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PRÓLOGO
Quería
regresar al ayer, deseaba rememorar cuanto ocurrió antaño
y Antonio Rodríguez me ha hecho volver a la infancia y a
evocar relatos de mis abuelos, a mis pequeñas travesuras
de la infancia y a mis aventuras por el cauce del Guadalentín
bañándome en sus “ojos” o charcas en aquellos
tiempos bien provistas de agua, en las que me bañaba y también
bañábamos el averío de los amigos, poniéndonos
a remojo y cazando a veces pollas de agua, cuando no, intentando
atrapar o pescar sus diminutos peces.
Antonio me ha llevado a aquellos campos y caseríos de Los
Cánovas, Las Lomas, La Ñorica, La Costera, Cañarico,
Paretón, Cantareros, El Romero, Corral Rubio o ambos Raigueros;
al olor de sus campos y de sus mieses; a la humedad del terreno
después de la lluvia; al sudor del obrero tras su faena agrícola,
pan suyo de cada día; me ha llevado a aquellos panoramas
que describe con hábil sutileza, de la vida rural de hace
un siglo.
Sus hábitos, sus costumbres, han ido recalando en mi ser
y reavivando recuerdos y sensaciones, haciendo restallar en mí
el látigo de las emociones con la puesta al día de
una vida campesina perdida, por mor del tiempo, no sé si
para bien o para mal, pero que tuvo sabor a miel casi siempre.
En su medida justa, en el concepto exacto, Antonio me ha llevado
de su mano, en este caso de su ágil pluma, por amores y desamores,
por un entorno familiar campesino profundamente vivido y tal vez
añorado.
Ha reanimado bailes y danzas domingueras en la venta de turno, en
una u otra Diputación Rural, sus juegos, inclusos los prohibidos
con sus trucos de casino, que llevan en este caso al “héroe”
al exilio.
He vivido intensamente la servidumbre, las relaciones amo-criado,
de noviazgo, confianzas amicales, fidelidades absolutas a la palabra
empeñada, me ha transportado a unos tiempos que saben, repito,
a verdadera gloria evocativa.
Me ha traído a la memoria a las parteras de los campos, el
agua caliente para atender “lo que viene”, al chocolate
para la recién parida, el caldo de gallina, sus inevitables
ocho días encamados, al guardar cuarentena prohibitiva para
el marido y ha puesto sobre el tapete, no del juego sino de la vida,
la eterna controversia maestro-cura, dómine-religión,
tan dada en aquellos y aún en estos tiempos.
La nostalgia de aquellos profesores “por horas” que
recorrían los campos a pie o en bici para impartir conocimientos,
enseñar a leer y escribir y las “cuatro reglas”.
La lectura me ha llevado a los pueblos limítrofes: Totana,
Alhama, Lorca y aun a la no tan cercana Huércal Overa; a
degustar los “torraos”, las castañas, bellotas,
almendras, altramuces o cañamones, compañeros inseparables
en el bar, del vaso de vino tinto.
He viajado en la lectura acompañado del retrato de la revoltosa
chiquillería que apunta en su incipiente barba pujos de hombría,
generalmente de hombría de bien.
He ido, como de rebote, desde la herrería a la bodega, de
la talabartería a comercios de todo para todo.
La alargada sombra del rey de bastos ha ido discurriendo haciendo
historias de la historia sentida en la propia entraña, vivida
en lo más profundo del ser; poco a poco, parsimoniosamente,
que lo bueno se degusta saboreándolo sin prisas como temiendo
que se nos acabe.
Vemos en el libro, paso a paso, la vida tal como era entonces y
nos trasladamos a otros mundos, unos mundos perdidos que recobramos
en sus amoríos sin dobleces, los escarceos en casa de mujeres
de alegre vida, infidelidades y aventuras y desventuras de los emigrantes
en busca de una nueva vida en un mundo nuevo, doloroso, trágico,
violento y sangriento a veces; el retorno al calor del primigenio
hogar, de una Patria que ha sufrido la aventura y desventura colonial;
peripecias guerreras cuando la Historia nos precipita al desastre.
España - Filipinas - España - Argentina - España,
trágica singladura para gentes que no tuvieron redención
militar por carecer del dinero que les hubiera eximido del “servicio
a las Armas”; de unas peripecias guerreras que no deseaban.
Gracias, Antonio, porque en tu libro me has hecho pasar junto a
tragos amargos dulcemente saboreados, aunque parezca un contrasentido,
unos ratos en los que he vuelto a vivir el pasado y que vivirán
los lectores emocionadamente, a buen seguro.
Yo, como los antiguos presentadores de espectáculos feriales,
abro las cortinas y hago un ademán diciendo: Pasen, señores,
pasen a deleitarse con el ofrecimiento que les hacemos, a revivir
aquella vida que pasó y que ya no volverá…
Totana,
a uno de noviembre del año dos mil.
Mateo
García García
Cronista Oficial de la Ciudad de Totana.
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