Robert
Silverberg |
Robert
Silverberg nació en Nueva York, el 15 de enero de 1935. Fue el único
hijo de Michael y Helen Silverberg. A pesar de que resguarda su vida personal
ha hecho alusiones de haber sido un niño solitario y amargado que encontró
la liberación en la ciencia-ficción y en la fantasía.
Robert “Bob” Silverberg fue un niño precoz que, deslumbrado
por la lectura de libros como Un yanqui en la corte del rey Arturo
de Mark Twain o Juan Raro de Olaf Stapledon, halló en la ciencia
ficción un lugar desde donde contemplar el mundo sin ser dañado
ni molestado: “¿Por qué ciencia ficción? Porque ciencia
ficción era lo que prefería leer, aunque había pasado por
Cervantes y Shakespeare y toda esa gente. Además porque escribir ciencia
ficción me permitía dar vía libre a esas fantasías
sobre espacio y tiempo y dinosaurios y superhombres que me resultaron tan gratificantes.
Y porque había tropezado con el mundo del fandom, un mundo más
acogedor que el mundo real de matones y atletas y sexo, y sabía que si
mi nombre figuraba en el índice de Astounding o Starling ganaría
un prestigio que ni remotamente ganaría entre mis compañeros de
estudios”.
Ello lo llevaría a intentar vender sus relatos con escaso éxito
al principio (Silverberg tenía 14 años): “Así pues,
los cuentos iban, torpes imitaciones de mis momentos favoritos de Lovecraft,
Stapledon, Taine o Wells, y los cuentos venían, y yo leía textos
sobre el arte de narrar y aprendía muchísimo”.
La venta de Gorgon Planet en 1954 a la revista inglesa Nébula
fue el comienzo de su carrera, que luego se cimentaría al publicar su
primera novela, Revolución en Alpha C, al año siguiente.
“¡Esa novela! Su génesis se remontaba a casi tres años
antes. Cuando yo dirigía el periódico escolar, en 1951 apareció
un libro para reseñar, una novela de ciencia ficción para adolescentes
publicada por Thomas y Crowell Company, una vieja empresa neoyorquina. Imbuido
como estaba de Wells, Heinlen, Stapledon y demás reseñé
desdeñosamente ese libro torpe e ingenuo, demoliéndolo con tanta
eficacia que en 1953 la casa editora me invitó a examinar y criticar,
antes de la publicación, el último manuscrito del autor. Lo leí
y también lo demolí, con tanta contundencia que el libro nunca
se publicó. En esta ocasión la gente de Crowell me invitó
a su despacho y me dijo, textualmente: 'Si sabe tanto de ciencia ficción,
¿por qué no intenta escribir una novela para nosotros? Acepte
el desafío.'”
Ese mismo año conocería a Randall Garrett, quien le dio el espaldarazo
definitivo, contactándolo con los principales editores del momento; con
él, además, escribiría varias obras utilizando el seudónimo
“Robert Randall”. Esto lo haría conocido y le permitiría
mudarse a un edificio propio y vivir de la escritura. Según sus propias
palabras, a los veinte años ganaba más que todos los escritores
del género, excepción hecha de “Heinlen, Asimov, Bradbury
y Clarke, esos semidioses consagrados”. A partir de allí, publicaría
una serie increíble de cuentos y novelas que se adaptaban básicamente
al “space opera”, es decir aventuras interestelares con poco crecimiento
interno al decir del propio Silverberg.
Su producción lo llevó a ganar el Hugo en 1956, al “autor
más prometedor”, trofeo que arrebató a Harlan Ellison y
Frank Herbert. El propio Silverberg reconocía que: “El pretexto
para el premio sólo podía ser mi ubicuidad, pues la mayor parte
de mis publicaciones eran artesanales, y una buena parte bazofia oportunista”.
En los años siguientes (1957-58) trabajaría llamando a los editores
para ver qué necesitaban y escribiendo sin mayores preocupaciones estilísticas,
su única meta era ganar el dinero para evitar los vendavales financieros
que habían azotado a una gran parte de los escritores del género.
Una crisis a fines de 1958 hizo que la mayoría de las revistas en las
cuales publicaba desaparecieran y el resto se tornaran mucho más restrictivas.
Eso lo obligó a escribir para otras revistas para poder mantener su estándar
de vida. “A fines de 1958, el mundo de la ciencia ficción sufrió
un colapso. La mayor parte de las revistas para las que yo escribía regularmente
dejaron de publicarse a causa de ciertos percances de distribución, y
las que sobrevivieron se volvieron mucho más restrictivas en cuánto
a las publicaciones. Mi producción masiva se volvió obsoleta[...]
tuve que buscar trabajo en el ámbito editorial general de Nueva York”.
Entre 1959 y 1960 escribiría artículos y cuentos firmando con
seudónimo; entre ellos. En 1960 comenzaría otra etapa de su carrera:
la de divulgador. Primero con un libro llamado Ciudades perdidas y civilizaciones
desaparecidas. Posteriormente Silverberg escribiría libros sobre
el programa espacial, la familia Rockefeller, la vida de Winston Churchill,
el Preste Juan y la gran muralla china.
Su relación con la ciencia ficción en ese momento era mínima,
ocupado como estaba con los libros de divulgación. “Concurría
a fiestas y convenciones, y me mantenía al corriente de lo que se publicaba.
Pero ciencia ficción escribía muy poca. No parecían existir
razones comerciales para volver a la ciencia ficción aunque el género
se había recuperado de su colapso de 1958; tenía más trabajo
del que podía hacer en el lucrativo campo de los libros juveniles de
divulgación. Sólo que la vieja vergüenza seguía carcomiéndome:
había servido mal a la ciencia ficción en mis tiempos de 1955-58
y debía una compensación”. Recién a partir de 1965-66,
mediante colaboraciones con Galaxy dirigida por Frederik Pohl y el
cambio de las reglas del género con la llegada de la “nueva ola”,
decidió que era hora de escribir “la ciencia ficción que
me gustaba leer más allá de los gustos del mercado”.
Iván de la Torre
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