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La
imaginación en la literatura infantil |
Por
Gianni Rodari
Artículo publicado en la revista Perspectiva Escolar Nº 43.
Hay
dos clases de niños que leen: los que lo hacen para la escuela, porque
leer es su ejercicio, su deber, su trabajo (agradable o no, eso es igual); y
los que leen para ellos mismos, por gusto, para satisfacer una necesidad personal
de información (qué son las estrellas, cómo funcionan los
grifos) o para poner en acción su imaginación. Para “jugar
a”: sentirse un huérfano perdido en el bosque, pirata y aventurero,
indio o cowboy, explorador o jefe de una banda. Para jugar con las palabras.
Para nadar en el mar de las palabras según su capricho.
La literatura infantil, en sus inicios, sierva de la pedagogía y de la
didáctica, se dirigía al niño escolar —que ya es
un niño artificial—, de uniforme, mensurable según criterios
meramente escolares basados en el rendimiento, en la conducta, en la capacidad
de adecuarse al modelo escolar. Entre los siglos XVII y XVIII nacen la primeras
escuelas populares, fruto último de las revoluciones democráticas
y de la industrialización. Hacen falta libros para esas escuelas; libros
para “los hijos del pueblo”. Les enseñarán las virtudes
indispensables para las clases subordinadas; la obediencia, la laboriosidad,
la frugalidad, el ahorro. La literatura infantil es uno de los vehículos
de la ideología de las clases dominantes.
El niño-que-juega se defiende como puede de esa literatura edificante.
Se encarama al estante del adulto y le roba las obras maestras de la imaginación,
a las que en cierta manera consigue adecuar a sus propias exigencias: el Quijote,
Robinson Crusoe, Gulliver, Orlando el Furioso. Se apodera de las fábulas
populares que generaciones de folkloristas y de estudiosos de genio han ido
transcribiendo de las tradiciones orales, sin sospechar, por lo menos inicialmente,
que estaban regalando al incipiente niño lector patrimonios de fantasía.
El niño recorta así, de los acontecimientos del mundo adulto,
sus propios espacios, la expansión planetaria de la raza blanca, la conquista
del oeste americano, la fundación de los imperios coloniales europeos
en África y Asia, se convierten para él en materia prima de aventuras
exóticas. No advierte que a través de esos libros pasa la ideología
de la raza que se cree destinada al dominio del mundo, que los impregnan los
enfrentamientos entre las potencias coloniales, que sostienen siglos de sufrimientos
para millones de hombres; le es suficiente con identificar unos espacios elegidos
por la fantasía, imaginarias patrias para su necesidad de obstáculos
y de triunfos. En la escuela esos libros están, a menudo, prohibidos:
eso los hace especialmente deseables.
Lo mismo le sucede a los escritores que ignoran o ponen entre paréntesis
la pedagogía, que hacen suyo el lenguaje de las fábulas populares,
que se ponen en “contacto directo” con la imaginación infantil:
un Andersen, un Collodi o un Lewis Carroll; o a un escritor que eleva el lenguaje
de la aventura al nivel de la poesía, multiplicando su fascinación:
Robert Louis Stevenson. No trato de hacer la historia de la literatura infantil,
sólo quiero señalar algunos puntos de referencia. Julio Verne,
por ejemplo, en el que la ciencia por descubrir es la materia prima de aventura
y poesía. Ninguno de esos escritores está exento de la ideología
porque cada uno de ellos es hijo de su propio tiempo y nadie puede crecer, actuar,
crear al margen de las corrientes de los grandes conflictos históricos
y sociales. Sin embargo, en esos autores, la ideología entra como uno
de los elementos constituyentes de su personalidad. No ocupa ni el primer lugar,
ni el segundo, ni el tercero, en la imaginación, que juega libremente
con sus propias visiones, con las palabras, con la memoria, con los datos de
la experiencia. Permanece, como hecho principal, ese “contacto directo”
con lo que hemos denominado “el niño-que-juega”.
El libro para el niño-que-juega
Justamente él, ese “niño-que-juega” es finalmente
el verdadero vencedor, porque los libros nacidos para el “niño-alumno”
no permanecen, no resisten el paso del tiempo, las transformaciones sociales,
las modificaciones de la moral ni tan siquiera a las conquistas sucesivas de
la pedagogía y de la psicología infantil. Los libros nacidos de
la imaginación y para la imaginación, sin embargo, permanecen,
y, a veces, hasta incluso se hacen más grandes con el tiempo. Se tornan
en “clásicos”.
