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Esto
no es para vos |
Por
Sandra Comino
13ª Feria del Libro Infantil
y Juvenil — agosto 2002
Voy a comenzar leyendo las respuestas
que dio Gustavo Roldán a dos preguntas, cuando comenzó esta Feria.
—¿Cuáles son los temas tabú en la literatura infantil?
—El sexo, la muerte, las malas palabras, los grandes temas que les interesan
a los chicos, ...la política. Vivimos en un mundo de políticos
perversos que aparecen todos los días en los diarios y de eso nadie habla
con los chicos.
—¿Hay censura?
—La censura se ejercita de maneras muy perversas, porque está oculta.
Un libro que queda en el cajón de un escritorio y no puede ser ni visto
ni leído por ningún niño, no existe...
Roldán,
en sus palabras, resume un aspecto de lo que sucede en el campo de la literatura
infantil y juvenil hoy, en nuestro país; habla de lo oculto y dice que
aquello que queda oculto no tiene defensa posible. ¿Serán la muerte,
el sexo y la política temas prohibidos en la literatura infantil? ¿Será
que hay que ocultar esos temas? En todo caso, ¿alguien prohíbe
hablar de esos temas? ¿Qué se puede decir y qué no en la
ficción en el 2002? ¿Quién permite la circulación
de aquello que se dice y quién no? ¿Es molesto hablar del hambre,
del dolor, de la muerte? ¿Tan molesto es hablar de la muerte?
Todas estas preguntas surgen por la escasa incursión de estos temas en
la amplia producción de literatura infantil y juvenil de hoy, en la Argentina.
Esa producción tiene dos brazos: uno que abarca la literatura fantástica
y otro prematuro, de corte más realista, donde se filtran algunos conflictos
a veces de manera simbólica y otras con un compromiso más abierto.
Hay autores que hace algunos años incursionaron en este terreno. Los
conflictos sociales aparecen tímidamente de la mano de algún editor
que existe, pero que no abunda. Estos temas tabú, por llamarlos de alguna
manera, no están ausentes, pero tienen escasa presencia. Como consecuencia,
aparece la palabra “censura”.
Si de censura se habla a la hora de elegir ficción para los más
chicos, las hay de varios modelos. A la hora de leer la censura tiene reparos
propios, ajenos, de la institución, de los padres, del entorno. ¿O
nadie dudó si leer La canción de las pulgas cuando Gustavo
Roldán no sólo se permite cantar pata, peta, pita, pota, puta
sino que agrega repata, repita, repota y reputa? A la hora de escribir parece
que no existe. ¿Qué pasa a la hora de publicar?
La censura a veces se ejerce por omisión, ¿o nadie omitió
alguna vez con los más chiquitos la parte en que a Bambi se le muere
la madre? Y eso que Disney no es literatura. Imposible olvidar en la infancia
la muerte de Beth en Mujercitas, que mi espíritu trágico
de escritora leía y releía sólo para llorar. Cientos de
veces me encontraba sin el libro porque al pobre lo culpaban de provocar ese
terrible estado de ánimo. La censura lleva la carga ideológica
de quien la emite y yo me preguntaba a quién podía molestarle
que llorara. Pero para los adultos la muerte era un enemigo respetable; no querían
que la leyera, pero durante el almuerzo se escuchaba el noticiero donde antes
de las noticias el locutor enumeraba los muertos del día y eso para mí
era más trágico que la muerte de Beth, porque a esa muerte, la
de Beth, podía leerla y si se me antojaba la obviaba salteándome
las páginas, y si se me antojaba la resucitaba con sólo leer los
primeros capítulos. En cambio, los muertos de la radio se morían,
y allí estaban en los velorios, adonde también me llevaban. Esto
demuestra que la censura responde a los miedos de quien censura.
¿Existe la censura en este país? En mi opinión hay un tipo
de censura vivita y coleando que es por omisión y está vinculada
con la temática. Es importante destacar que a la hora de seleccionar
un libro lo más valioso es que tenga un equilibrio entre la escritura
y la historia, y no importa si es de corte realista o de ciencia ficción;
da igual, éste no es el punto. El punto para detenerse es qué
pasa con aquellos textos que hablan de temas que no aparecen demasiado en este
campo de la literatura infantil y que sí aparecen sin problemas en la
literatura para adultos. Nadie dice “esto no se publica” hoy en
la Argentina, pero todos sabemos lo que no se publica.
La contradicción viene a cuento: ¿Por qué en un país
donde la violencia es la tapa del día es malo hablar de la muerte? ¿Y
cómo sé que es malo hablar de la muerte? Porque no encuentro muchos
libros que hablen de la muerte.
El escritor está inmerso en un contexto histórico, social, y su
producción tiene que ver con las condiciones de producción de
una época determinada. Esto que dijo alguna vez Walter Benjamin es muy
claro. El niño cuando construye una historia no admite censuras. Los
chicos no se censuran. “Así escriben sus textos, pero también
los leen así...” La censura la ejerce el adulto. Y el escritor
no dice “hoy voy a hablar de la muerte”, se sienta y escribe sobre
eso. No. Eso no es literatura. Un escritor escribe y lo hace desde las entrañas,
con su historia, sus recuerdos, sus miedos, sus obsesiones, sus lecturas...
Cuando un escritor escribe acerca de la muerte, de la enfermedad, de los desaparecidos,
de la pobreza, es porque pone en palabras aquello que no le cabe de otra manera
en el cuerpo. Escribe lo que puede y lo que le sale. El entorno siempre repercute
en la producción, por identificación o por omisión. Todos
sabemos que durante la dictadura en Argentina que abarcó desde el 76
al 83 se prohibieron libros por decreto, quemaron y censuraron libros, todo
eso es demasiado conocido. Pero nos cuesta admitir que hoy existe una censura.
