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La
importancia de los cuentos |
Por
Carlos Ratés
“Caperucita
Roja fue mi primer amor. Tenía la sensación de que, si me hubiera
casado con Caperucita Roja, habría conocido la felicidad completa”.
Con estas frases resumía Charles Dickens la gran importancia que habían
tenido los cuentos de hadas en su educación. Muchos hemos crecido oyendo
estos cuentos, fruto del legado cultural del inconsciente colectivo y, al igual
que Dickens, les debemos mucho.
Sin embargo, el rechazo de la fantasía propio del Racionalismo y el Realismo
ha provocado últimamente que su difusión sea menor. Apoyándome
en los argumentos del psicólogo infantil Bruno Bettelheim, defenderé
aquí la importancia del cuento de hadas.
Desde la antigüedad, el hombre se ha guiado por arquetipos extraídos
de la Biblia y otros modelos míticos. Con la llegada del Racionalismo
hubo un progresivo rechazo de estos modelos “irreales”, sin tenerse
en cuenta que éstos están llenos de soluciones para los conflictos
psicológicos que se plantean en todos nosotros. Lo mismo ocurre con los
cuentos de hadas: el niño, como todo ser humano, se pregunta, ¿quién
soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿cómo debo vivir
mi vida?; los cuentos le proporcionan algunas respuestas.
Es, por tanto, un error interpretar estas creaciones literalmente, cuando en
realidad su significado es simbólico. Son exploraciones espirituales
y no exposiciones de situaciones de la vida real. La realidad del cuento ocurre
en el plano de los sentimientos y lo inconsciente. Esto queda claro mediante
oraciones como: “Érase una vez...” o “En un país
muy lejano...”. Además, se debe tener también en cuenta
que la realidad percibida por el niño es diferente a la del adulto. La
mentalidad animista infantil, por ejemplo, considera vivos a todos los objetos,
y así, el niño golpeará al mueble que “le ha hecho
daño”.
Por otra parte, el niño tiene necesidad de magia, que queda insatisfecha
si le privamos de los cuentos. Sin embargo, muchos padres temen que si sus hijos
leen cuentos maravillosos sean desbordados o seducidos por la fantasía,
y no se atrevan a enfrentarse a la vida real. Sin embargo, según Bettelheim,
ocurre lo contrario: estos modelos preparan para enfrentarse mejor a la realidad
y, paradójicamente, a veces quienes son privados tempranamente de esa
fantasía, más tarde en su adolescencia buscarán esa magia
perdida, por ejemplo en el esoterismo o en las drogas.
Otro argumento esgrimido en contra de los cuentos tiene su origen en los descubrimientos
del psicoanálisis sobre el sadismo, violencia, angustias y miedos de
la mente infantil. Algunos creen que éstos son provocados en el niño
por algunos cuentos aparentemente sádicos. En realidad, estos sentimientos
ya estaban ahí, y los cuentos ayudan al niño a canalizarlos y
controlarlos. Las versiones “suavizadas” de algunos cuentos son
un error, ya que eliminan lo que podría ayudar al niño. Si aparecen
una bruja malvada o un ogro en el cuento no se deben suprimir, porque entonces
los objetos que emplea el niño para dar forma a su angustia desaparecen,
y ya no puede superarla.
En realidad, los monstruos de los cuentos son monstruos del inconsciente. No
hay que olvidar que el monstruo al que más teme el niño, como
toda persona, es el propio monstruo interior. Por otra parte también
sería erróneo suprimir toda violencia del entorno del niño
y “acolchar” su vida, ya que más tarde comprobará
que la vida no es como Walt Disney la pinta.
Los mitos, los cuentos y los arquetipos son elaboraciones del inconsciente colectivo
que ayudan a conocernos mejor. Son el legado de la sabiduría adquirida
por las generaciones pasadas sobre su psique, que entregan a las generaciones
futuras. Por ello, deben merecer todo nuestro respeto y admiración.
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