El niño, durante su crecimiento, atraviesa una fase en la que los objetos
le sirven sobre todo como símbolos. Es la fase en la que se instituyen
las funciones simbólicas del lenguaje y del juego para convertirse en
componentes de la personalidad. A esta fase, a tales funciones, es a lo que
se liga el trabajo del escritor para niños. Sustancialmente construye
objetos para el juego; es decir, juguetes; hechos de palabras, de imágenes,
también de madera y plástico, pero son juguetes. Tienen la eternidad
de la pelota y de la muñeca. He citado esos dos juguetes, tan antiguos
y aún hoy tan extendidos, aunque sé muy bien que se han prestado
y se prestan a manipulaciones que van más allá del juego. La pelota
se ha convertido en pelota “de fútbol” y a su alrededor ha
nacido un mundo de pasiones, de intereses (incluso sucios), de corrupción
y de masificación. Pero no es culpa de la pelota, como tampoco es culpa
del uranio si con él se construyen bombas atómicas. La muñeca
ha servido y sirve aún para la preparación de las niñas,
es decir, de las mujeres, para los roles subalternos: madres, esposa, criatura
inferior. Pero no es culpa de la muñeca en sí misma, que tiene,
por el contrario, sus parientes más próximos en el mundo de los
títeres, de los polichinelas, de los muñecos, objetos que sirven
a los niños para representar y conocerse a sí mismos, sus conflictos,
sus relaciones en el mundo.
Definir el libro como “un juguete” no significa en absoluto faltarle
el respeto, sino sacarlo de la biblioteca para lanzarlo en medio de la vida,
para que sea un objeto de vida, un instrumento de vida. Ni tan sólo significa
fijarle unos límites. El mundo de los juguetes no tiene límites,
en él se refleja y se interfiere el mundo entero de los adultos, con
su realidad cambiante. Hasta figuran los tanques, por desgracia...
Mucho se ha escrito sobre la importancia del juego en la formación humana.
Pero quizás no creemos en aquello que escribimos y decimos, porque en
la realidad cotidiana el juego y los juguetes aún son considerados como
parte de lo que es superfluo y no como elementos de lo que es necesario: así
se comportan, en la práctica, arquitectos y urbanistas, pero también
la escuela, en la que para el juego existe la “hora de recreo”,
bien diferente de la hora de “clase”, es decir de las “cosas
serias”. Es una equivocación. En la escuela tendría que
haber una “ludoteca”, como existe una biblioteca. El juego es tan
importante como la historia o la matemática (las matemáticas juegan
con los números; basta dar una ojeada a las revistas de matemáticas
para descubrir los juegos que se inventan para la calculadora electrónica...).
Imaginación-juego-libro
Para una literatura infantil que no caiga sobre los niños como un peso
externo o como una tarea aburrida, sino que salga de ellos, viva con ellos,
para ayudarlos a crecer y a vivir más arriba, tendríamos que conseguir
relacionar íntimamente estos tres sustantivos: imaginación-juego-libro.
El papel de la imaginación
Para ello es indispensable una valoración distinta de la imaginación.
Es imprescindible, en primer lugar, rechazar esa tradicional oposición
entre fantasía y realidad, en la que realidad significa lo que existe
y fantasía aquello que no existe. Esa oposición no tiene sentido.
¿No existen acaso los sueños? ¿No existen los sentimientos
por el hecho de no tener cuerpo? ¿De dónde sacaría la fantasía
los materiales para sus construcciones si no los tomara, como de hecho hace,
de los datos de la experiencia, ya que no entran en la mente más datos
que los de la experiencia?
La fantasía es un instrumento para conocer la realidad (Hago servir indistintamente
como sinónimos las palabras “fantasía” e “imaginación”,
porque ya están lejos aquellos tiempos en que los filósofos, teorizando
a posteriori sobre la división del trabajo, los distinguían, para
luego adjudicar la “fantasía” creadora a los artistas y la
“imaginación” práctica a los trabajadores manuales).
Otros instrumentos son los sentidos. Otros, el pensamiento crítico, la
ciencia, etc. La mano tiene cinco dedos: ¿por qué la mente sólo
ha de tener uno? Por el contrario, tiene muchísimos.
Nadie puede prescindir de la fantasía, ni el científico ni el
historiador. Recientes investigaciones han puesto en evidencia importantes homologías
entre los procesos de creación artística y los de la creación
científica.
Apoderarse de las palabras
Jugar con las palabras y la imágenes no es la única manera que
los niños tienen para aproximarse a la realidad, pero ésta no
significa ninguna pérdida de tiempo. Significa apoderarse de las palabras
y de las cosas. Por eso sostengo que el libro-juguete (las fábulas, las
aventuras, la poesía en la que la lengua juega consigo misma) ha de tener
un lugar duradero en la literatura infantil, junto a otros libros que actúan
sobre otros componentes de la personalidad infantil, abriendo otros caminos
en el itinerario que tiene un extremo en el niño y otro en la realidad.
