La escritura literaria

Por Patricia Suárez
15ª Feria del Libro Infantil y Juvenil - julio/2004



En uno de sus libros Ernest Junger(1) escribió: “Generalmente me quedaba leyendo hasta muy tarde, ya que un día sin libros es para mí un día perdido”. Tal vez el único consejo válido e ineludible que se le puede dar a un escritor es que lea como conejo, vale decir, que lea todo lo que se presente delante de sus narices, vale decir sus ojos. Un escritor debe ser una persona desprejuiciada respecto de sus lecturas, un espíritu abierto. Si bien la lectura dogmática y acádemica, las “historias de la literatura” que se imparten en las academias y en las universidades, sitúan de alguna manera al futuro escritor en medio de ese maremágnum que es la literatura universal y sus influencias y encadenamientos sucesivos de genealogías; no es de las escuelas de letras de donde salen, por lo general, la mayor parte de los escritores. Más bien todo lo contrario, dado que para un tímido e incipiente escritor, los conocimientos literarios impartidos en las aulas suelen tender a sacralizar la literatura y el oficio de escritor a un punto tal que nuestro tímido acaba inhibido y a veces impotente de ejercer su deseo de escribir durante largos años.
De allí que el escritor deberá forjarse su propio “canon” literario y para ello deberá ejercitar la lectura como herramienta indispensable de su hacer. Quizá una de las preguntas que más atormentan a un escritor en ciernes es cómo distinguir un libro bueno de uno malo. A propósito de esta pregunta, inherente a todas las artes, hay una anécdota en la novela “Barbazul” de Kurt Vonnegut.(2) La protagonista de la novela pregunta al pintor abstracto Rabo Karabekian, cómo distinguir un cuadro bueno de uno malo. Y la respuesta que le da es la siguiente: “Lo único que tienes que hacer es contemplar un millón de cuadros, y entonces no podrás equivocarte jamás”. La única manera de hacerse con un criterio de lecturas es leer sin descanso, leer como un enfermo casi todo lo que llegue a manos de uno, y lo que no llegue, salir a buscarlo.
El escritor novato aprenderá de los clásicos, a tal punto que Stephen Viczinzey(3) recomenderá supeditar la lectura de material recién editado a la lectura y sobre todo, la re-lectura de textos clásicos como “Las ilusiones perdidas” de Honoré de Balzac. Un escritor, sin embargo, aprenderá también de los libros malos: Stephen King, el mago del terror norteamericano, da como ejemplo en su libro “Escribir”, que leer libros malos y detectarlos como tales edifican un criterio y una estética del escritor novel, que hará sobre ellos diagnósticos sobre cómo hubieran sido mejores esos libros si en tal o cual capítulo hubiera sucedido tal cosa o tal otra.
Pero ya sea que se ponga en discusión el material, lo que no entra aquí es descalificar a la lectura como la herramienta fundamental con la que cuenta un escritor.
A su vez, la lectura se promueve en sentido contrario: así como es herramienta de escritores, según dijimos antes, es también el mayor estímulo para que un lector se vuelva un escritor. Lector y escritor son las dos caras de la luna: se trata de dos actividades alternas que dependen la una de la otra y que se retroalimentan. Hay muchos motivos para querer aprender a escribir, con esto queremos decir, aprehender las técnicas para contar una historia, sin duda uno de los motivos predominantes es la vocación, pero también está el efecto de contagio que logra la lectura —una lectura hecha con placer y de aquellas en que uno acaba lamentándose de que se termine el libro— en la cual el lector exclama: ¡Cómo me gustaría a mí escribir algo así! (Exclamación, claro está, que es como la víbora bajo la flor de los escritores).
