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FRAGMENTO
La
confluencia de los ríos Segura y Guadalentín —o
Sangonera— está en el centro de un espléndido
valle que conforma la huerta de Murcia. Estas tierras de aluvión,
formadas por la apertura repentina del estrecho cauce del Segura
a partir de la ciudad de Archena, se unen a las del extenso valle
del Guadalentín abriéndose en uno de los valles más
feraces de la cuenca mediterránea. Es un extenso oasis dentro
de la aridez semidesértica del levante español.
El cielo, azul intenso y habitualmente sin nubes, limpio y transparente,
le proporciona esa luminosidad especial que sólo se encuentra
cerca del Mediterráneo.
La seguridad de sus más de 300 días de sol sumados
al agua, desafortunadamente no siempre disponible, conforman un
clima especialmente adecuado para el cultivo intensivo.
Allí, asentada en la unión de ambos ríos, y
presidiendo la huerta con la enhiesta figura de la torre de su catedral
sobresaliendo sobre el resto de los edificios, se encuentra la ciudad
de Murcia.
De tamaño medio, y a caballo entre lo árabe y el modernismo,
es Murcia una ciudad coqueta y acogedora. Una ciudad familiar aún,
que se puede recorrer paseando tranquilamente por las calles estrechas
del centro, de típico trazado árabe, angostas y tortuosas,
que se abren de vez en cuando, por sorpresa, en plazas cuyos cuidados
jardines explotan en el mosaico multicolor de un vergel voluptuoso;
o por aquellas otras, más amplias y modernas de la periferia,
sin acusar en ningún momento la sensación de distancia
excesiva.
Apenas serían las cinco de la mañana del 17 de agosto
de 1990. La sensación de bochorno que reinaba ya en aquella
temprana hora del amanecer hacía presagiar que el día
cumpliría, con creces, su predicción de caluroso.
La noche dominaba aún sobre la dormida ciudad y la ausencia
de viento acentuaba, junto a la humedad de la huerta, la sensación
de calor.
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