La literatura nace en la infancia

Por Ariel Búmbalo
21/julio/2003



Esa vasta región de la literatura a la que se reconoce bajo la marca de “literatura infantil” es, pese a su prosperidad, escenario de una larga polémica. Con sólidas razones, no pocos autores y lectores perspicaces consideran la franja un engendro, en el mejor de los casos un ‘subgénero’. César Aira, haciéndose eco de la aversión de Borges hacia toda ‘literatura infantil’, resalta que es “más industria que género” y que su pecado original está en haber forzado un corte “de los dominios de la infancia y la vida adulta”.
Es que resulta indiscutible que la industria y el afán de negocio entraron a saco en la relación mágica que se suele establecer entre un niño y un libro y la pusieron a trabajar para que rinda dinero. Al fin y al cabo, la mayoría de los padres son capaces de hacer y de gastar lo que sea para satisfacer, entretener y hasta ilustrar a sus hijos. Así es como nació una suerte de ‘corpus literario’ intensamente digitado, paraíso de la manipulación, la demagogia, los prejuicios y la tilinguería, al que habitualmente se hace referencia con la denominación de “literatura infantil”. Allí han hecho su fiesta los psicopedagogos, los iluminados del marketing, los educadores pusilánimes, las señoras gordas (o flacas) narcisistas y, por supuesto, la gente de negocio. Los autores casi no existen, sepultados por las recomendaciones, y los niños suelen transitar sin riesgo ni sorpresa ni alegría por historias anodinas que contribuyen a que el acto de la lectura pierda misterio y contundencia. En un mundo en que los adultos mandamos o aceptamos pasivamente que otros manden a sus niños a trabajar, a mendigar, a robar o a prostituirse, en los cuentos se les oculta a los mismos niños que el lobo se comió a Caperucita y a la abuela, o que las brujas suelen almorzarse a los niños tras darles un golpe de horno. Otro sorprendente giro de la hipocresía de los mayores.
Lo peor de esa presión del mercado es que, tal como el propio Aira lo señala, “queda obstruida de entrada la gran libertad creativa de la literatura, que es en primer lugar la libertad de crear al lector, y hacerlo niño y adulto al mismo tiempo, hombre y mujer, uno y muchos”. Es que antes de que el mercado inventara el rubro nadie se ponía a pensar si estaba escribiendo o leyendo literatura infantil. Autores como Perrault, Andersen, los hermanos Grimm, Verne, Stevenson o Twain jamás escribieron cuentos para niños si no solamente cuentos. Tanto para los autores y como para los lectores, aquel territorio de libre invención y de libre encuentro aparece ahora condicionado de antemano.
De todos modos, hay que reconocer también que dentro del aluvión de productos literarios para niños surgen autores y obras incuestionables. Una considerable cantidad de escritores se las arregla para sortear las imposiciones y limitaciones y producen literatura de la mejor. Tal como Gustavo Roldán lo destaca, existe actualmente “una gran apertura al tratamiento de temas que eran considerados tabúes: la muerte, el sexo, la política, los aspectos poco agradables de la realidad”.
A la sólida e inspiradora base que representan los relatos clásicos, los actuales autores de historias infantiles les agregan la inmensa riqueza y variedad de estímulos que posee el mundo en que vivimos. Brujas, fantasmas y gigantes se han aggiornado; la fantasía y el humor se regeneran intactos. Al fin y al cabo sigue habiendo autores literariamente honestos que saben que no es bueno ni útil engañar a nadie, y menos los niños, y que es un gran desafío no perderlos como lectores...