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“Desde
chiquito, todo lector es un rebelde, un insatisfecho” |
25/marzo/2003
Graciela
Montes, tiene casi una centena de títulos para chicos. “Y el árbol
siguió creciendo”, “Historia de un amor exagerado”
y “Otroso” son apenas tres de sus clásicos. Tiene también
ensayos especializados. El último es “Literatura infantil. Creación,
censura y resistencia” (Sudamericana), con la brasileña Ana María
Machado.
—Para un sector importante de chicos (desde la clase media hacia arriba),
la vida ocurre, me parece, demasiado organizada. Hablo de chicos con agenda
completa de actividades, a los que hasta el cumpleaños se les organiza,
con animador incluido. ¿Todo esto promueve que sean más creativos
y mejores lectores?
—Es arriesgado dar una respuesta que cubra todos los ejemplos. Pero, de
todas maneras, digo que no, que una vida tan pautada no favorece la creatividad
ni la lectura. Empecemos por ver qué entiendo yo por lectura. Es una
actividad más amplia que “leer libros”: es sentirse desconcertado
frente al mundo, buscar signos y construir sentido. Para leer de esa manera,
con esa intensidad, la vacancia, la disponibilidad, el no asustarse por el vacío
es fundamental. Y cuando la programación de la vida es muy rigurosa,
parecería que no hay grietas ni lugar donde sentirse desconcertado, perplejo,
cuestionador, inquieto por todo lo que a uno lo rodea. El aburrimiento —eso
que de chicos llamábamos aburrimiento y que siempre terminaba en algún
juego interesante o en alguna lectura— me parece útil, imprescindible
para el desarrollo de una persona.
—En
general, a los adultos nos preocupa y hasta nos asusta el aburrimiento de los
chicos...
—Lo que pasa es que es difícil de tolerar. Nuestra cultura lo rechaza
porque no tolera ver pasar el tiempo; quiere anularlo, simular que no existe.
—Uno
suele tener miedo de que un chico aburrido se convierta en un chico triste.
—No hay que desesperarse. Ese vacío siempre tiene un punto de angustia,
pero que no necesariamente supone tristeza, sino generalmente la posibilidad
de imaginar y construir sentidos nuevos. Es como la página vacía
para inaugurar una escritura. Es el momento en el que uno se mira a sí
mismo, ve sus cosas y el entorno de una manera extrañada, no utilitaria,
no instrumental. Ahí pueden aparecer preguntas y respuestas originales.
“¿Y? ¿Para qué eran todas estas cosas? ¿Y
yo quién era?” De ese desacomodamiento, de esa incertidumbre, siempre
salen cosas positivas.
—¿Uno
se hace lector entonces por insatisfacción, porque tiene algún
tipo de angustia y necesita aplacarla?
—Por una insatisfacción, seguramente. Yo creo que la lectura nace
del desequilibrio, no del equilibrio. Nace del cuestionamiento, de la inquietud,
del anhelo, del deseo. De todo lo que nos muestra que no somos seres completos.
Desde chiquito, todo lector es un insatisfecho, un rebelde. La conciencia primera,
cuando uno empieza a ver el mundo y a verse, es desasosegante, desequilibra.
Y uno lee, hace sus pequeños universos de sentido para de alguna manera
lograr equilibrios precarios. Y digo precarios porque son equilibrios siempre
en movimiento, que se hacen y se deshacen, pero realmente útiles, porque
ese dinamismo asegura vida, plenitud.
—Por
su descripción, parece que hay rasgos innatos que nos hacen o no lectores.
¿Un lector nace o se hace?
—Yo creo que todos tenemos una disposición natural para la lectura.
Seguramente hay personas con deseos más insatisfechos o con una fantasía
más amplia y con impulsos más fuertes y perdurables hacia la lectura.
Pero todos nacemos lectores. Todos tenemos inclinación a interrogarnos
sobre las cosas. Por eso es fundamental saber cómo la escuela actúa
sobre esa “naturaleza” entre comillas, porque sabemos que la cultura
influye siempre sobre cualquier disposición. La escuela no debería
entonces aniquilar esa disposición inicial a preguntarse todo y a intentar
respuestas por vía de la lectura.
—El
docente suele ser también un adulto para el que el aburrimiento de los
chicos es inmanejable, inquietante. Me imagino que la escuela tiende entonces
a aquietar toda insatisfacción y no a estimularla.
—Sí, seguramente. Siempre hay asimilación y acomodación,
como decía Piaget. Es decir, siempre hay un anhelo de tragarse el mundo
y hay un mundo que a uno lo pone en caja. Ese es un juego permanente en el que
la escuela es socializadora y necesita por lo tanto controlar algunas cosas.
Pero conozco muchos docentes que son capaces de mantener viva la inquietud creativa
de los chicos.
—Pero
hay muchos que creen que la escuela es la única responsable de que los
chicos no lean más.
—Los adultos suelen estar muy preocupados porque los chicos no leen, pero
no se miran a sí mismos con honestidad. Los padres siempre traen esas
quejas a la Feria del Libro, por ejemplo. Generalmente, los que no leen son
ellos. No se tientan con un libro ni con el diario; no están en postura
de lectura.
—¿Qué
significa “postura de lectura”?
—Hablo de esa actitud de lectura que implica, como le decía antes,
insatisfacción, perplejidad, búsqueda. Me inquieta ver que hay
padres que organizan concursos de lectura a ver qué hijo lee más
libros o que pagan por libro leído. Es un poco zonzo pensar que con eso
se está estimulando la lectura o creando lectores.
—¿Qué
sugiere usted entonces?
