La lectura y los valores
en el pensamiento de Louise Rosenblatt

Por María Eugenia Dubois
En: Espacios para la Lectura. Órgano de la Red de Animación a la Lectura
del Fondo de Cultura Económica. México. Año II, núms. 3 y 4, 1996. Pág. 3



Lectura, escuela y valores

El sistema educativo en general nunca ha tenido en cuenta la trascendencia de leer desde una postura estética: evocando imágenes, recuerdos, sentimientos, emociones. La lectura “se estudia” en la escuela como algo ajeno, como algo que está fuera de uno mismo para ser cargado, llevado, recordado, pero no vivido, sentido. Aun la lectura de obras literarias es siempre para los demás, especialmente para nosotros los docentes, rara vez, o nunca se permite a los alumnos leer para sí mismos. Se anula de esta manera la posibilidad de que el estudiante preste atención a las evocaciones que el texto suscita en él y a su modo de responder ante las mismas, lo cual contribuiría a hacerle tomar conciencia de la confrontación entre sus valores y los valores expresados en la obra literaria.
Es curioso, pero no parece que la escuela haya tenido, hasta ahora, en consideración la influencia que puede ejercer la literatura en el desarrollo personal, social e intelectual del niño y el joven, ni que haya advertido el papel que puede desempeñar en el conocimiento de uno mismo y del otro. La experiencia vicaria de otras vidas, otros valores, otras maneras de actuar y de sentir, aparte de hacernos percibir el enorme potencial que encierra el ser humano, nos puede conducir, por ese mismo hecho, a observarnos bajo una luz diferente y a conocernos con mayor profundidad.
La posibilidad, además, de participar a través del texto en el conflicto de valores, sin la presión ejercida por una situación real de vida, permite tomar conciencia de las distintas opciones así como de sus consecuencias. “Aún más importante —dice Rosenblatt—, una experiencia literaria, una lectura estética, puede aproximarnos a la orquestación de valores, al manejo del impulso, la emoción y el pensamiento, a partir del cual puede emerger la racionalidad”.
Esta afirmación de la autora está dirigida a prevenir el error de considerar la postura estética como identificada sólo con la emoción. “La emoción no se opone a la razón, pero además el desarrollo de la capacidad para la lectura estética en el estudiante debe considerarse “como la base para el hábito de reflexión sobre el impacto social y personal de las obras literarias”.
El poder que ejercen los textos literarios sobre el lector, al ofrecer experiencia directa de los problemas que enfrenta el ser humano en la elección de valores alternativos, pierde su fuerza cuando obligamos a nuestros estudiantes a buscar en el texto lo que nosotros pensamos debe ser hallado: el hilo conductor de la trama, las características de los personajes, los recursos lingüísticos utilizados por el autor.
Si reconocemos la importancia que supone para nuestros alumnos —niños y jóvenes— discutir y reflexionar acerca de los valores, debemos estimular en ellos la libre adopción de una postura estética frente a la lectura, en especial de la obra literaria; debemos brindarles la posibilidad, de acuerdo con la afirmación de Rosenblatt, de que “la literatura sea leída como literatura”. La transacción con la literatura ha de incitarlos a recorrer caminos nuevos, a contemplar las mil caras de la humanidad, a descubrir los secretos mejor guardados de la conciencia. A través del texto literario han de encontrarse y medirse, perderse y encontrarse en la vida y en los sueños de otros seres a quienes pueden percibir, aun alejados en el tiempo y en el espacio, como partícipes de una realidad común: la condición humana con toda su gama de valores y contravalores.
Es por eso de suma importancia que los niños aprendan a reconocer, desde los primeros años escolares, la existencia de dos maneras distintas de leer: la estética y la eferente*. La comprensión de este hecho no puede alcanzarse mediante explicaciones, ni éstas son necesarias, como bien señala Rosenblatt. Sólo es posible lograr esa comprensión a través de lo que hacemos en el salón de clase, de la atmósfera y de las actividades ligadas a la lectura, de las preguntas que planteamos y de las pruebas a las cuales sometemos a nuestros estudiantes. Somos nosotros, los docentes, quienes debemos tener muy en claro qué implicaciones tiene leer desde ambas posturas y cuál es la importancia de permitir a los alumnos la libre adopción de cualquiera de ellas.
Estimular, además, por medio de la literatura, la discusión y reflexión sobre los valores personales y sociales, puede contribuir a desarrollar la capacidad para pensar y actuar éticamente en todos los órdenes de la vida, meta que hemos descuidado de modo imperdonable, en la educación de nuestros niños y jóvenes de hoy.
Compartimos la afirmación de Rosenblatt cuando señala que “la confusión y el sentido de futilidad que tienen los jóvenes resulta a menudo de la conciencia de la injusticia e inadecuación de nuestro mundo sin una dirección emocional claramente sentida hacia la creación de formas de vida más humanas y satisfactorias”. Y agrega: “La experiencia literaria, precisamente porque envuelve a la persona total, extrayendo de su conciencia tanto los aspectos cognoscitivos como afectivos, puede iluminar valores dignos de ser realizados y puede ayudar a generar el impulso emocional para alcanzar esos valores”.
Por esta razón, permitir y alentar que la literatura sea leída como literatura en las aulas de clase debe ser para nosotros una meta prioritaria.
Para ello se requiere, además de la creación del espacio necesario, un ambiente de colaboración e intercambio en el que la palabra del estudiante pueda gozar de la misma libertad y respeto que la del docente y donde la confrontación de valores pueda verse como una manera de reconocer la amplitud del espectro de las posibilidades humanas.


*La lectura estética es en la que está presente un sentimiento, el lector está vislumbrando y pensando (lo que está viviendo durante y a través de la lectura). La lectura eferente es la lectura que trata de retener, de cargar, de llevar consigo.