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Definir
la literatura infantil y juvenil |
(Resumen
de la comunicación presentada en el VI Simposium Internacional
de la Sociedad de Española de Didáctica de la Lengua y la Literatura,
celebrado del 5-8 de diciembre de 2001 en Ciudad Real.)
Fuente: telepolis.com
Necesidad
de nuevos criterios
Sin
ánimo de crear polémicas infructuosas entre los lectores, creo
sinceramente que estamos necesitados no sólo de la definición
de un canon sino de la redefinición de los criterios previos. Y, por
supuesto, necesitamos también la ayuda de una difusión mediática
de estos criterios con el fin de favorecer una mejor consideración o
la revalorización de la Literatura Infantil y Juvenil, nuevamente atacada
y ahora con más sutiles armas que hace medio siglo, entre las que se
encuentra una doble “colonización”: por un lado, de obras
infantiles de escaso valor literario y sin interés para los niños
de habla española, así como, por otro, un desembarco de autores
propios o extranjeros, algunos de los cuales han alcanzado el éxito en
otros terrenos y que aceptan “rehacer” sus productos para la infancia
o la juventud...
Podrán pensar, con mucha razón, que cada cinco o seis años
parece volver esta cuestión al candelero y que, el que les habla, no
está sino avivando un fuego que se sabe inextinguible; pero lo cierto,
sin duda, es que la cuestión sigue sin repuesta y posiblemente porque
así nuestro trabajo es más cómodo y nuestra responsabilidad
en el asunto resulta nula. Luis Sánchez Corral, ya hace algún
tiempo, lanzó la advertencia de que “mantener el debate de qué
ha de entenderse por literatura infantil es necesario”(1).
A riesgo de “quemarme”, traigo de nuevo ante ustedes una “patata
caliente” con la intención sincera de aportar mi opinión
y no de enredar más el asunto. Desde un punto de vista quizás
muy particular, podríamos afirmar que la serie de Manolito Gafotas no
puede considerarse literatura “para niños” o “infantil”
y, si me apuran, que baila también en la cuerda floja, corriendo el peligro
de caerse fuera del conjunto de obras literarias “para adolescentes”
o “juveniles”. Algo similar le puede suceder a la adaptación
juvenil que se acaba de realizar de la colección El Capitán Alatriste
de Pérez-Reverte, que corre el riesgo de quedarse (frente a los originales)
en simples adaptaciones con supresiones o adiciones, que aún no lo sé,
artificiales. La editorial Alfaguara las llama ediciones “escolares”,
lo que puede ser un gesto de honradez, pero puede ser también una condena
pedagógica para el Capitán...
En un sentido estricto, deberíamos considerar Literatura Infantil y Juvenil
sólo la obra literaria cuyo emisor es el adulto y sus receptores, en
el momento de la creación, son niños, adolescentes o jóvenes
(según su momento evolutivo) y sin relación con tareas, programas
o actividades educativas (pues esto, por naturaleza, viene después).
En un sentido amplio, incluiríamos también aquellas obras cuyos
autores no las dirigieron particularmente a ningún lector-receptor y,
sin embargo, sea la infancia, adolescencia o juventud su principal lectora.
Pero, ¿quiere decir esto que basta con la voluntad del autor para convertir
en Literatura Infantil y Juvenil una determinada creación, o que basta
con la venta de la obra al sector infantil o juvenil? Evidentemente que no,
responderemos sin duda. Pero eso es precisamente lo que, por alguna mala interpretación
o una “equivocación” que carece de inocencia, puede estar
sucediendo y somos conscientes de ello. El problema no es sencillo y, continuando
con el ejemplo anterior, somos muchos los que nos hemos divertido con alguna
obra o toda la serie de Manolito Gafotas, adultos, jóvenes o niños;
pero el humor, no la hace infantil. Son muchos los ejemplares vendidos en colecciones
infantiles o juveniles, pero eso tampoco la convierte en literatura infantil
o juvenil. En literatura infantil caben todos los géneros de mayor difusión,
pero no es el género el que convierte una obra, por ejemplo narrativa,
en literatura infantil o juvenil.