Hasta esos otros libros, para dirigirse a los niños, no podrán
olvidar el lenguaje de la imaginación: su autor deberá sentir
sus vivencias en la imaginación si quiere que el mensaje llegue a su
destinatario.
A veces discuto con amigos míos que defienden que una literatura para
niños, moderna y progresista, debería estar basada exclusivamente
en el conocimiento racional del mundo, en su representación racional,
en la representación de todas las realidades, incluso de aquellas que
nunca han sido presentadas o reveladas a los niños, y también
las que han sido escondidas tras o bajo realidades aparentes o falsificadas.
En esta tesis creo ver una exigencia justa defendida equivocadamente. En primer
lugar, porque incluso para mostrar la realidad escondida por las apariencias,
es indispensable el recurso a la imaginación. Ejemplo simple, banal,
casi brutal: hasta para comprender por qué sale agua al abrir el grifo,
hace falta imaginación. En segundo lugar, porque una educación
puramente racional nos volvería a producir un hombre amputado de algo
esencial, aunque lo fuera de una manera diferente que antes. Para la formación
de un hombre completo, de una mente abierta a todas las direcciones, incluida
la del futuro, es indispensable una imaginación robusta.
Transformar la imaginación que consume
en imaginación que crea
No se puede concebir una escuela basada en la actividad del niño, en
su espíritu e investigación, en su creatividad, si no se coloca
a la imaginación en el lugar que merece en la educación. Lo que
implica que el educador animador cuenta entre sus tareas con la de estimular
la imaginación de los niños, de liberarle de las cadenas que precozmente
le crean los condicionamientos familiares y sociales, la de animarle a competir
con ella misma, transformándose de imaginación que consume en
imaginación que crea. Para esto también le serán útiles
los libros. Claro está, para ir más allá. Y también
para descubrir que más allá, hay otros libros en los que se conserva
la memoria colectiva de la humanidad, el espesor de la historia humana, las
reflexiones, los sufrimientos, las esperanzas de generaciones, los conocimientos,
las técnicas y los proyectos para mejorar la vida. Ningún libro
puede sustituir la experiencia, pero ninguna experiencia se basta a sí
misma.
La ecuación elegida antes entre imaginación, juego y libro me
parece adecuada hasta un punto determinado del crecimiento; después,
si no se transforma, deja de ser útil. Hasta cierta edad, los niños
necesitan juguetes. Después no necesitan ya el objeto-símbolo,
el objeto mediador, sino la confrontación directa con el mundo. Son muchachos,
ya no niños. ¿Dónde situar el límite entre esas
dos edades? Es difícil decirlo. Puede cambiar de niño a niño
e incluso, de país a país o de una época a otra. Tengo
la impresión, por ejemplo, de que se está rebajando, bajo nuestra
mirada, el listón que separa al muchacho del adulto, incluso el que separa
al niño del muchacho. Pero esta es una asignatura en la que no se pueden
concebir exámenes o diplomas. Adulto es quien elige serlo. Por eso creo
que es conveniente dejar muy pronto libres a los chicos para que puedan buscar
el libro que les conviene, en ese momento, para sus proyectos (no para los nuestros),
para sus necesidades intelectuales o morales (no para las que nosotros imaginamos);
y que se lo busquen libremente sin interponer barreras entre ellos y los libros
de todas las literaturas. Ayudémoslos a apropiarse del mundo, de la cultura,
de la poesía, a hacer pasos bien largos cuando sientan que deben hacerlos.
Será importante que ante la estantería de los adultos, sepan buscar
no sólo informaciones sino también espacios para su imaginación.
Bien está que lean ensayos sobre la sociedad, la historia, la política
o la sexualidad... Pero habrá sido insuficiente para su educación
si no buscan también libros de poetas y de novelistas, de escritores
que han indagado acerca de la más delicada de las materias: el hombre,
sus sentimientos, su personal manera de reflejar, sufrir o combatir la realidad.
Durante mucho tiempo Cervantes, Tolstoi, Kafka, continuarán diciéndonos
sobre el hombre, cosas que la sociología y la psicología científica
no nos pueden decir. Durante mucho tiempo los poetas nos dirán cosas
sobre la lengua y sus posibilidades de expresión, de comunicación
y de creación, cosas que no podemos pedir a los lingüistas.
¿Diversos “géneros” de libros para niños?
Un libro para niños se puede considerar como logrado cuando interesa
a los niños y estimula y compromete sus energías morales, toda
su personalidad, al igual que hace un buen juguete. Esto quiere decir que el
libro ha de responder a cualquier pregunta fundamental, a cualquier necesidad
real de los niños, ha de ser, en cierta manera, un instrumento de su
crecimiento. ¿De qué manera? No hay que olvidar que un niño
no es una flecha que va en una sola dirección, sino muchas flechas que
simultáneamente van en muchas direcciones. Es un centro de actividades
y de relaciones. Es una mano que juega, una mente que absorbe, un ojo que juzga.