—Les diría a los padres que se pongan no solamente a leer un libro
con los chicos, sino a mirar el mundo con ellos. A mirar el barrio, los cambios
que hubo en un año, por ejemplo. En esas pequeñas “lecturas
del mundo” los chicos son plásticos, activos, creativos y tienen
mucha más disponibilidad que los adultos. Si se les estimula ese juego,
enseguida se enganchan. Sugiero también que los adultos les lean en voz
alta, o que lean juntos cada uno su libro, o que lean primero un capítulo
uno, después un capítulo otro, o como sea: lo importante es que
compartan el hábito y el placer. Es fundamental leer cosas que resulten
significativas, valiosas. Es decir, que la lectura tenga un sentido.
—¿Cuáles
son los buenos textos? ¿Cómo darse cuenta?
—Teniendo en cuenta que, de todas maneras, los chicos van a leer de todo
y que en ese todo hay un montón de cosas adocenadas que, por fortuna,
no dejan huellas, ni buenas ni malas. La ventaja de ir incorporando otros textos,
urticantes, desasosegantes, fuera de los márgenes habituales, es que
mueven la cabeza, lo cambian a uno, lo desestructuran y permiten construir algo
más personal. Por eso, un buen texto literario, aunque sea uno cada tanto,
está lleno de fermento, de muchísimas posibilidades de producir
cosas en uno.
—¿La
libertad creativa del autor estimula la del lector?
—Exactamente. Porque si no, si el libro responde a una receta, puede aparecer
lo políticamente correcto que es, por ejemplo, tratar este tema porque
debe ser tratado. ¿Hay un problema con el alcoholismo? Hagamos un cuento
que trate el alcoholismo. Es tan fácil caer en eso.
—¿Por
qué?
—Porque la literatura de los chicos es tan vigilada que es muy fácil
que aparezcan mandatos y que se busque responder a ellos. Pero eso, a la larga,
siempre es sospechoso para un chico: porque lo recibe como lección, como
moraleja, y no funciona como literatura. La literatura es otra cosa: es un lugar
donde se producen rupturas. Es cierto que hay que tener en cuenta los temas,
pero no es lo esencial, me parece. Hay cuentos de terror, sobre el amor, sobre
la muerte... En fin, temas que quizá antes no se trataban.
—El
tema de la muerte es particularmente difícil. ¿Cómo hacer
un buen cuento para chicos con ese tema?
—Hay hermosos cuentos que tratan la muerte muy bien, porque la transforman
no en tema sino en literatura. Uno es de Laura Devetach, “Monigote en
la arena”. El otro, de Gustavo Roldán, “Como si el ruido
pudiera molestar”, y otro, muy irónico, que aparece en “Los
imposibles” de Ema Wolf, que es el del señor Lanari, un señor
hecho de lana que se desteje. Cuando termina de destejerse, llega a la casa
de la abuela, y la abuela lo empieza a tejer. Es una hermosísima imagen.
Eso es literatura. No es literatura armar una historia del tipo “éste
es el caso de un niño al que se le murió alguien, entonces, vamos
a ver cómo lo consolamos con una novela”. No tengo nada contra
la gente que hace eso, lo que digo es que no me refiero a eso cuando repito
que la buena literatura es urticante y desestructura.
—Según
esos criterios, ¿Harry Potter es un buen libro para chicos?
—Es muy difícil separar el libro del aparato comercial que lo rodea,
¿no cree? Harry Potter es un libro extraordinariamente eficaz,
que tiene todos los ingredientes: magia, emoción, aventuras... Es también
previsible, cerrado, casi un libro del siglo XIX. Pero no me parece mal. Lo
terrible es que alguien piense que si lee Harry Potter ya se recibió
de lector y no necesita leer nada más. Porque cualquier cosa que funcione
en la lectura como talismán, como cierre —“bueno, después
de esto, el desierto; se acabó la historia, leemos esto y ya no leemos
nada más”— es perjudicial, porque la lectura es siempre una
construcción provisoria, llena de quiebres. La lectura, para nuestra
felicidad, es como el señor Lanari: está tejiéndose y destejiéndose
siempre.
—¿La
televisión y la computadora son parte de ese corral que aprisiona o pueden
estimular la creatividad y la lectura?
—La computadora tiene posibilidades extraordinarias, porque es una máquina
de producir textos. Con ella uno es actor, nunca un ser pasivo. Los chicos en
general lo descubren muy pronto y están desarrollando una escritura propia
de correo electrónico y de chat bastante interesante, a la que habría
que prestar atención y ver cómo se está desarrollando.
—¿No
le asusta un poco la simplificación que los chicos hacen del lenguaje
en la computadora e incluso la tergiversación de los signos?
— No, no me asusta porque nada que sea una transformación en el
lenguaje me asusta. Quizá me inquieta, pero gozosamente. Me digo ¡adónde
iremos!, ¡qué divertido!, ¡qué va a pasar!, ¡cómo
se va a transformar esto! No me parece que tenga que abroquelarme detrás
de la Academia de la Lengua. No, porque el lenguaje es vivo, y yo estoy del
lado del lenguaje vivo; yo soy una escritora, no una académica. Así
que me parece fantástico que modifiquen, que rompan y que creen un lenguaje
nuevo si hace falta. La cuestión es que lo usen. Y que lo usen para decir
su palabra, una palabra personal, no para repetir un esquema. Si para poder
construir esa palabra personal tienen que destruir algunas cosas, bueno, tendrán
que destruirlas, ya veremos qué hacemos luego. Mientras tanto, uno podría,
como adulto, contribuir acercándoles los buenos textos, para nutrirlos
y enriquecer la transformación.
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