Si una obra literaria se convierte en infantil sólo por un protagonista
niño o por el nivel léxico o por la claridad de su exposición,
entonces no existe literatura infantil sino lecturas infantiles, es decir, las
mismas que a finales del siglo XIX y principios del XX, con raras excepciones
de todos conocidas, se utilizaron para la educación de los niños:
más pedagogía, por tanto, que literatura. Y contra esa postura
ya se ha debatido suficiente. Parece que quienes crean, estudian o promueven
la literatura infantil tienen un concepto claro de ella, pero no siempre editores
y libreros. Como anécdota, hace un año encontré en una
librería francesa una edición de alguna obra de Manolito y pregunté
a la dependienta y a una colega qué les parecía y que si se vendía
bien. Me respondió la dependienta con un gesto de ambigüedad (como
queriendo acertar con lo que yo pensara y no revelarme su opinión) y
mi colega, que conocía el original español, me dijo que la traducción
(que supongo especialmente difícil) no era buena, mientras, yo seguía
intentando imaginarme cuánto podrían interesar o divertir a los
niños bordoleses los problemas de un chico de Carabanchel (Alto), cuya
gracia está en su actitud de candidato poco afortunado para la vida picaresca.
En el otro extremo, Harry Potter, poco vestido de condiciones locales, muy cercano
a la fantasía universal, acusado de producto de “marketing”,
conseguía llevar a lectores noveles de todos los países a libros
con 300 páginas, de tipografía menuda y sin ilustraciones, a pesar
de las evidentes dificultades en el caso de la traducción española
que (quizás por la prisa) comete errores como la falta de uniformidad
en la serie o la simplificación del nivel léxico y sintáctico
(según me refiere mi compañera, la profesora Laura Howard, especialista
en traducción y lectora de la serie en las dos lenguas). Sólo
me he referido a Manolito, el Capitán Alatriste o Harry Potter como una
excusa para plantear una cuestión sobre lo discutible que puede ser el
concepto de obra literaria infantil o juvenil, sin deseos de dejar aquí
constancia de mi opinión personal sobre ellas. Para responder fácilmente
a nuestra pregunta sobre qué hace infantil o juvenil una obra literaria,
podríamos responder que “un cúmulo de cosas”. Ahondar
en ese cúmulo es el trabajo que nos proponemos a continuación.
A - La intención del autor
Me refiero a la intención del autor en el momento de la creación,
que en muchos casos es confesado —como ejemplo, la dedicatoria de El
Principito, donde el autor expone su intención de dedicar un libro
infantil a su amigo Leon Werth, adulto, y dice: “Pido perdón a
los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor” para
terminar dedicándoselo, pero “cuando era niño”(2).
Y, en otros, esta intención no-declarada se oculta en la autorización
de la primera edición en colecciones infantiles o juveniles. Como ejemplo
inverso, Juan Ramón autoriza la edición juvenil de Platero
y yo, pero en el prólogo advierte de su intencionalidad contraria
(“Suele creerse que yo escribí Platero y yo para los niños,
que es un libro para niños. No.”) y explica las razones de la edición
juvenil (“ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una
coma. ¡Qué bien!”), para concluir afirmando: “Yo nunca
he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño
puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a
todos se nos ocurren. También habrá excepciones para hombres y
para mujeres, etc.”(3).
Aunque es difícil entender qué quiso decir Juan Ramón con
las excepciones para hombres y para mujeres, no se equivoca cuando afirma que
un niño puede leer lo que lee un hombre, pero parece olvidar el camino
que ha hecho al hombre, y a la mujer, lo que es: la infancia, la adolescencia,
la juventud. Un niño, un adolescente o un joven no es un hombre o una
mujer “a medias”, sino precisamente un niño, un adolescente
o un joven. “Ninguno nos hemos iniciado a la lectura con las obras de
Proust”, dijo Fernando Savater en la presentación de su libro Despierta
y Lee (4).
Es en el momento de la creación, cuando el emisor debe enviar un mensaje
a un receptor y en el caso de la Literatura Infantil o Juvenil, conscientemente
conocido en cuanto a una etapa evolutiva amplia: primera infancia, infancia,
adolescencia o juventud. No creo que suceda a menudo que el emisor sea consciente
de que se ha dirigido a los niños o jóvenes sólo en la
relectura, una vez finalizada la creación, sino más bien debe
serlo cuando está en pleno proceso de creación. Son varios los
ejemplos de grandes autores que se dirigieron conscientemente a un lector muy
determinado: su propia hija, Astrid Lindgreen; o su alumna, Lewis Carroll; etc.;
o que estuvieron muy en contacto con sus lectores, como Enid Blyton y muchos
de nuestros narradores actuales, algunos aprovechando no sólo las visitas
a los institutos, sino también las nuevas tecnologías, como hace
Lorenzo Silva en su página de internet (5).
