.
Y, por supuesto, el acostumbrado “los chicos no leen”. Tan notable
y generalizado es este gesto de la sociedad golpeándose el pecho, arrancándose
los cabellos y gimiendo por el fin de los lectores que tal vez resulte útil
ventilar un poco la cuestión, no vaya a ser cosa de que quedemos sumergidos,
como la pobre Alicia, en un charco de lágrimas... de cocodrilo.
Lo mejor es desinflar el globo de las grandes generalizaciones y poner algunas
cosas en su lugar:
- Algunos no leen porque nadie les enseñó a leer.
- Algunos no leen porque no tienen libros.
- Algunos no leen porque —dicen—“no les gusta leer”.
(Conviene recordar que los dos primeros grupos son desmesuradamente grandes
en América Latina.)
A todos esos no lectores algo les debe la sociedad. Reconozcamos que no estaban
condenados desde sus cromosomas a ser no lectores, sino que, de un modo u otro,
les fallaron los mediadores sociales, les falló la sociedad. A todos
ellos les faltó algo que no les habría debido faltar. En algún
momento les hicieron una zancadilla. De modo que es bueno que la sociedad se
haga cargo y admita, mal que le pese, que no se trata de una fatalidad del destino
sino de una consecuencia de actos históricos y concretos de los que no
puede declararse inocente.
La sociedad fabrica no lectores y, cuando ve su producto, no atina sino a agarrarse
la cabeza escandalizada. Primero provoca el incendio y después sale corriendo
a llamar a los bomberos.
En esa conducta no hace más que proyectar sus contradicciones y sus hipocresías
respecto a la lectura, a los libros, al pensamiento crítico, a la educación
y, de un modo más general, a lo que llama “la cultura”. Por
un lado, en el escenario encendidas declaraciones en defensa de los libros y
de la lectura, exageradas y hasta absurdas, fetichizantes. Detrás, en
bambalinas, conductas bien concretas y muy poco explicitadas tendientes a fomentar
la no lectura o, al menos, a condenar a la irremediable iliteralidad a gigantescas
masas poblacionales del planeta.
Casi en el mismo momento y en un segundo y teatral gesto, que también
le es muy característico, esa misma sociedad escandalizada extiende la
mano y, como al descuido, deposita el conflicto en los niños. Son los
niños los que no leen. Los niños, una vez más y como siempre.
Los niños, esos recipientes pequeños donde, sin embargo, puede
volcarse todo, los eternos, sagrados e indispensables chivos expiatorios.
Ahí es cuando me irrito y siento ganas de sacudir el tablero de la amable
preocupación de nosotros, los grandes.
¿Qué tal si probamos alfabetizar (pero alfabetizar en serio),
mezquindades a todos nuestros chicos, darles escuelas, maestros bien remunerados,
libros? ¿Qué tal si les regalamos bibliotecas jugosas, muchas
bibliotecas —de escuela, de aula, de sindicato, de club—, rebosantes
de libros excitantes y codiciables? ¿Qué tal si les donamos un
poco de nuestro tiempo, de nuestra voz, de nuestra compañía junto
con los libros? ¿Qué tal si pensamos y estimulamos el pensar,
el criticar, el discutir, el informar acerca de la propia vida? ¿Qué
tal si volvemos a hablar con nuestros hijos de las cosas de todos los días,
de las cosas de antes y de ahora, de nuestras fantasías?
¿Qué tal si intentamos recuperar nosotros mismos la codicia del
libro, el tiempo libre y privado, la reflexión, la mirada aguda, el placer
por las palabras?
Si después los chicos siguen empecinados en alejarse irremediablemente
de la lectura, podremos mover apesadumbrados la cabeza y sentarnos a discutir
el mañana, hasta tanto no lo hagamos, nos limitaremos a gimotear y seguiremos
chapoteando en nuestras lágrimas de cocodrilo. ![]()