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Había
una vez, y otra vez y otra vez |
Por
Celina Alberto
La Voz del Interior. Córdoba. Argentina - 18/octubre/2004
Los chicos ya no le tienen miedo al Lobo
Feroz porque una pistola nueve milímetros o una navaja escondida en la
mochila de un compañerito son bastante más aterradores y reales
que un predador acechando en un bosque imaginario.
Las moralejas sobre desconfiar de los extraños tampoco son muy efectivas
cuando curas y maestras jardineras son procesados por abuso de menores y la
fuerza que debe velar por la seguridad está sospechada de cobijar entre
sus filas a un violador serial.
El mundo encantado de los cuentos de hadas, donde los protagonistas eran salvados
mágicamente por hadas y conjuros y la maldad tenía siempre la
forma de ogros, brujas y monstruos, ya no parecería encontrar asidero
en una sociedad donde Hannibal Lecter es un héroe simpático y
los efectos especiales compiten con la imaginación más habilidosa.
La realidad es sin embargo otra y, por más desactualizadas que parezcan
sus circunstancias, pocos se atreverían a asegurar que La bella durmiente,
Cenicienta, El gato con botas o Hansel y Gretel han perdido siquiera
una pizca de su vigencia.
A contrapelo del furor por el animé, la alienación de
los jueguitos electrónicos y las novelas de Cris Morena, los chicos siguen
leyendo los cuentos de Hans Christian Andersen, los Hermanos Grimm y Charles
Perrault, y los abuelos y padres se los siguen contando antes de dormir.
Guillermo Saavedra, escritor y autor de Cenicienta no escarmienta
(Alfaguara), dice que la causa por la que estas historias se siguen consumiendo
es porque en ellas están las matrices de los grandes relatos de la humanidad.
“Se narra para dar sentido a la existencia, para justificar lo incomprensible,
lo misterioso, para reparar las heridas que el mundo nos inflige. Y estos cuentos
tienen la indestructibilidad de lo que se acumula por generaciones, la anónima
sabiduría de los pueblos”.
Algo similar opina Perla Suez, autora de Memorias de Vladimir
(Colihue) y Dimitri en la tormenta (Primera Sudamericana), entre otros
títulos infantiles y juveniles, y agrega que esa misma universalidad
es la que les garantiza un lugar entre los patrimonios culturales de la humanidad.
“Más allá de si los europeos nos vinieron a colonizar o
no con sus historias y arquetipos, creo que igualmente ya están instalados
en el inconsciente social y por eso hay que seguir preservándolos y contándolos”,
dice la autora.
Adela Basch, docente y escritora también de cuentos
como Oiga Chamigo Aguará (Colihue) y El yacaré y
la sirena (Guadal), entre otros, sostiene que gran parte del valor de los
cuentos de hadas reside en la capacidad de involucrar a los lectores y hacer
que se identifiquen con sus personajes, en especial los chicos o quienes atraviesan
una etapa de crecimiento. “Salvo que sean adaptaciones muy bastardeadas
o marketineras –aclara –, de esas que resumen en cuatro líneas
toda la historia y denigran al cuento, estos relatos enseñan sobre los
procesos interiores, tienen cuestiones arquetípicas de la humanidad y
en ellos están presentes pasiones, valores y anti valores que son patrimonio
de todos, como el amor, la envidia, el deseo, el poder o el ansia de someter
a otros”.
Nunca antes de dormir
La
primera versión de Cenicienta se llamaba Yeh-hsien
y su historia fue recogida en el siglo IX después de Cristo. Yeh-hsien
usaba un vestido de plumas y diminutos zapatos de oro y al final de la historia
triunfa sobre su madrastra y sus hermanastras, que terminan asesinadas por un
puñado de piedras voladoras.
En la versión de Giambattista Basile (1575-1632), titulada La gata
cenicienta, la heroína se llama Zezolla y a falta de una tiene que
sufrir los maltratos de dos madrastras despiadadas, a la primera de las cuales
Zezolla asesina con el golpe de la tapa de un baúl en la cabeza. La versión
alemana tampoco es demasiado sutil con las imágenes y culmina con una
Cenicienta mucho menos compasiva de lo esperado, que hace que una bandada de
palomas les arranquen los ojos a sus hermanastras, durante la boda con el príncipe.
Hasta ahí el caso de uno de los cuentos más conocidos y que mayor
profusión de versiones tuvo, no sólo en la literatura sino además
en el cine, el teatro, la televisión y hasta la ópera.