B - El tratamiento del tema y, algunas veces, el tema en sí mismo
Muchas veces se han declarado temas tabúes, sobre todo para la literatura
infantil: muerte, sexo (sobre todo en los aspectos sociales “negativos”
como homosexualidad, pederastia, adulterio o incesto), enfermedades, minusvalías,
etc. No es verdad que haya temas que por sí mismos no puedan ser tratados
por la literatura infantil o juvenil. Lo que parece cierto es que no todos los
temas por sí mismos van a interesar a los lectores, a no ser que su tratamiento
lo haga apetecible para niños o jóvenes. La identidad sexual de
los primeros años aparece en Memorias de una gallina, de Concha
López Narváez y la necesidad de un final más o menos “feliz”
para la infancia, no impidió a Carlos Murciano “matar” a
la madre de La niña que aprendía los nombres, por ejemplo,
manteniéndola viva, sin necesidad de recurrir a creencias ni fantasías
y de un modo especialmente lírico, en la palabra “mamá”.
Alejandro Gándara hace lo mismo con el padre de Carlota en la novela
juvenil Falso Movimiento, tras levantar Madrid para ofrecernos la vida
oculta y marginal. Cuestiones de homosexualidad aparecen en Morirás
en Chafarinas, de Fernando Lalana, y de pederastia en No pidas sardina
fuera de temporada, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Y en torno
a un caso de parálisis cerebral, gira La piedra de Toque, de
Montserrat del Amo, por no alargar más la lista.
C - La exposición del argumento, en el caso de las obras dramáticas
o épicas, y de la construcción de las imágenes, en el caso
de la lírica
En cierta ocasión, comentaba con el novelista Lorenzo Silva su obra juvenil
y me confesaba su deseo “imposible”, por lo menos en noviembre de
2000, de escribir para lectores infantiles. Su interés lo provocaba el
deseo de dedicar algún texto a su hija, entonces de unos tres años.
Me contaba también que su “técnica” al escribir para
jóvenes consistía simplemente en la forma de contar la historia
“más clara”. Hacer aún más sencillo lo que
ya había clarificado, le resultaba difícil. No era el cambio de
tema, pues el tema podía ser el mismo, sino conseguir la misma estructura
narrativa sin pérdida de compresión por parte de los lectores.
Sin estructura, sin “ficcionalización” (como la entiende
Kurt Spang, cuando dice que: “La literariedad se basa —además
de en la perfección verbal y la complejidad de contenido— en el
carácter ficcional de la realidad literaria presentada, por mínima
que sea esta ficcionalización. No es el cometido de la obra literaria
ser fiel reflejo de la realidad externa y real —para eso existen otras
disciplinas más adecuadas y competentes— sino la interpretación
del hombre y del mundo basándose en la invención y plasmación
estética de un mundo posible, que puede empezar con el hecho de llamar
Vetusta a Oviedo y terminar con la configuración del País de las
Maravillas”) (6)
y sin exposición artística —lo que supone tradición
(como la entiende José María Valverde, esto es, anterior o posterior),
construcción estética (positiva o negativa), entre otras posibles—,
la literariedad del mensaje narrativo se vería afectada o eliminada.
La construcción de las imágenes, en el caso de la poesía,
no presenta un proceso diferente al que utiliza el poeta en cualquier otro poema.
El problema de la poesía para niños o jóvenes es el mismo
que presenta para adultos: el deseo elitista del poeta moderno frente al deseo
de popularización del poeta tradicional. Y el poeta que dedica su obra
a niños o a jóvenes lo sabe.
Pero, ¿quiere decir esto que basta con la voluntad del autor para convertir
en Literatura Infantil y Juvenil una determinada creación, o que basta
con la venta de la obra al sector infantil o juvenil?
D - La pertenencia a uno de los géneros de la literatura infantil
o juvenil
La literatura infantil y juvenil está en principio abierta a todos los
géneros tradicionales y modernos, pero en la realidad queda reducida
a los mayores (épica, lírica y dramática). Se excluyen
especialmente los didácticos, como la fábula, que no dejan de
ser, cuando se dirigen a los niños, todavía más pedagógicos
que literarios, salvo honrosísimas excepciones. En claro paralelismo
con lo que sucede entre los adultos, la narrativa es, hoy por hoy, el género
infanto-juvenil por excelencia, tanto que algunos confunden literatura juvenil
con un subgénero de la narrativa. Nada más alejado de la realidad,
pues existe un cancionero juvenil de la tradición oral moderna,(7)
por ejemplo, y existe una gran actividad e interés por el teatro entre
los jóvenes. Distinto es que la producción artística dedique
pocos esfuerzos a estos sectores líricos y dramáticos, especialmente
al juvenil.
