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Pasado,
presente y futuro de la literatura infantil. Subversión animada |
Por
Marcela Ortiz
Hay
una verdad que hay que aceptar por dura que parezca: los niños ya no
leen. Más bien, los niños van al cine. Si a veces se dice que
“una imagen vale más que mil palabras”, con más razón
cuando aquella tiene en su composición un colorido extremo y lo que es
mejor: sonido, lo cual resulta atractivo si el receptor es un niño que
ha crecido en una época en la cual las tecnologías y los medios
de comunicación se han desarrollado bastante, que se ha ido acostumbrado
a percibir un entorno que cambia constantemente. Como lo ha sido el mundo literario.
Los temores de Roger Chartier se han hecho evidentes en los últimos cinco
años: la pantalla (libro electrónico en ciertos casos, pero en
el que nos atañe más bien una obra adaptada al cine o a la televisión)
poco a poco le está comiendo terreno al lector de papel y tinta. La pantalla
le simplifica la vida, le resume la obra y hasta le añade características
únicas y exclusivas. Cada guionista agrega elementos que muchas veces
extrae de su propio entorno social y global.
A través de paginas en Internet, eventos y secciones en algunos programas
infantiles, últimamente se promueve entre los niños el hábito
de la lectura, aunque cabe señalar que no faltan quienes también
ofrecen entradas gratis para ir al cine y artículos publicitarios de
la película de moda en el momento. De alguna u otra forma el cine y la
literatura se encuentran relacionados. En muchos casos, las obras infantiles
se han llevado a la pantalla con gran éxito gracias al apoyo de un gran
aparato publicitario.
Las historias infantiles se han transformado con el paso de los años.
No es lo mismo escribir para un niño o niña de principios del
siglo XX que de finales de éste e inicio del XXI. Uno de los factores
por el cual nos damos cuenta del gran cambio que han sufrido las obras literarias
en este período es el guión mismo. Las situaciones que presenta
ya no son las mismas, antes eran un reflejo de una sociedad que a principios
de siglo se encontraba atormentada por el fantasma de la guerra: historias en
las cuales un personaje, masculino o femenino, salía victorioso en un
prueba ya fuera física o moral, algo que pertenece al esquema narrativo
de la tradición clásica, es decir, aquello que sigue un mismo
esquema y no cambia.
Hay que aceptarlo: los padres, los adultos, imponen su punto de vista, de lo
cual puede deducirse que no sólo en la literatura infantil, sino también
en otras esferas, se plasmó esta forma de pensar: los niños se
veían obligados a ir a la iglesia, a la escuela a la que sus padres fueron
también, a comer ciertos alimentos y a leer sólo lo que se consideraba
adecuado para ellos: Tom Sawyer, Mujercitas, Alicia en el país de
las maravillas, por mencionar algunas obras que se pretendía fuesen
infantiles, ya que contaban con un protagonista que era un niño o un
adolescente.
Aun así, las problemáticas presentadas no eran apropiadas para
la psicología del niño, para su conciencia, ya que en la primera
de las obras mencionadas, un niño conoce lo que es el mundo y su sociedad
a través de sus travesuras y aventuras con sus amigos, en la segunda
cómo salen adelante unas hermanas ante la ausencia del padre, que se
encuentra luchando al frente, y en la última cómo los sentimientos
de una niña que se encuentra reprimida por su sociedad salen a flote
a través de sus fantasías, provocadas en este caso por la lectura.
La relación que existía entre el público infantil de principios
de siglo XX y finales de éste más bien fue impuesta no sólo
por sus padres sino por la sociedad, que veía en estos un potencial exponente
de ideas al que había que mantener a raya, callado, debido a que el niño
puede modificar su pensamiento y absorber el conocimiento que muchas veces no
es asimilado por el adulto. Es el infante un arma muy poderosa contra la ignorancia
de un pueblo, ya que es la raíz por la que el árbol se puede alimentar:
para sanar a una sociedad hay que empezar desde abajo.
No sólo en la narrativa infantil, sino en otros aspectos, lo que se encuentra
establecido, conocido como clásico, es lo que agrada mayoritariamente,
ya que en su estructura no presenta grandes saltos, lo que facilita la localización
de la problemática y la comprensión de su lectura. Tanto la modernidad
como la postmodernidad implican transformaciones de los elementos que componen
la narrativa clásica, en un constante juego de adaptar, retomar lo viejo
y hacerlo parecer como nuevo, ponerle un disfraz y presentarlo como algo que
debe de ser aceptado por llegar a las fibra sensible del ser humano y hablar
sobre su supuesta realidad.