La palabra “censura” trasciende los decretos, se instala en una
sociedad que empieza a convivir con ella y se convierte en algo cotidiano y
crece. Volviendo a la censura de la infancia, en la década del 70 no
bastaba con lo prohibido por los decretos sino que la censura explícita
o implícita estaba para no transitar la libre lectura. ¿Estaba?
“Esto no es para vos”: ¿quién no lo padeció?
¿Será que no nos lo podemos sacar de encima? El adulto censura
siempre desde su ideología, por eso es tan difícil hablar de los
criterios de selección.
Volviendo a mi infancia, que transcurrió en el campo, la censura pasaba
(además de la muerte) por los temas relacionados con el sexo, por las
novelas de Corín Tellado, porque “describían” demasiado,
y seguía su camino por las fotonovelas. Todo este recorrido, por suerte,
en mi historia fue alterado por la curiosidad y por la aparición cómplice
de adultos que me ayudaron a cruzar el umbral de lo prohibido.
La censura actual no es por decreto, ni está masificada, está;
y, como dice Roldán, se produce por ocultamiento o por indiferencia ante
ciertos temas y esa forma de censura se ha transmitido de generación
en generación, con tanto éxito o más que la narración
oral y está ajustado en la sociedad como un abrojo.
Winicot habla del espacio transicional que es la zona entre la realidad y el
sueño y allí, en ese espacio, ubica la creación literaria.
En los momentos de crisis, cuando la realidad sobrepasa los límites y
supera la ficción, ese espacio creativo puede adoptar diferentes posturas:
evasión, omisión o compromiso. De esto hablaron muchos pensadores.
Bajtín dice que cada escritor escribe desde una ideología que
él llama cotidiana, y que por más que ese sujeto carezca de ideología,
escribe desde un lugar donde plasma esa carencia y por lo tanto su ideología
es ésa. No es intencional plasmar la ideología, se escribe así
porque no se puede hacerlo de otra manera. Uno escribe desde su ideología
y desde la ideología se lee aquello que no se escribió.
La evolución en el cambio histórico de la infancia, quizá
influida por el consumo, hace que en la actualidad la infancia represente un
gran mercado en general, y dentro de ese mercado se encuentra el mercado editorial.
En ocasiones se edita aquello que se sabe que se va a vender. Y esto circula
de una manera extraoficial. La historia oficial habla de la libertad de prensa
y publicación; también dice que vivimos en democracia. Un escritor
sabe de antemano qué le podrán publicar y qué no. Hay escritores
que se ajustan a lo publicable; están los que tienen todo permitido por
su trayectoria y reconocimiento y están los que pululan por las editoriales
y escuchan: “Tenés que escribir otra cosa”; “¿Por
qué no escribís algo más alegre?” Y como dice mi
amiga Graciela Cabal: “No es mi caso, yo no puedo escribir de dinosaurios”.
Como una especie de pacto para proteger de antemano a los lectores, con el perdón
de los presentes y sin ánimo de ofender, creo que a veces el director
de colección recorta o elige aquello que cree que va a ser leído.
Y allí es donde el lector pierde libertad porque sólo puede elegir
lo que previamente ya está elegido. Y lo que no se lee no se vende, y
si no se vende no existe porque para la ley del mercado sólo es bueno
aquello que vende.
Niños de shoping, de barrios cerrados y countries conviven bajo un mismo
cielo con niños de la calle, analfabetos y trabajadores. ¿Quiénes
son los que leen? Y en todo caso, ¿leen lo mismo? Un niño actual
no es igual a un niño del siglo pasado, ni siquiera se parece a un niño
de hace 10 años. Hoy no todos tienen acceso a la educación. El
alto costo de la pobreza dice que el cociente intelectual de un niño
pobre es un 20% más bajo que el de un niño de clase media para
arriba. Las cifras siempre son odiosas pero ésta pone de manifiesto la
desigualdad en términos de estimulación y adquisición.
Haber escuchado cuentos en la primera infancia ayuda al descubrimiento, no sólo
del lenguaje, sino de todo un mundo. La adquisición del lenguaje trae
consigo el poder comunicarse. Todo niño está entusiasmado por
aprender a leer y por comunicarse. El desafío es leer para apropiarse
de mundos.
Muchas veces cuando termino de escribir un cuento me pregunto ¿quién
lo leerá?; ¿lo podrá leer un chico que espera la hora del
almuerzo en el colegio porque en su casa no pudo cenar? O en todo caso, ¿qué
derecho tengo yo a decir “esto no lo escribo porque no me lo publican”?
Los chicos deben tener la posibilidad de elegir cuentos que les hagan olvidar
por un rato lo que padecen o historias que les permitan identificarse o relatos
que les dejen hundir su dolor o narraciones que los hagan estallar de alegría,
pero siempre de una literatura que haya sido escrita desde el corazón
sin prohibición alguna.
El temor es que, así como los diarios publican aquello que desean publicar,
así como la televisión construye, deforma, esconde o muestra la
noticia, desnuda lo que desea y tapa lo que no desea, el temor —reitero—
es que la literatura se acomode como los diarios y la televisión. Es
una época propicia para eso.
En esta Argentina que atraviesa la peor crisis económica y social que
podamos recordar hay algo que sí es para mí y también para
ustedes, para los chicos, para todos, aunque tengamos hambre y bronca: la literatura
que es resistencia y esperanza.