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Diálogo
con Ema Wolf |
Por
Aracely Maldonado
Revista Aquí vivimos, Córdoba, Argentina, abril, 2001
Ema
Wolf es una de las autoras de libros infantiles más prolíficas
de la Argentina. Nació en Carapachay, provincia de Buenos Aires, hace
52 años y lleva editados cerca de 40 títulos. En una larga charla
a merced de la siesta cordobesa, ella defendió la idea de que “los
libros para chicos no son de evasión; son de conocimiento,
porque les permiten sacar el ‘hocico’ afuera para entender un poco
más el adentro”.
—¿Por
qué es aconsejable que un niño lea?
—La lectura, en principio, te abre el ‘coco’. En mi caso funcionó
de esa manera, me abrió al mundo, a la geografía y al tiempo.
Siempre me gustaron las historias que estaban lejos en el espacio y en el tiempo,
y empecé a conocer todo eso a través de los libros.
—El
televisor también abre un importante canal de información respecto
del mundo.
—El tema es que la lectura es más exigente, obliga al receptor
a un esfuerzo de elaboración. Se es un receptor más activo frente
al libro que frente a la pantalla del televisor. La idea es que el receptor
—como decía el escritor italiano Umberto Eco— llene esos
agujeros de significación que provoca el emisor. Los libros son mucho
más demandantes en ese aspecto, por lo tanto el esfuerzo de participación
del receptor es más poderoso y la satisfacción también
es mayor.
De todos modos,
no creo que haya que plantear un antagonismo entre libros y televisor, o entre
libros e internet; hay muchos libros muy malos, libros que piden tan poco como
el más flojo de los programas televisivos. Se presume a la literatura
como algo mejor de arranque, hasta que queda demostrado que hay cosas que no
son tan buenas. A la televisión le pasa lo inverso, se la presume mala
hasta que de pronto uno descubre que hay cosas en la pantalla que sí
vale la pena ver.
Lo que hay que desarrollar, en todo caso, es un sentido crítico frente
a la lectura, frente al televisor, frente al cine, al teatro y a todas las cosas
de esta vida. Constituirse en un receptor lúcido e inducir a los chicos
a que también lo sean. A que se lea y se mire con espíritu crítico,
y a que se procese toda la información en un estado de alerta.
—A
propósito: el cine, la televisión, muestran historias cargadas
de agresividad... Hay quienes se escudan en que el mundo en el que vive un chico,
en el que vivimos todos, es muy agresivo. Pero, aun así ¿es necesario
mostrárselo tan crudamente?
—Habría que ver, porque si se piensa en los viejos relatos populares
de donde salieron los antiguos libros para chicos, esos también eran
crueles. Probablemente ahí está la diferencia: eran crueles pero
la agresividad es una cosa diferente. Hay violencia, que no es lo mismo que
haya crueldad. También es cierto que las historias para chicos han perdido
fuerza épica, dramatismo, se volvieron livianas, muy ‘light’,
muy ‘ñoñas’. Y en parte a eso se debe que hayan perdido
interés. Creo que el cine y la televisión tienen un registro violento
que la literatura infantil perdió, pero aún no podría dilucidar
bien dónde está la pérdida y dónde está la
ganancia de esta situación. Cuando yo era chica leía a Salgari
—nadie diría hoy que Salgari es un autor incorrecto o inadecuado
para los chicos— pero reconozco que en esos relatos había muchos
elementos violentos. Sandokán, mi héroe, tomaba a un prisionero
y lo colgaba de los pulgares para hacerlo confesar. Cuando yo era chica, nadie
se escandalizaba ni se espantaba por eso que hoy sería inadmisible. El
hecho de que aparezca violencia en un relato no lo convierte necesariamente
en malo; el tema es el resultado, quiénes ejercen la violencia y cómo
termina la historia. Porque también es cierto que en las historias clásicas,
el bien triunfaba al final. Pero deberíamos hacer una evaluación
menos candorosa de lo que está pasando, porque también es cierto
que cuando las historias son terriblemente lavadas no hay conflicto, no hay
antagonistas y los chicos se aburren.
—Harry
Potter, de J.K. Rowling, es un ‘boom’ entre los chicos, tal vez
porque recuperó esa fuerza épica.
—Claro, porque ahí hay malos, hay buenos, y pasan cosas terribles.