E - La intención del editor
La intención del que toma la decisión de publicar un libro infantil
o juvenil se demuestra no sólo en la inclusión en una colección
“infantil” o “juvenil” sino también en la apariencia
de la obra, eligiendo papel y tipografía adecuados e incluyendo o no,
y en las proporciones debidas, ilustraciones, pues el libro se disfruta “con
los cinco sentidos”: la apariencia a la vista del producto, su tacto,
su olor a papel y tinta de calidad, junto con el “oído” que
le ponemos al texto y el “gusto” con que lo “saboreamos”.
Pero, lejos ya de la broma, la responsabilidad de editor no termina ahí,
pues de todos es sabido que las ventas y lo mejores ingresos, para muchos autores
y editores, provienen del sector infanto-juvenil, lo que provoca, más
por avaricia que por deseo de dignificar la literatura infantil o juvenil, aceptar
con facilidad originales mediocres y encargar a autores mediocres y no tan mediocres,
nuevos originales sobre temas que puedan tener venta entre escolares, unas veces,
como es de suponer, carentes de calidad literaria y otras carentes de interés
para los lectores infantiles. El adulto, “mediador” entre la literatura
y el niño, actúa por dos motivos: por su preocupación educativa
y por su preocupación social, pues la literatura es necesaria para la
formación del niño y es tan de buen gusto, como llevar un traje
a la moda. Esto facilita la picaresca editorial y mercantilista, que lleva a
grandes almacenes a convertirse en editoriales que imprimen para las grandes
“ocasiones” (esto es, las ventas de principio y final de curso y
de navidad y reyes) todo tipo de subproductos supuestamente literarios, caracterizados
por la mala selección, la inadecuada presentación y un supuesto
precio de ganga.
F - La recepción de la obra
Posiblemente, como explica Sánchez Corral, lo que finalmente hace diferente
a la literatura infantil o juvenil de la literatura “sin adjetivos”
es el proceso de la recepción.(8)
Anticipábamos cómo la recepción
es diferente en la infancia, en la adolescencia y en la juventud, como también
es diferente según las experiencias del lector adulto. Y, cuando las
experiencias son experiencias literarias acumuladas, no son nuestro “aprendizaje”
de literatura, sino nuestra “adquisición de las competencias literarias”,
como venía a decir Arturo Medina, emparejándolas, evidentemente
con las experiencias lingüísticas que nos permiten adquirir la competencia
lingüística. Evidentemente, si no hay referentes, no hay comprensión.
Por esto, es necesaria una adquisición de las referencias a través
de experiencias literarias “escalonadas”, graduadas según
la edad, según el tipo de lector, y siempre personales “e intransferibles”.
Además, en este apartado hay que considerar que, frente a todo lo anterior,
se sitúa también la libertad del receptor, lo que llevó
a Juan Cervera a definir como “literatura ganada” las obras que
los lectores infantiles y juveniles pudieran hacer suyas: “Literatura
infantil es la que los niños leen”, ha dicho en más de una
ocasión Fernando Savater. Hay que aclarar que de estos autores no se
deduce una justificación del “marketing” editorial. La literatura
que los niños leen por gusto, por descubrimiento, no significa “la
que se les lleva a leer, más o menos obligadamente” ni quiere decir
“la lectura que se les destina”. En este aspecto, hay que recordar
con cuánto empeño oponía Juan Cervera los conceptos “receptor”
y “destinatario”.(9)
Para Luis Sánchez Corral hay que tener muy en cuenta los problemas comunicativos
del receptor infantil, y que podemos hacer extensivos al adolescente y al joven,
por lo que se debe observar: su evolución psicolingüística,
la incidencia que pueda tener en la dimensión lúdica y en la asimilación
cultural, la estructuración del pensamiento (o de la fantasía)
para fundamentar la selección de géneros y contenidos, y el marco
sociocultural que envuelve al lector.(10)
Es evidente que la recepción “evoluciona” con el lector o,
en palabras de Ana Pelegrín, “a cada edad, le corresponde una lectura
diferente”, o como dice Antonio Mendoza, “los textos tienen la habilidad
de activar nuestras capacidades”.(11)
Los niños y los jóvenes no son adultos “tontos”, sino
que su capacidad de recepción es diferente. A veces parece que sólo
nos fijamos en qué “porcentaje” del humor, o de la totalidad
estética de la obra, o de la recepción cognitiva del mensaje,
han logrado los lectores niños o jóvenes de una obra; pero en
ella hay mucho más, cuya percepción es tan obvia para nosotros,
que nos olvidamos completamente, por ejemplo todo lo que hay sensible o lúdico,
de ficción o engaño aceptado, de “fingimiento velado”
a la manera del Marqués de Santillana... A veces parece que nos olvidamos
de que la obra es compleja y que su principal mérito no es sólo
transmitir un mensaje intelectual, cognitivo, sino también en parte “espiritual”
(una dimensión no intelectiva y no física del ser humano, de sentimientos
inexplicables), en parte físico (un plano de sensaciones que acompañan
la lectura).