Bastante más sangrienta es la esencia de relatos como El enebro,
donde otra madrastra decapita al hijo de su esposo, con otra tapa de baúl,
y para ocultar el crimen vuelve a poner la cabeza del niño sobre el cuerpo,
le pone una manzana entre las manos y disimula el corte en el cuello con una
bufanda de paño blanco.
Lejos de la versión de Disney donde la reina de Blancanieves pide al
cazador que lleve a la niña al bosque y traiga su corazón como
prueba de muerte, la adaptación de los hermanos Grimm es bastante más
sanguinaria y hace que la orden sume el hígado y los pulmones al pedido,
vísceras que terminarán devoradas por su vanidosa majestad.
El caso de cuentos como Los tres chanchitos o El lobo y los siete
cabritos, en los que a la mayoría de los editores les tiembla el
pulso a la hora de incluir o no el desenlace en el que los hermanitos holgazanes
o imprudentes son devorados vivos, demuestra hasta qué punto los límites
de tolerancia de la sensibilidad infantil se han ido modificando culturalmente
con el paso del tiempo.
Hola señor miedo
Si
Bruno Bettleheim planteó, en su Psicoanálisis de los cuentos
de hadas (1976), la capacidad terapéutica de los relatos fantásticos
en niños y adultos, la corriente alternativa decidió que era mejor
suavizar todo rastro de procacidad, violencia e imágenes macabras en
las historias que escucharan los chicos antes de irse a dormir.
El psicólogo argumentaba en su tesis que los cuentos de hadas no sólo
permitían analizar los miedos sino que además ayudaban a deshacerse
de sentimientos hostiles y deseos dañinos, ya que en la fantasía
y la imaginación era posible encontrar un lugar seguro donde enfrentar
los temores y dominarlos. “La verdadera magia de los cuentos consiste
en extraer placer del miedo”, decía, y lo que fuera material de
entretenimiento y dispersión pasó desde entonces a integrar el
repertorio de material de trabajo de psicoanalistas infantiles.
Hansel y Gretel es uno de los casos paradigmáticos donde los
niños triunfan sobre adultos hostiles y el temor a ser abandonados o
morir de hambre se resuelve a través del enfrentamiento con una bruja,
un ogro u otro ser malvado, al que finalmente se les quitan sus riquezas. Lo
mismo sucede con Pulgarcito, Jack y la mata de judías o El
gato con botas, considerado por algunos como una apología de la
viveza criolla.
La mayoría de las versiones que llegan a los chicos son sin embargo purificadas
de toda ambigüedad moral y la confianza en la literatura como matriz de
ciudadanos positivos reaparece en publicaciones como El libro de las virtudes,
de William Bennet, historias escogidas por su capacidad para transmitir valores
culturales universales y eternos.
En la vereda opuesta a los catárticos están los temerosos al efecto
mimetizante, que prefieren resguardar la candidez de los espíritus y
optan por las versiones más edulcoradas de los cuentos.
Para Jorge González Manent, escritor y adaptador de
la colección de clásicos de Editorial El Ateneo, el tema pasa
por encauzar los contenidos hacia mensajes edificantes. “Caperucita
Roja termina cuando el lobo se la come, lo del leñador es un invento,
pero creo que es interesante mantener el espacio de las moralejas, porque algunos
cuentos son inadmisibles desde el punto de vista ético, como Pulgarcito,
que justifica que pasen a degüello a las hijas del ogro para escapar y
robarle su tesoro. Es como dejar implícito que el fin justifica los medios”.
El autor agrega que el interés no sólo se aplica a un punto de
vista literario sino también humano. “No se trata sólo de
entretenimiento sino de comunicación de valores. No me veo dejando a
mis hijos con esas ideas, como que si necesita guita está bien que mate
a unos cuantos”. ![]()
Para seguir leyendo
–
Los cuentos de hadas clásicos anotados. María
Tatar. 2002. Editorial Ares y Mares.
– Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Bruno Bettleheim.
2002. Editorial Crítica (Barcelona, España).
– Mujeres que corren con lobos. Clarissa Pinkola Estes. Punto
de Lectura.
– Little Red Riding Hood Uncloaked: Sex, morality, and the evolution
of a fairy tale. Catherine Orenstein.
– La gata cenicienta y otras fábulas de Lo cunto de li cunti.
Giambattista Basile.