Harry Potter es un fenómeno y es eficaz, además, porque ha recogido
todos los recursos más efectivos de la narrativa para chicos, clásica
y contemporánea. Hizo un gran guiso con todos ellos y consiguió
un producto eficaz e inteligente. Harry Potter no tiene nada nuevo, pero es
la suma de recursos muy probados que a los chicos les gusta mucho y entiendo
que sea así.
—¿Cómo
seleccionar un buen libro para los chicos?
—Yo no creo en las recomendaciones ecuménicas, donde se establece
una lista de seis o siete libros, porque eso debe hacerse a partir del conocimiento
del chico. Me parece que con ellos hay que proceder como con tus amigos. A ellos
les dirías: ‘Me parece que te va a encantar esto’, o si no:
‘A mí me gustó muchísimo; te recomiendo que lo leas
y que me digas qué te parece’. Algo similar pasa con las películas.
Del mismo modo en que uno opera en el universo de los adultos debe hacerlo en
el de los chicos.
—Además,
no todos los niños tienen la misma competencia de lectura.
—Exacto. Sucede lo mismo con las adjudicaciones que hacen las editoriales:
‘Esto es recomendable para chicos de diez años en adelante’.
No son lo mismo los diez años de un chico que asiste a una escuela rural
de Formosa, que los de un hijo de profesionales que vive en Córdoba o
en Buenos Aires. El libro es para quien lo entiende y lo disfruta. Yo creo en
el ‘mano a mano’ y también en algo que nunca se hace: advertirle
al chico cuando un libro es malísimo. Este es un acto de sinceramiento
y honestidad, porque si vamos a venderles el buzón de que todos los libros
son maravillosos crearemos lectores frustrados. Hay libros que están
muy por debajo de la inteligencia de los lectores.
—La
literatura ¿tiene el poder de cambiar el mundo interior de un chico?
—Creo que lo modifica en la medida en que va dejando cosas. El escritor
Ítalo Calvino hablaba de la estantería del lector y decía
que cada uno tenía una estantería virtual, donde incorporaba algunos
libros, después otros, y esos nuevos iban desplazando a los anteriores,
o no, o al revés, libros que iluminan otros libros que no consideramos
muy importantes.
Creo que los libros modifican la conducta mental, el espíritu, la intimidad,
la percepción, la manera de ver el mundo, su escala de valores. Modifican
el mundo interno pero no lo salvan. Porque leer también es riesgoso y
los padres no admiten eso fácilmente. Un hijo puede llegar a pensar muy
distinto de lo que piensan sus padres y esa modificación no siempre se
da de una manera angelical. Por eso también es fascinante la lectura.
Es un camino en el conocimiento y no tiene garantías al final.
—¿Dónde
está la fractura entre los niños y la lectura?
—Hay una suma de cosas. Hace tres años di una charla en Tucumán
acerca de la cantidad de cosas que hacen los adultos para que los chicos no
lean. En principio no hubo planes de lectura desde las esferas oficiales; no
hay libros en las escuelas; no hay libros en las bibliotecas, que están
abandonadas; no hay estímulos bien planificados desde el Ministerio de
Educación o la Secretaría de Cultura, algo que emane como un plan
sistemático para juntar los libros con los chicos.
Por otro lado, los editores, que actúan con una falta total de selectividad,
están conspirando, porque es muy poca la oferta de libros buenos que
se pueden descubrir en medio de una oferta casi infernal.
También están las revistas infantiles que ofrecen cada vez menos
textos. Basta con comparar un Billiken de los años ’50
con un ejemplar de hoy, para advertirlo. Ellos se han montado demagógicamente
en la circunstancia de que el chico no lee. Un argumento que ‘Harry Potter’
desbarató, porque tiene más de 200 páginas. Entonces, como
los chicos leen poco, se les ofrece poco para leer. Y consiguen un efecto no
buscado: el imperio de la pura imagen.
Los libros son caros y éste es un problema industrial en nuestro país.
En el resto de Latinoamérica, con industrias editoriales poderosas, por
seis pesos se pueden comprar libros maravillosos.
Cuando a mi me dicen: ‘Los chicos no leen’, yo pregunto: ‘¿Qué
chicos?’ porque no hay una respuesta única que involucre a todos
los chicos de este país. Hay cientos de miles de chicos que no leen porque
no tienen acceso a los libros. Entonces “emparejá y largamos”,
como decía Arturo Jauretche.
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