Por lo que hemos dicho hasta ahora, para discernir la obra literaria infantil
o juvenil de la obra de divulgación pedagógica o de la no literaria,
podemos servirnos de pautas derivadas de los aspectos tratados anteriormente:
la literariedad, la recepción de la obra, la intencionalidad de autor,
el tratamiento del tema, la exposición y la intencionalidad del editor.
De manera que, de forma no categórica ni valorada cuantitativamente,
sino por el contrario, de forma subjetiva y valorada cualitativamente, podamos
tener una consideración del corpus de la literatura infantil o juvenil,
según el caso, expresado como conjunto definido por comprensión
y no por extensión nominal de sus elementos. La cuestión que nos
hemos planteado desde el principio, evidentemente, nunca estará resuelta
por completo, de manera que me uno a las voces que solicitan mantener el tema
“caliente” y vivo entre los que estudian la Literatura Infantil
y Juvenil, para evitar una “congelación” que en vez de conservarla
“fresca”, la haría languidecer y terminaría por identificar
la Literatura Infantil y Juvenil, como hizo José Mª Carandell,(12)
con “una aberración”, aquella de la obra sin calidad que
no merece el nombre de Literatura. ![]()
Notas:
(1) L. Sánchez Corral, Literatura infantil y
lenguaje literario, Barcelona, Paidós, 1995, p. 90.
(Volver al texto)
(2) Tomo la cita de la dedicatoria de Saint-Exupéry
de la traducción de la obra editada por Alianza-Emecé, Madrid,
cuya primera edición se publicó en 1971. (Volver
al texto)
(3) Tomado del “Prologuillo”. (Volver
al texto)
(4) Titular de la referencia aparecida en Diario de Cádiz,
el 18 de abril de 1998, sobre la presentación de la obra de Fernando
Savater, Despierta y lee, Madrid, Alfaguara, 1998. (Volver
al texto)
(5) En el momento de escribir esta comunicación,
es posible contactarse con el autor a través de su dominio web: y a través
de donde ha mantenido la creación interactiva de un relato para Círculo
de Lectores. (Volver al texto)
(6) Kurt Spang, Géneros Literarios, Madrid,
Síntesis, 1993, p. 19. (Volver
al texto)
(7) Cfr: Lourdes Sánchez Vera, "Aproximación
al Cancionero Juvenil", en Cantero, Mendoza y Romea, eds, Didáctica
de la lengua y la literatura para una sociedad plurilingüe del siglo XXI,
Barcelona, SEDLL-Univ. De Barcelona, 1997, pp. 893-896. (Volver
al texto)
(8) Cfr: Sánchez Corral, 1995, pp. 90-94.
(Volver al texto)
(9) Cfr, v.g: Juan Cervera, “Aproximación lúdica
a la poesía infantil”, en P. Cerrillo Torremocha y J. García
Padrino, coords., Poesía Infantil. Teoría, crítica
e investigación, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1990,
pp. 119-14. (Volver al texto)
(10) Cfr: Sánchez Corral, 1995, pp. 75-76. (Volver
al texto)
(11) Antonio Mendoza Fillola, Tú, lector. Aspectos
de la interacción texto-lector en el proceso de lectura, Barcelona,
Octaedro, 1998. (Volver al texto)
(12) José Mª Carandell, “La literatura
infantil”, en Camp de l’Arpa nº 34, Barcelona, 1976,
p. 19; cit. por Juan Cervera, Teoría de la Literatura Infantil,
Bilbao: Mensajero-Univ. de Deusto, 1991, p. 17. (Volver
al texto)
Bibliografía:
Cantero, Mendoza y Romea, eds, Didáctica de la lengua y la literatura
para una sociedad plurilingüe del siglo XXI, Barcelona, SEDLL-Univ.
de Barcelona, 1997.
Cerrillo Torremocha, P. y García Padrino, J., coords., Poesía
Infantil. Teoría, crítica e investigación, Cuenca,
Universidad de Castilla-La Mancha, 1990.
Cervera, Juan: Teoría de la Literatura Infantil, Bilbao: Mensajero-U.
de Deusto, 1991.
Mendoza Fillola, A: Tú, lector. Aspectos de la interacción
texto-lector en el proceso de lectura, Barcelona, Octaedro, 1998.
Sánchez Corral, Luis: Literatura infantil y lenguaje literario,
Barcelona, Paidós, 1995.
Spang, Kurt: Géneros Literarios, Madrid, Síntesis, 1993.