No le llega un tipo único de estímulos, sino que le impactan de
mil clases. El crecimiento es una investigación para la que tiene necesidad
de una gran variedad de materiales y, por lo tanto, de libros diversos que constituyen
a la vez algo semejante a una “biblioteca de trabajo”, un campo
de juego, un gran espacio abierto, que pueda gestionar libremente y que está
a su servicio en distintos momentos. Libros al servicio de los niños,
no niños al servicio de los libros. Libros para niños productores
de cultura y de valores, no para niños consumidores pasivos de valores
y de cultura producidos y dictados por otro.
En esta visión no se plantea el problema de los “géneros”,
no hay jerarquías a respetar, ni oposición entre libros de ficción
y libros que dan informaciones sobre el mundo físico o el mundo humano,
o sobre la relación entre ambos mundos. Una historia fantástica
ofrece ciertos estímulos y da ciertas informaciones. Un libro sobre animales
o sobre las máquinas da otros estímulos e informaciones. Todo
es a la vez alimento para la misma imaginación, son “materia primera”
para la formación de la misma mente, capaz de juicio crítico.
Adulto es quien elige serlo
Es obvio que no basta con un solo tipo de “escritor para niños”
deben darse tipos diferentes, capaces de ponerse en relación directa
con la fantasía infantil en cualquiera de los senderos que ésta
recorre para encontrarse con la realidad en uno u otro de los diversos planos
de la mente. Mientras va creciendo, el niño conoce adultos diferentes
y, cada uno de ellos, le puede interesar por un motivo particular y entrar en
un sistema de relaciones que será más estimulante cuanto más
rico sea. Un escritor le ayudará a descubrir la lengua, sus capacidades
de sorpresa y de invención. Otro le ofrecerá instrumentos para
descubrir las cosas y penetrar en su significado. Todos le son igualmente útiles,
necesarios. De cualquiera de ellos tomará, de tanto en tanto, lo que
precise en ese determinado momento. Y de eso sólo él es el árbitro
y nadie más que él.
Para ser útil al niño lector, el adulto que escribe ha de seguir
siendo él mismo. No se ha de fingir niño, pretender ver el mundo
a través de ojos infantiles, hacer chiquilladas o revivir su infancia.
A los niños les gusta jugar con el adulto, que con su experiencia puede
hacer más interesante el juego. En este sentido el adulto puede ser educador:
nunca lo será por el programa o por estrategia pedagógica.
Claro es que el adulto, cuando acepta jugar con el niño ha de imponerse
unos límites; si pelean, por ejemplo, no puede utilizar toda su fuerza,
si construyen un castillo de arena en la playa no puede imponer su idea, sino
que ha de ayudar al niño a concebir un proyecto más audaz o más
grandioso. Igualmente, el que escribe para los niños acepta unos límites,
escoge una clave y ha de utilizar esa clave; de su propia experiencia escogerá
lo que no parezca a la experiencia infantil demasiado extraño o lejano.
Si escribe sobre temas de ciencias, evitará el lenguaje familiar a los
científicos, etc. Si escribe historias fantásticas deberá
controlar su fantasía para que sus imágenes no resulten incomprensibles,
como si fueran palabras desconocidas. Una vez encontrado el punto justo para
el encuentro con el niño, seguirá siendo un adulto, se comprometerá
completamente, dirá toda su verdad. Lo difícil es encontrar ese
punto justo. Es el fruto del trabajo y de la experimentación más
que de la intuición. Es necesario el contacto con niños, ellos
que siempre son nuevos. Es precisa también una gran confianza en los
niños, pues están siempre un paso más adelante del punto
en el que creemos que han llegado.
Es éste un punto en el que querría insistir. Los niños
no creen en un mundo separado del nuestro, en un gueto o bajo una campana de
cristal. Ven la televisión que nosotros vemos, están rodeados
de una densa atmósfera de información que es la misma que los
adultos respiramos. Los libros destinados a los niños deberían
procurar no ser libros fuera del tiempo. No hay ni un solo problema del presente
al que los niños no sean sensibles, aunque a veces parezcan distraídos.
Los libros para los niños de nuestro siglo no pueden aparentar que el
siglo no existe y que no transcurre, tumultuoso, a nuestro entorno. Un buen
libro para los niños de hoy debe ser un libro que sintonice con el calendario
y con sus problemas. Con los niños puede hablarse de todo, siempre que
se les pida ayuda para hallar el lenguaje justo para hacerlo. ![]()