Tal vez uno pueda preguntarse con justicia para qué escribir, y esto en realidad es algo que nadie puede contestar. Nadie le está pidiendo a uno que se meta en el difícil camino de la escritura, que cuente historias. Pero de pronto hay algo, una materia sin forma que está dentro de nuestra cabeza y clama por ser llevada al papel. Todavía ni siquiera sabemos qué es. Sabemos que es algo, pero no comprendemos completamente su entidad. Se escribe por muchas razones: porque hay algo que uno quiere decir que a veces ni siquiera sabe qué es, o porque hay algo de lo que se quiere dejar constancia como un sentimiento o un recuerdo, o porque uno quiere demostrar una cosa, denunciarla u homenajearla, o para evadirse de la realidad cotidiana a una realidad metafórica o para permanecer en la realidad. Cees Nooteboom(4) en su novela “Las montañas de Holanda” escribe: “Pero ¿por qué alguien escribe un cuento de hadas? ¿Por qué la realidad le resultaba insoportable? Los mitos no los escribió nadie, y ésa debía ser sin duda la clave. Escribir cuentos de hadas era un falso anhelo de escribir mitos y, por tanto, un anhelo de no ser nadie, o de ser todo un pueblo, una masa sin nombre ni rostro, una especie extinguida”. A modo de ilustración, van aquí las palabras de Clarice Lispector(5) en La hora de la Estrella escribió: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días”.
Dijo Borges(6) en una de sus conferencias: “¿Qué significa para mí ser escritor? Significa simplemente ser fiel a mi imaginación. Cuando escribo algo no me lo planteo como objetivamente verdadero (lo puramente objetivo es una trama de circunstancias y accidentes) sino como verdadero porque es fiel a algo mas profundo. Cuando escribo un relato, lo escribo porque creo en él: no como uno cree en algo meramente histórico, sino, más bien, como uno cree en un sueño o una idea”.
Una vez que el futuro escritor tomó la decisión de escribir, se enfrenta a determinados problemas. El “cómo se hace” es el problema primero y principal que da lugar a mil pequeños problemas que intentan allanar los talleres literarios o, por lo menos, despejar lo suficiente como para que nuestro escritor no pierda su entusiasmo. Indudablemente, la narrativa y la poesía obligan a formas diferentes de acercamiento. Podríamos atrevernos a enunciar que mientras que la poesía hace de la inmediatez su bastión a la hora de escribir, la narrativa lo hace con el fantaseo, aquel pasarse horas, días, semanas, puliendo dentro de nuestra mente cómo serán los personajes, la atmósfera, el estilo.
Cada uno de nosotros es una genealogía y un compendio de sus lecturas. Tal vez no seríamos las mismas personas si hubiéramos hecho lecturas diferentes a las que hicimos y sin duda no seríamos quiénes somos si no hubiéramos leído. El sábado 17 de Julio, Clarín publicó una nota del crítico norteamericano Harold Bloom sobre la lectura, donde él decía que antes se leía más porque había menos estímulos tecnológicos, por decir: la televisión, la computadora, los video-juegos, etc. Entonces él sugiere reducir el número de computadoras a una sola en la casa. Más allá de que esta problemática es netamente norteamericana —muy pocos niños tienen su propia computadora en Argentina—, un lector no se crea por la privación.
Siempre hay otra cosa para hacer, en lugar de leer. No pasa por los estímulos que uno tenga fuera, sino por la efectividad con que actúe el estímulo a la lectura desde dentro. Yo creo modestamente que esto es posible. Yo encuentro sólo dos herramientas básicas para transmitir este hábito: la primera aplicable a este asunto en particular y la segunda aplicable a todos los hábitos que uno quiere enseñar a un niño. Para transmitir el hábito por la lectura son necesarios libros y amor.

Notas:
(1) Escritor alemán contemporáneo. La frase citada es de la novela de 1932: El problema de Aladino. Cátedra, 1993.
(2) Escritor norteamericano nacido en 1922. Autor de Matadero Cinco, Madre noche, y otras obras de un tipo de ficción muy particular en las que aborda la vida política
(3) Escritor húngaro contemporáneo autor entre otros de las novelas “En brazos de la mujer madura” y “Un millonario inocente”.
(4) Escritor holandés contemporáneo. Ha publicado novelas como Rituales y La historia siguiente.
(5) Escritora brasileña autora de varios libros, entre ellos Lazos de familia (cuentos), y las novelas La manzana en la oscuridad, La araña y La pasión según G.H.
(6) Tomado de Arte poética. Seis conferencias. Editorial Crítica. Barcelona, 2001. Fueron seis conferencias dictadas en inglés en la Universidad de Harvard en 1967-68.