El cine y la televisión han desarrollado adaptaciones maravillosas de
obras literarias infantiles, ya que en el más austero de los casos el
más clásico utiliza actores de carne y hueso para dar vida a los
personajes, y en más complicado, más caro y más moderno
se utiliza la animación. De cualquier forma hay una subversión,
es decir, la creación de un código mediante el cual la historia
retoma sus aspectos más importantes y los mezcla, los transforma de acuerdo
a la sociedad a la que la obra se encuentra dirigida. Autores como Twain, Carroll,
etc., no han hecho más que presentar y adaptar situaciones adultas que
los niños viven y absorben; se han creado en las historias cinematográficas
de los últimos años códigos mediante los cuales una sociedad
se identifica por el tipo de ideologías que se encuentran presentes,
y que aparentemente pone al descubierto las viejas convenciones de su entorno.
La animación se ha vuelto un mundo muy vasto debido a los materiales
que se pueden emplear para este fin, aunque cabe destacar que el de la animación
gráfica por computadora o CG es el que lleva hoy en día la batuta.
La animación que se conoce como clásica o tradicional bien podría
haber tomado su nombre de la imposición y creación de algunas
películas por parte de la casa Disney (que no ha hecho otra cosa sino
llevar al cine obras literarias en sus primeros 60 años de vida) y que
retoma elementos estructurales del cuento clásico para narrar sus historias
a pesar de utilizar un método tan moderno como la animación.
Pero a pesar de esto, la animación tradicional se encuentra en proceso
de envejecimiento ante la llegada del CG, ya que lo nuevo y atractivo es la
animación en tercera dimensión, llevada a su cumbre por películas
como Toy Story, Bichos, Monsters Inc y Shrek, que han dejado
muy atrás a los dibujos de doble dimensión, aunque no así
a la estructura narrativa antigua que hizo famosa a la casa Disney.
Shrek no sólo es parte de esta cumbre de la animación,
sino que evidencia aún más lo que se ha venido gestando en los
últimos 10 años: la decadencia de Disney. Shrek, es una película
irreverente no sólo por los modales y el comportamiento de sus protagonistas,
sino por el manejo estructural de sus elementos, que hace aun más obvio
el juego contradictorio en el que las películas y las caricaturas animadas
de Walt Disney ha caído: tratar de aparentar una estabilidad en la que
todavía hay un juego sano entre las fantasías y tradiciones.
El argumento en Shrek es una analogía de la difícil situación
por la que atraviesa la empresa de Disney frente a la competencia, y adquiere
un tono subversivo al cuestionar el esquema al cual dicha empresa ha sometido
a sus películas.
Un complicado juego es el que realiza Disney con sus tradiciones y con lo que
propiamente ha establecido con el paso del tiempo y con el perfecto manejo del
entorno y la habilidad para plasmar los contextos sociales de cada época
en todas sus películas, ya que ante la llegada de Shrek, que
evidencia aún más su decadencia, se trata de crear un elemento
que trate de mantener ese supuesto equilibrio ante la ruptura y juego de las
tradiciones: Disney se apoya en la animación por CG al asociarse con
una empresa como Pixar, que ha sido la base de Toy Story, Bichos y
Monsters Inc, e imprime su sello. Lo tradicional no quiere morir, quiere
verse transformado, adaptado.
Antes de Lilo & Stitch, película que después del
éxito de Monsters Inc, presenta animación de 2D, Disney
tuvo un éxito moderado en películas del mismo tipo como Atlantis
y Tarzán, que demostraban cuan novedosos eran los dibujos a
lápiz con un tratamiento computarizado tan avanzado enteramente promocionado
por Disney.
Aunque tuvo competidores como Titán A. E, Anastasia y La
Edad de Hielo (la primera y la segunda en 2D y la última en CG),
Disney se ha dado entonces a la tarea, con Lilo & Stitch, de jugar
con sus mismas tradiciones y ponerlas en riesgo, en ver quién gana el
juego de la ruptura: si lo clásico o lo postmoderno.
Así, parece que la adaptación de historias infantiles del libro
a la pantalla ha quedado atrás o se encuentran estancada, ya que se han
creado historias nuevas donde el argumento se convierte en un factor secundario
ante la magnitud de recursos empleados para su realización. Queda por
responder si la animación rompe la línea con lo real o lo evidencia
aun más, si ésta es capaz de hacer que un niño lea (como
en el caso de Harry Potter de la inglesa J. K. Rowling y de Shrek,
del escritor William Steig) o se quede en su casa con un videojuego o prefiera
ir al cine, antes que conocer historias que en su problemática no tratan
de un asunto meramente infantil, sino que se adaptan a la idiosincrasia del
niño para hacerle partícipe y lector del mundo en el que vive.
¿Puede existir un futuro para la literatura infantil, aunque ésta
ya no se encuentre en el tradicional y clásico libro de papel y pastas?
Se busca que haya un registro permanente de datos e imágenes, y una forma
de hacer esto es tratarlo mediante las nuevas tecnologías. Así,
parece que conforme este proceso avance el libro morirá, quedará
como pieza de un museo o, lo que es peor, como una imagen digitalizada en algún
breviario cibernético con el paso del tiempo. La creación literaria
siempre se encuentra en constante cambio, en la creación de códigos
e historias nuevas. La subversión existe, aunque sólo sea evidenciando
la decadencia de nuestra sociedad. ![]()